De hombre a hombre: ¿Cómo lograr que el hecho de ser mujer no sea un riesgo para sus vidas?

Luis Vergés.

Durante siglos la humanidad contó con condiciones que influyeron para que los hombres y las mujeres, representantes del género humano, nos dividiéramos a partir de los roles y tareas que desempeñamos.

La fuerza física representó en ese proceso un activo apreciado durante siglos debido a que gracias a ella nació el concepto de poder, el cual se ejercía y todavía se ejerce en muchas partes del mundo en base a la fuerza. Fue así como el hombre vio asociado su rol a tareas de lucha, conquista, sometimiento, control, posesión y dominio sobre cosas y también sobre personas.

La mujer por su parte fue relegada a tareas de subordinación en relación al hombre, y desarrolló habilidades domésticas y perceptivas, las cuales con el tiempo sirvieron como recursos de compensación a siglos de opresión, y ahora se traducen en grandes indicadores de autonomía y desarrollo.

Muchos hombres han asimilado la transición de seres poderosos y posesivos de las mujeres, para convertirse en personas empáticas que perciben a las mujeres como sujetos de derecho a las cuales respetan y valoran.

La otra cara de la moneda la constituyen quienes todavía no asimilan desde la masculinidad actual la presencia de la mujer más allá de un ser sin derecho, que no puede gobernar ni siquiera su cuerpo, porque por él deciden otros qué hacer, como por ejemplo: violar sexualmente y embarazarlas, practicarles abortos sin su consentimiento, golpearlas y hasta matarlas cuando no se quieren someter a nuestra voluntad, o raptarlas para prostituirlas a la fuerza, como ocurre con frecuencia por parte de las grandes bandas internacionales de trata que mantienen un tráfico de mujeres como si fueran una mercancía cualquiera.

Todavía nos quedamos cortos porque a la lista anterior hay que agregar los países donde desde la masculinidad hegemónica se hacen inferencias retorcidas de relatos bíblicos para justificar que las mujeres ni estudien ni trabajen, además de tener que ocultar sus rostros, so pena de acarrear consecuencias funestas de sufrimiento que muchas veces terminan con sus vidas. En nombre de la frase, “eso es cultural”, el resto del mundo normaliza un comportamiento brutal que debería representar una fuente de vergüenza, digna de repudio.

Todo lo anterior nos habla de una ideología firmemente enraizada en el sub consciente colectivo de la humanidad, que consiste en seguir viendo al hombre como un ser especial, con un merecimiento por parte de las mujeres, que si no lo cumplen deben aceptar ser humilladas y hasta asesinadas.

Esa ideología de muerte se traduce en toda una parafernalia que nos adoctrina desde niños con un sistema de creencias que se acompaña de un discurso y una serie de prácticas dañinas para sus semejantes del género femenino. El resultado en América latina es de 12 mujeres asesinadas promedio cada día, y nuestro país se encuentra con una de las tasas más elevadas, tomando en cuenta que somos un país pequeño.

Una de cada tres mujeres ha sufrido alguna vez maltrato físico o violencia sexual por parte de algún hombre según datos de las Naciones Unidas.

De todas las acciones de explotación sexual en el mundo las mujeres la sufren en un 98%. Este porcentaje es extraído de un total de 4.5 millones de mujeres que sufre explotación sexual según ONU Mujeres.

133 millones de mujeres han sufrido ablación o mutilación de clítoris en países de África y Medio Oriente para que no sientan placer.

Entre 113 y 200 mujeres desaparecen sin dejar rastros cada año en el mundo.
Hay países donde el nacimiento de un varón se considera un regalo y el nacimiento de una niña como una maldición. Esto cuesta la vida de millones de niñas en el mundo.

Todavía existen en algunos países el asesinado de mujeres por honor (por no casarse con quienes los padres quieren) o por dote (cuando los padres no pagan suficiente dinero a los hombres que se casaron con ellas).

Las mujeres tienen más probabilidades de morir asesinadas por sus semejantes humanos masculinos que por enfermedades como: el cáncer, malaria, accidentes de tránsito y guerras juntos.

Una de cada cinco mujeres tiene probabilidades de ser víctima de una violación o intento de violación.

