De vicios y virtudes

Bonaparte Gautreaux Piñeyro
Bonaparte Gautreaux Piñeyro

De los dictadores siempre se supo y se esperó que sean ladrones, rapaces, que sacaran dinero abusando, atropellando, pisoteando y desconociendo derechos.
Cada vez que cayó o derrocaron un caudillo surgido de la montonera, se esperaba que como por arte de magia, surgiera un gobierno donde se respetaran las libertades públicas y terminaran para siempre los abusos de poder y el robo de los bienes del Estado.
En la euforia propia de los momentos felices, cuando desaparecen aparentemente las amarras y las camisas de fuerza, todos creemos que vamos a vivir la utopía, que ¡al fin! podremos llegar al ideal de vivir sin temor.
Entonces la vida nos golpea la cara y nos devuelve de la realidad. Aunque hayamos pensado que ahora sería diferente, aunque hayamos soñado con la construcción de un mundo ideal, aunque hayamos visualizado un ejercicio del poder público revestido de seriedad, honestidad, decencia, tenemos que convenir en que los vicios no eran, nada más, propios del tirano y de la tiranía.
Los vicios no son exclusivos de un grupo, de una clase social, los vicios nos persiguen dondequiera que actuemos, dondequiera que trabajemos, en cualquier campo de la actividad humana, nos persiguen, nos acorralan, los vicios parecen tener un peso específico mayor que las virtudes.
Las virtudes, que creíamos dormidas a la espera de un cambio favorable, parecen ser ocultadas con mayor facilidad con la que son exhibidas o practicadas.
De los siete pecados capitales, la tiranía sólo excluye uno en su ejercicio, la pereza, los demás forman parte del catecismo de los gobiernos de fuerza, a saber: lujuria. gula, ira, envidia, avaricia, orgullo, forman el pan nuestro de cada día.
Pero he ahí que cuando despertamos de la pesadilla nos vamos cuenta de que la realidad es la misma, que no hemos cambiado para mejor, aunque lo parezca, que todo es lo mismo y que los actores cambian de papel, pero los nuevos a veces los desempeñan mejor.
Practicantes de la simulación, el engaño y el allante actúan de modo tal que logran engañar con su verbo encendido, con sus propuestas audaces, con su palabra preñada de buenas esperanzas.
Hasta ahí, hasta la palabra engañosa que sólo espera convertir en realidad su afán de ascender al poder para aplicar sus sueños, cuando llega el momento demuestran que, como en la obra de Calderón de la Barca, los sueños, sueños son.
Resultó una pesadilla el ejercicio del poder de revolucionarios como Lula y Dilma. Destrozaron los sueños de mucha gente que confió en sus proyectos, pero como dijo el reverendo Abernathy en la oración fúnebre ante el cadáver del inmenso Martin Lutero King, “podrán matar el soñador, pero nunca podrán matar el sueño”.


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