De la Marola al arte ancestral

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No solamente Danilo de los Santos expuso a Danicel, sino que entre los textos más hermosos y confidenciales, extensos y sustanciosos que él haya escrito se destacan las páginas dedicadas a “su” Marola, e ilustradas con excelentes ejemplos de esa iconografía, real-maravillosa y real-inventada.
Sobrecoge leer cómo el historiador y crítico se vuelve analista de sí mismo, cómo Danilo define, perfila, desentraña a Danicel, en una suerte de confesión, revelando el proceso creativo y evolutivo de la Marola. A la vez, se distancia y se involucra totalmente, una racionalización y forma de introspección particularmente difícil.
Lejos de ser un pintor “víscera” o el “imitativo”, Danicel trascendió el mundo de las apariencias para volver a las estirpes ancestrales, a las etnias arrancadas a su lar natal. Aunque discreta y disimuladamente casi, él era, más allá del dibujo y de la pintura/pintura, un artista polivalente, experimentando el “collage”, la escultura, la instalación. Su capacidad intelectual y su juicio crítico –hasta aplicado a si mismo– se lo permitían. Nos preguntamos si se podría considerar a Danicel como un artista conceptual, tan fuerte es la intervención del concepto en su obra, y en esta misma obra un cuestionamiento de la plástica académica. Conceptual será por su renuencia a ver el arte como una mercancía, por anteponer la propuesta al formalismo, por la provocación a pensar que lanza en su trabajo. Pero a diferencia de los artistas, definidos como conceptuales, Danicel realizó una obra concreta, plástica, hecha para que la disfruten en su materialidad.
Más bien, Danicel es un artista conceptuoso, en el sentido de que su obra siempre se ha fundamentado en una propuesta cultural: él se ha comprometido con el Caribe, étnica y antropológicamente. La Marola es una antillana, real-mítica, real-fantástica, correspondiendo a ese surrealismo espontáneo del archipiélago mágico y tropical.
Pero las investigaciones se han extendido: Danicel sincrético invocó y convocó no solamente a las criaturas humanas, sino a los espíritus ancestrales, taínos y africanos. En una cosmogonía mítica están vivos los ancestros indios desaparecidos, los progenitores esclavos raptados del continente negro, los descendientes afroantillanos. Vigentes y vigorosos, zombis nunca, ellos animaron una individual memorable, “Fulanos, menganos, perencejos y zutanejos”. ¡Esta insólita legión… era los padres de la Marola!
Creemos recordar una frase contundente: “He aquí a Marola entre mujeres llorando”. Hoy, las Marolas lloran con nosotros.