El sufrimiento de las mujeres provoca dolor, pérdida y llanto. No es que no escuchamos esas manifestaciones inmerecidas de sufrimiento, es más bien que preferimos no aceptar que lo sabemos. Parecería que es más cómodo seguir escudándonos en la indiferencia.

Lo anterior es tan preocupante que ya organismos internacionales presentan una forma de caracterizar un tipo de muerte en función de pertenecer a la condición de mujer: feminicidio. De hecho ya son quince los países de América Latina que tienen tipificada esta figura y hay otros en proceso de hacerlo.

Como parte de una reflexión de hombre a hombre, sería interesante saber en calidad de dominicanos, hasta qué punto no estamos permitiendo que nuestro país se siga convirtiendo en un lugar donde el hecho de ser mujer es riesgoso para sus vidas.

Todo lo escrito hasta este punto es un canal para reflexionar sobre tres casos recientes de jóvenes desaparecidas, y las tres asesinadas en circunstancias vergonzosas para la Masculinidad Alternativa o positiva que nos toca construir. La primera, Emily, de 16 años, embarazada, según los reportes asesinada por su novio quien quiso obligarla a abortar y protegido por su madre, influyente y poderosa, para que no asumiera responsabilidad del crimen; Rosalina Yan Pérez, fue encontrada después de desaparecida, asesinada por alguien que se creyó su propietario y le hizo pagar con su vida porque no quería seguir con él; y Dioskairys Gómez de 17 años, con su rostro desfigurado, nada más y nada menos que por su padrastro, quien la abusaba sexualmente, y quien según los informes de prensa estaba celoso porque ella tenía un enamorado en el extranjero.

Vistos estos casos recientes, se refuerza la idea de que los esquemas mentales abusivos de la Masculinidad primitiva que algunos quieren sustentar se mantienen cada vez más activos al momento de traducirse en conductas criminales hacia las mujeres. Ahora lo interesante sería ver y cuestionar algunas actitudes ante lo ocurrido, y para asombro algunas ideas expresadas públicamente a través de redes sociales y otros medios no prometen un avance para cambiar esta situación.

Lo primero es que los hombres a los que designo en este escrito como representantes del ala más radical del machismo clásico, de forma abierta o sutil tratan de justificar lo sucedido culpando a las víctimas. Esta práctica recibe el nombre de revictimización y conlleva ataques a la moral de las víctimas o a sus familiares porque “no hicieron su labor como padres y madres”, comentarios con los que se invisibiliza el rol de los actores criminales, bajando la sensibilidad hacia las víctimas.

Es necesario que entendamos que el gran reto que nos queda por desafiar para oficializar nuestra condición humana es la de liberarnos de cualquier eslabón que nos ligue a la violencia, y eso implicará un desafío para varias situaciones de riesgo que nos mantienen vinculados con ella, entre ellos:

Actitud de merecimiento, que se expresa en la distorsión del pensamiento que nos lleva a creer que todo lo que represente alguna forma de libertad en relación a las mujeres debe recibir nuestro consentimiento. Los ejemplos más conocidos son:

Perseguirlas, chantajearlas y hasta matarlas si deciden salir de una relación amorosa con nosotros.
Creer y decir que las conquistas que obtienen las mujeres las logran porque nosotros las permitimos (“yo la dejo ir a trabajar”, “le permito que comparta con sus familiares y amigos”, “la apoyo para que estudie”).

Pensar que deben pedirnos permiso o autorización en lugar de tomar cualquier iniciativa. De no ser así nos sentimos justificados para violentarlas verbalmente o físicamente.

Usar el poder político (congresual, partidista, etc) para detener iniciativas legislativas o de políticas públicas que puedan beneficiar a los derechos de las mujeres.

Castigar a las mujeres por nuestros estados emocionales disfóricos (tristeza, frustración o enfado). No son uno ni dos los casos de mujeres violentadas al ser erróneamente identificadas como detonantes de estos estados, lo cual no ocurre con otros actores ante los cuales demostramos un extra ordinario auto control, como el caso de amigos, gerentes o agentes del orden.

