De una economía verde a una ecología en rojo

De una economía verde a una ecología en rojo

Del cambio climático que se ha venido sintiendo en el mundo y de lo que está por venir, si no se hace lo que hay que hacer, hay evidencia contundente con respaldo científico sólido aunque el presidente Donald Trump y sus principales asesores más recalcitrantes – entre los que parece no estar incluida su poderosa hija Ivanka – dicen no creerlo. Sin embargo, el mundo tiene cada día más claro el precipicio que se abre por delante si no se actúa. En consecuencia, no hay que sorprenderse de que en la recién finalizada cumbre del G20 los 19 países criticaran a EE.UU. y lo dejaran solo en sus posiciones anacrónicas. Hace pocas semanas Amina Mohammed, secretaria general adjunta de la ONU advertía que hay “que afrontar el cambio climático como asunto de máxima urgencia” y que el mismo “es un hecho científico. Ya no hay dudas, es real y amenaza la paz y la prosperidad en todo el globo” y con precisión alertó que “sequías, inundaciones, olas de calor, fenómenos meteorológicos extremos y subida del nivel de los mares están desplazando poblaciones como nunca antes y poniendo en peligro vidas y medios de subsistencia” concluyendo que “ningún país o sector es inmune”. Por ello es imprescindible que todas las naciones actúen en consecuencia y ninguno le saque el cuerpo a sus responsabilidades globales.

La decisión norteamericana de salirse del Acuerdo de París resulta extraordinariamente grave porque se trata del segundo país que más gases de efecto invernadero – GEI – lanza a la atmósfera, después de China, pero históricamente es el que más ha contribuido al enrarecimiento de la atmósfera y el que más contaminación per cápita emite. Eludir sus compromisos implica seguir emitiendo gran cantidad de gases y no aportar los 3 mil millones acordados al Fondo Verde global para ayudar a los países más pobres a adoptar las decisiones correctas. Estudios muy serios han mostrado que el no hacer lo que es urgente tendría un costo 20 veces superior a la adopción de las medidas imprescindibles para amortiguar el cambio climático. Ello conlleva comenzar a andar por una transición económica – de enfoque ecológico -, perfectamente posible, en el que el crecimiento económico no este acoplado con mayor contaminación.

El Programa de la ONU para el Medio Ambiente – PNUMA – lanzó en 2008 la Iniciativa por una Economía Verde, y se acuñó el término, definiéndola como “el desarrollo humano del bienestar y la equidad social, mientras se reducen significativamente los riesgos medioambientales y los desastres ecológicos”. A su vez, en 2015 la Asamblea General de la ONU aprobó la Agenda 2030 con 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible. Uno y otro apuntan a buscar un equilibrio que permita el desarrollo y erradicar la pobreza extrema, otra gran fuente de contaminación, en un entorno de equilibrio ecológico. Hoy, son dos escenarios interdependientes en los que no se avanzará en ninguno de los dos sin tener en cuenta a ambos.

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