De patólogo a paciente oncológico

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Nada es real hasta que es local; así reza el dicho popular. No es lo mismo llamar al diablo que verlo llegar; otro refrán en el mismo tenor. Nuestro espacio de vida profesional lo agotamos rutinariamente sirviendo a los demás, lo que en el caso de los médicos implica el manejo cotidiano de los enfermos. Esa monotonía se rompe de manera abrupta y sorpresiva. De repente se invierten los roles y cambiamos de asiento, ocupando la silla del paciente, en tanto que otro colega asume el rol de galeno consultante. En ese tenor, y por considerarlo socialmente útil, deseo compartir con los amables lectores la experiencia reciente vivida.
A la edad de 72 años nunca he fumado, no ingiero alcohol, tampoco soy amante de la sal o de los azúcares refinados, ni glotón. De ahí la ausencia de enfermedad pulmonar, ni hepática crónica. No padezco de hipertensión arterial, ni de diabetes u obesidad. Sin embargo, soy poseedor de una próstata renuente a descansar en la senectud. Desde el año 1999 he seguido un religioso chequeo químico de la función de dicha glándula sexual notando en el 2015 una ligera tendencia anormal. En el 2018 los niveles de PSA habían rebasado el rango de lo habitual. Fue entonces cuando abandonamos la privilegiada butaca gerencial para ocupar el asiento del usuario.
Resuelto me dirigí al departamento de Urología donde su jefe, el amigo de antaño, Dr. Bolívar Rodríguez nos recibió junto a su dinámico equipo conformado por los colegas José Danilo Dalmasí, Samuel Arias y Carlos Peña. Con la entusiasta y eficiente colaboración del Departamento de Imágenes se tomaron unas 15 muestras de biopsias dirigidas mediante ultrasonografía, las cuales permitieron establecer el diagnóstico anatomopatológico de adenocarcinoma acinar prostático. A través de la vía electrónica, el caso fue inmediatamente revisado por tres patólogas de la Universidad de Boston, incluida nuestra hija, confirmando el diagnóstico establecido.
Notificamos a la presidenta de la Junta de la Liga Dominicana Contra el Cáncer, la señora Julia Guerra de Oller, cariñosamente doña Julie, también a nuestro director médico, el doctor José Ramírez. Las espontáneas expresiones y gestos solidarios no se hicieron esperar. Toda la Institución, arrancando desde nuestro departamento y extendiéndose hasta las unidades más pequeñas han manifestado el deseo de aportar su cuota de servicio para la travesía que aún falta por transitar.
Desde febrero 2002 laboro como encargado del servicio de Patología del Instituto Oncológico Dr. Heriberto Pieter, centro que de manera ininterrumpida desde el 1949 atiende a todas las personas afectadas con cáncer sin distingo de etnia, credo, sexo, ni procedencia. Soy testigo de la entrega humanista del personal que integra la legendaria Institución, donde a diario acuden centenares de enfermos. Ese ejército incansable de servidores merece el reconocimiento y ayuda de toda la nación, muy en especial de las autoridades que gobiernan el país.
Hacemos un llamado particular a los hombres de cincuenta años o más para que rutinariamente se hagan un chequeo anual, al cual no le falten las pruebas sanguíneas de diagnóstico precoz del cáncer. Así detectaremos el mal temprano ofertando una terapia curativa en lugar de un tratamiento paliativo.
Cierro reiterando las gracias de corazón por las muestras de afecto de mi gran familia, empezando en mi hogar, seguida por compañeros y compañeras de labores e ideas, y completando con las amistades dentro y fuera del país.