De mal en peor

De manera sostenida, este país sigue un peligroso descenso hacia deshonrosos lugares en algunos indicadores de desarrollo humano. Ese descenso es medido por diversos estudios hechos por instituciones de reconocida solvencia profesional y dan cuenta que vivimos un proceso de disolución como sociedad que provoca angustia y alarma en casi todas las clases y grupos sociales del país sin que, lamentablemente, de estos sectores emerja y se articule una posición que permita enfrenar con un mínimo de posibilidad de revertir este proceso de disolución, acentuado por la existencia de un grupo en el poder cada vez voraz, soberbio y pervertidor de las instituciones del sistema y de significativas franjas de toda la sociedad.
Ocupamos el último lugar entre todos los países del mundo en aprovechamiento de las Matemáticas y Ciencias, en matrimonio infantil, en accidentes de tránsito (colíder), tasa de cesárea, incidencia de SIDA//VHS ; segundo peor en A. L. cuanto a mayor gastos del Congreso (legisladores caros); terceros en A. L. en neo mortalidad, en transparencia legislativa; entre los peores en corrupción en la administración pública, en la ética empresarial, en confianza en la Policía y en los políticos, entre los jóvenes que ni estudian ni trabajan, en desarrollo institucional, cantidad de apátridas. En indicadores básicos como el servicio de agua potable en los hogares, pago de servicios básicos como energía eléctrica, de la recogida de residuos sólidos, de producción de ruido y consumo de bebidas alcohólicas, estamos cada vez peor.
Una atenta lectura de esos y otros indicadores nos dicen que esa tendencia hacia el deterioro viene de lejos y que, si bien durante este gobierno los mismos se han acentuado con su política de envilecimiento de diversos sectores, limitarse a su mera, aunque justa condena, es pura y simplemente inconducente. Vivimos un proceso de fragmentación, disolución e insolidaridad social sólo superable si se detiene la lógica hacia el deterioro que nos empuja el grupo que actualmente tiene el control de todas las instituciones del Estado.
Esa inversión no puede lograrse apostando a que un apocalíptico buen (o mal) día surja un mesías, un estallido social, un tumulto, nos despierte de la presente pesadilla; una mala apuesta porque un proceso de descomposición social de por sí no genera cambios. Generalmente, todo lo contrario.
Mientras más se acentúan nuestras taras sociales, políticas y cultuales, potenciadas por este gobierno, más se pierden las esperanzas de esa juventud, sobre todo las adolescentes, que, en los barrios, ricos, clase media y pobres de las ciudades y de las zonas rurales se someten al opio de las bebidas y ruidos como único refugio ante una situación a la que no encuentran salida. La mera condena a este estado de cosas de parte de quienes se reclaman opositores o la “la oposición” y su esperanza de que esos sectores sociales digan: basta y echen andar, constituye una posición idealista, de soberana inutilidad.
Una amplia franja de la sociedad mantendrá su indiferencia, descreimiento y fragmentación insolidaria, si no se les presenta una opción que se perciba como viable porque la presenta un abanico de fuerzas con posibilidad de constituirse en nueva mayoría.
De lo contrario, seguiremos de mal en peor.


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