Cumbre de Estados Unidos y Corea del Norte

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En mi larga conversación con el presidente Mao, este me había sorprendido con un tema inesperado, pues me preguntó cuáles ciudades chinas habíamos visitado en nuestro recorrido. Le mencioné las principales de esas ciudades y me contestó que su país no se sentía atemorizado de perderlas en caso de un hipotético ataque atómico proveniente de los Estados Unidos. Me quedé profundamente sorprendido, hasta que el líder chino continuó señalándome que antes de que un pequeño porcentaje de las fuerzas vivas de China estuvieran abatidas vendría la contundente respuesta de su nación y además la radioactividad estaría afectando a la Unión Soviética y a los países aliados a los norteamericanos. Ese sentimiento expresado por los chinos era un común denominador de todos los pueblos de la región, incluyendo al de Corea del Norte.
Mao, en una interesante entrevista concedida a la periodista Anna Louise Strong, durante el año 1956, y refiriéndose al poderío estadounidense contemplado estratégicamente señaló: “En apariencia es muy poderoso pero en realidad no es nada a lo que temer; es un tigre de papel”.
Ilander Selig y yo previamente habíamos realizado un largo recorrido por aquellas zonas donde el pueblo chino había resistido, desde profundos túneles, la poderosa embestida del imperio japonés. Conversamos con varios viejos combatientes y nos mostraron con orgullo cómo habían resistido desde la red de galerías subterráneas, o túneles. Desde el propio dirigente máximo hasta el último campesino, incluyendo los funcionarios del Partido Comunista Chino, nos manifestaron siempre que las armas eran importantes, pero que aún más importante era la ideología y la voluntad de lucha de aquel que poseía esas armas.
En la guerra de Corea de 1949-1952, el ejército chino y el coreano había luchado hombro con hombro contra el ejército norteamericano. Habían visto la destrucción total de una gran parte de la nación coreana y, consecuentemente ansiaban la paz. Buscar la paz, me decían, pero sin temerle a nuestros enemigos.
Tres meses después de esa visita a China, el 16 de octubre de 1964, la República Popular China detonó su primer artefacto atómico. Quedé convencido de que los chinos ansiaban la paz, eran profundamente pacíficos, lo siguen siendo hoy con el presidente Xi Jinping y lo seguirán siendo siempre, pero comprenden y han comprendido todo el tiempo que no se puede lograr la paz bajo el miedo sino bajo el concepto del respeto mutuo y el entendimiento.
En estas condiciones, al despedirnos de las autoridades de Peking, Ilander Selig y yo, partimos en vuelo desde Hong Kong hacia Tokyo. Siempre actuamos como dominicanos, y yo particularmente, destacando además, que era parte de la UASD y de su Facultad de Ingeniería y Arquitectura.
En la X Conferencia de Tokyo fui electo miembro del comité directivo y participé en todos los debates defendiendo la idea del desarme nuclear de todas las naciones de la tierra. El otro país electo al comité por América Latina fue Perú, en las personas de Hilda Gadea y del cura Salomón Bolo Hidalgo. Hilda fue la primera esposa del Che Guevara, y su mentora según afirman algunos historiadores, y Bolo, en su época, creó gran revuelo en América Latina por sus posiciones de izquierda. Dicen que él inspiró a Picasso en su dibujo de la paloma de la paz.
Los movimientos pacifistas japoneses llevaron la voz cantante. Es comprensible, pues el pueblo japonés había visto arrasadas dos ciudades, Hiroshima y Nagasaki, bajo los efectos de sendas bombas atómicas en agosto de 1945. Ambos bombardeos en franca violación de la resolución unánime de la Liga de las Naciones del 30 de septiembre de 1938 que prohibía cualquier bombardeo aéreo que hiciera daño a la población civil aunque fuera lanzado sobre objetivos militares. Es claro que previamente el imperio japonés había violado todas las reglas que protegían a la población civil de las naciones que ocupó militarmente. China, Corea, Vietnam y otras naciones agredidas por el fascismo japonés fueron ejemplos trágicos.
Yo mismo, que había estado en ambas ciudades durante la X Conferencia, exactamente 19 años después de los ataques atómicos, pude ver con mis propios ojos las huellas del desastre. Zonas de ambas ciudades aún arrasadas y los hospitales especiales para los sobrevivientes que aún no cicatrizaban sus quemaduras a pesar de todo aquel largo tiempo. Los anfitriones japoneses nos invitaron a visitar hospitales especiales y ver horrores de quemaduras incurables.
En esta décima Conferencia salieron a relucir varias situaciones. En primer lugar un profundo deseo de paz de todos los pueblos del mundo, comenzando con el lastimado pueblo japonés, así como de los pueblos chino y coreano, tanto del norte como del sur. En segundo lugar la idea de que en una conflagración atómica no habría ganadores, pues las consecuencias terribles de una guerra de este tipo no excluirían a nadie, aunque se encontrara al otro lado del mundo. En ese sentido, muchos pacifistas norteamericanos también apoyaban estos esfuerzos.
Sin embargo, siempre han existido fuerzas que se oponen a cualquier paso dado en favor de la paz mundial. De hecho, mientras se desarrollaba la X Conferencia, una poderosa marcha de jóvenes ultraderechistas arremetió contra todos nosotros y enfrentó con garrotes a la poderosa policía antimotines de Tokyo que nos protegía.
Desde 1964 hasta el día de hoy varios países han desarrollado la bomba atómica e, incluso otra más poderosa, la bomba H o de hidrógeno. India, Pakistán, Israel, Sudáfrica y Corea del Norte tienen en sus arsenales uno u otro tipo de esta poderosa arma de destrucción masiva.
Actualmente Corea del Norte, bajo el liderazgo de Kim Jong-un, no solo ha desarrollado la bomba atómica y la de hidrógeno sino también los proyectiles para transportarlas casi a cualquier lugar del mundo.
Es muy positiva la idea de un encuentro entre los máximos dirigentes de los Estados Unidos y de Corea del Norte. Difícilmente se produzcan grandes resultados en una primera reunión, pero es necesario iniciar un diálogo que será comprensiblemente largo y difícil. China podría ejercer un importante papel de mediador en aras de la paz mundial, a pesar de que existen fuerzas en el mundo que se opondrán a cualquier plan de paz. Una paz digna para todos los países del mundo, sean grandes o pequeños, ricos o pobres, deberá ser la meta más importante en estos momentos. La tendencia es a no ceder ni un centímetro, pero ya los tiempos actuales no resisten las posiciones del Siglo XX en estos temas de guerra o paz. El siglo XXI debería ser el siglo de la paz y el entendimiento universal. De todas las partes involucradas, lo afirmo sin tapujos, la parte más beneficiada de la Paz Mundial sería el gran pueblo norteamericano.
Y que se haga realidad para todas las partes el estribillo de aquel merengue dominicano:
Desiderio Arias
hombre de valor
Le gusta la Paz
pero con Honor

 


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