De la formación docente

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Salvo honrosas excepciones, los maestros de escuelas públicas estuvieron participando en manifestaciones de apoyo a la tiranía trujillista desde sus inicios hasta el ajusticiamiento del sátrapa. Entre los más connotados servidores de Trujillo figuraron educadores de renombre. Tras la caída del oprobioso régimen, decenas de profesores fueron repudiados por sus propios alumnos, lo que dio lugar a malestares que afectaron y, en algunos casos, hasta interrumpieron por meses el normal desarrollo de las labores docentes en escuelas y liceos públicos de todo el país.

En tiempos del “perínclito varón de San Cristóbal” la mayoría de los maestros en servicio no estaba técnicamente calificada para enseñar en un ambiente de libertad y de respeto a los derechos de los demás. Las escuelas normales, a pesar del prestigio de que disfrutaban, no disponían de recursos para revertir la forma de actuar de toda una generación de docentes comprometida con los designios de un régimen corrupto forjado por el ejercicio ilícito del poder. ¿Cómo se logró superar esas y otras dificultades por el estilo? Veamos. A finales de la década de los años 60, la Secretaría de Estado de Educación, Bellas Artes y Cultos (hoy rebautizada con el nombre de Ministerio de Educación), en estrecha colaboración con las universidades UASD, UNPHU y PUCMM, con la ayuda de agencias internacionales de cooperación, puso en práctica un novedoso programa de capacitación de maestros en servicio, con el objetivo de elevar los conocimientos y las habilidades pedagógicas de éstos. Dicha actividad estuvo orientada en dos direcciones muy bien diferenciadas: una centrada en la gestión y otra con énfasis en aspectos didácticos y curriculares. Gracias a ésa y otras iniciativas, en unos cuantos años comenzaron a verse los resultados. Hoy, diferente a antes, más del 80% de los profesores en servicio posee un título universitario de pregrado o de grado; y muchos de esos docentes han cursado estudios de postgrado en universidades nacionales y extranjeras. La carrera magisterial, otrora un oficio muy mal remunerado y ejercido por personas sin perspectivas de futuro, ha logrado alcanzar una valoración social que antes no tenía. Los estudios de pedagogía y ciencias afines figuran entre los más preferidos por el estudiantado universitario de nuevo ingreso. Pero, las críticas de parte de algunos señores dirigidas a esos programas de formación y capacitación docentes no cesan. Unas, poniendo muy de manifiesto la debilidad de los mismos; otras, sosteniendo que dichos programas no tradujeron ni traducen modificación alguna en el comportamiento y en el desempeño de los maestros en aulas. Esos exaltados críticos no toman en cuenta el hecho de que ninguno de los que hemos ocupado puestos destacados en el tren gubernamental y participado en los movimientos de reforma del Sistema Dominicano de Instrucción Pública egresamos de Harvard, Cambridge, Bolonia, París o Salamanca. Todos nos formamos aquí, en los programas de capacitación en servicio de los años 60 y 70 del pasado siglo 20. Todos, por circunstancias de la vida, empuñamos el borrador y la tiza antes de leer un tratado de pedagogía o de didáctica. Eso sí, con ánimos y disposición de servir mejor, y con deseo de contribuir a la formación de una sociedad más justa y solidaria.

Hemos traído a colación toda esta historia buscando atraer la atención de más personas sobre el tema; pero, al hacerlo, nos hemos alejado un tanto del meollo del asunto, que no es otro que el de contribuir a que nuestro Sistema de Instrucción Pública contribuya más y mejor a la formación de individuos capaces de ajustarse a las demandas laborales de estos tiempos. En las próximas entregas procederemos de manera diferente. Al toro por los cuernos.