De la formación docente

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El octubre de 1967, la antigua Unión Soviética lanzó al espacio el Sputnik, el primer satélite artificial colocado en órbita en torno a la tierra. Se trataba de un artefacto de 80 kilogramos de peso equipado con dos emisoras de radio. Días después, lanzó otro, esa vez consistió en una esfera de más de media tonelada de peso que llevaba a bordo un ser vivo, una perrita callejera llamada Laika. Esos hechos supusieron una importante victoria de la otrora poderosa nación euro asiática sobre la de los Estados Unidos en la lucha que ambas sostenían por el liderazgo en la carrera espacial. También, se constituyeron en causa y motivo de una completa revisión de la política estadounidense de educación superior.

Después de darse cuenta de que se perdían de una fuerza laboral integrada por gentes de talento aunque pobres y pertenecientes a una minoría racial discriminada, los norteamericanos decidieron aprovechar toda esa reserva de ciudadanos que no alcanzaban a desarrollar todo su potencial intelectual por falta de oportunidades educativas. A partir de ahí, en los Estados Unidos surgieron los primeros programas estatales para la concepción de becas con miras a romper la secular tendencia de la sociedad norteamericana de reservarles a los hijos de la clase privilegiada los altos niveles de desarrollo educativo. Así fue como, a la vuelta de unos cuantos años, la poderosa nación del Norte logró desplazar a la antigua Unión Soviética en el predominio de la carrera espacial, científica y tecnológica. Algo parecido sucede hoy entre la República Dominicana y el resto de los países de la América española con respeto a los niveles de calidad alcanzados o por alcanzar por sus respectivos sistemas de instrucción pública.

Para igualarnos a las demás naciones latinoamericanas, ya dimos el primer paso, al dejar de ser la nación de la América española que menos invierte en educación en relación con el valor de la riqueza que produce.

Ya sabemos de aquello de generalizar los conceptos de educación obligatoria, universal y gratuita. Por ello, estamos abocados a producir una reforma de nuestro sistema de instrucción pública que abarque desde la educación inicial hasta la superior, incluyendo los post-grado. Pero, para llegar a feliz término dicha empresa, debemos de contar con los servicios de más y mejores maestros. Esto, porque la reforma de la educación ocurre en las aulas y en los laboratorios de clase. Los gestores y técnicos de educación lo único que hacemos es elaborar propuesta y formular planes y proyectos que habrán de materializar otros. ¿Quiénes? Los maestros y directores de escuelas. Nadie más.

Urge la construcción de miles de aulas y la adquisición de más materiales y equipos de laboratorio de lo que tenemos. También, la puesta en práctica de un nuevo plan de formación y capacitación de maestros en servicio acompañada de una reforma curricular de los planes de estudios que abarque todos los niveles, sin perjuicio a la política de elevar el nivel de vida y las condiciones de trabajo del personal docente. El Plan Nacional para la Reforma Educativa propuesto por el Gobierno de Danilo Medina nos ofrece una gran oportunidad para hacerlo. Pero, si continúan las protestas y las paralizaciones de docencia, habremos de fracasar en el empeño de disponer de un sistema de instrucción pública de calidad al que todos tengan acceso.

 


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