Objetivación de las mujeres, un sesgo mental que distorsiona nuestro pensamiento para aceptar como normal la idea de que podemos violentarlas sexualmente y ofender su pudor públicamente.

Normalización de patrones culturales opresivos, consiste en racionalizar, presentando como correctos patrones que mantienen a las mujeres en una condición de subordinación, transmitiéndoles mensajes culpabilizadores por fenómenos como la inestabilidad familiar y problemas de conductas de los hijos.

Pensamiento rígido tradicional, que se acompaña de ideas inflexibles sobre los cambios de roles de las mujeres conforme las demandas sociales que reciben. Sobre la base de este estilo de pensamiento se profieren conductas hostiles hacia las mujeres cuando no asumen el rol que estos representantes del ala radical del machismo clásico entienden correcto.

Auto exclusión de participar de procesos compartidos con las mujeres, bajo la premisa de que son ellas las responsables de asumirlos. De esa forma, hay una deserción masiva de hombres cuando se trata de asumir la responsabilidad de un embarazo no previsto, al final al decir de muchos “es la mujer la responsable”, dar seguimiento al proceso educativo y visitas médicas de los hijos. De igual forma se sobrecarga a las mujeres con tareas laborales, domésticas, de salud, educación, entre otras donde brillamos por nuestra ausencia.

Privación de manifestaciones afectivas tanto a los hijos como a las esposas, porque esas manifestaciones “son femeninas”. Sobre la base de este sesgo son muchas las personas infelices bajo el mito de que la deprivación afectiva previene la homosexualidad.

Dificultades para enfrentar los conflictos normales de la vida familiar y de pareja sin apelar a la violencia, conducta que vemos con frecuencia como la primera o segunda opción para “darnos a respetar”. La violencia como solución a los conflictos solo los perpetúa en lugar de solucionarlos.

Dificultades para gestionar nuestras emociones, usando a las mujeres como chivos expiatorios de los estados afectivos que son inaceptables para nosotros.

Ante todo lo anterior, y repasando las estadísticas que nos presentan abrumadoramente sesgados por un sistema de pensamientos y conductas violentas, el momento es de reflexión para transformar esta realidad. Las siguientes preguntas reflexivas, así como el plan de acción sugerido nos podrían motivar a cambiar la misma:

¿Has pensado que las tres adolescentes asesinadas y desaparecidas Emily, Rosalina y Dioskairys, pudieron ser las hijas, hermanas o personas cercanas a nosotros?

¿Has pensado que los estados internos nuestros (rabia, frustración) de los cuales culpamos a las mujeres son nuestra responsabilidad, son pasajeros y que ganando tiempo para pensar en las consecuencias de nuestras acciones podemos salvar vidas de otras personas y dar calidad a las vidas nuestras?

¿Sabías que el costo de los daños que la indiferencia o negativa a respetar los derechos de las mujeres son tan altos que al final también afectan nuestra propia salud?

Independientemente de que ya muchos hombres se están abrazando a un paradigma de masculinidad basado en el afecto, el respeto a los derechos de las mujeres y al fomento de la equidad como principal recurso humano en las relaciones con ellas, todavía la deuda es bastante grande.

Tenemos como desafíos temas cruciales como los siguientes:

Rechazar los mensajes mediáticos que fomentan estereotipos, prejuicios y discriminación en contra de las mujeres.

Asumir el costo que implica mejorar nuestra capacidad para resolver los conflictos que se presentan, usando el diálogo y otros métodos alternativos a la violencia.

Cambiar las actitudes de dominación por habilidades que nos permitan comprender la psicología de las mujeres, tomando en cuenta sus necesidades y tratando de darles respuestas dentro de un esquema bien intencionado y libre de chantajes y manipulación.

Aprender a respetar el derecho de las mujeres a decidir, aunque esta decisión implique no querer estar al lado nuestro.

Hacer equipo con ellas sumando nuestras habilidades con las suyas y superando las barreras de la comunicación.

Reconocer señales de peligro para sus vidas y ser parte de una red de apoyo para protegerlas.
Cuidarlas de nuestros estados explosivos, bajo la premisa de que dañándolas a ellas nos dañamos nosotros.


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