Del Conde

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POR ÁNGELA PEÑA
En 1961 Trujillo anunció que la haría peatonal para colocarla a la altura de varias capitales famosas, como París, que tenía la avenida “Le Fígaro”.

 Porque la calle Del Conde era la principal arteria comercial, social, artística, política de la República, la “Vía Blanca” de los escaparates de lujo, del rico apoderado, el muchacho bien, las mujeres elegantes, los estudiantes “sportman”, las señoritas chics con pamelas estridentes, cold cream, pancake, pestañas con rimmel, altos tacones y labios sangrando de rouge, como la describía  “La Palabra en Santo Domingo”, en 1951.

 Tales eran su esplendor y prestancia que una de sus más prestigiosas tiendas, la Casa López de Haro, abrió sus puertas con Angelita Trujillo Martínez como invitada especial, acompañada de otras cuatro damitas de la “high class”, Rosario y Ana Arzeno y Marinita y Tania Boyre, recibidas con júbilo por los hermanos Pedro y Antonio Rodríguez Villacaña y Margarita Copello, esposa del primero, el memorable 25 de noviembre de 1956, acto que reseñó con amplia cobertura toda la prensa.

 Porque aquel establecimiento, bendecido por el influyente sacerdote Luis G. Posada, entonces vicerrector de la Universidad, era único en su género, con sus dos plantas, decorado por los arquitectos e ingenieros Read Cabral, con cuatro probadores, grandes lámparas araña, candelabros antiguos, columnas interiores, sala de espera, muebles acojinados y una gran consola forjada a mano, estilo Luis XV sobre la que se colocaron imponentes fotos del Generalísimo y su hermano Héctor. Aquello era un atractivo.

 Esa belleza, que ofrecía trajes, pantalones, impermeables, camisas y ropa en general para hombres, estaba ubicada en el Conde con esquina Sánchez, donde hoy funciona un popular pica-pollo.

 No había en Santo Domingo otro paseo más grato. La vida del país transcurría por esa vía, a pie, en tranvía, carro o  guagua de uno o dos pisos.

 Porque además de las compras de toda clase que podían ser en Cerame, si eran tejidos o pañuelos de estopillas, Calzados Vogue, La Ópera (de mujeres una, masculina la otra), Casa Mary, Ferretería Morey, Pol Hermanos, librerías Cuello, San Gabriel o Padilla, González Ramos, El Palacio, Joyería Oliva, ferretería Read, Commander, La Margarita, La Chic Parisién, ferretería Victoria, Casa Plymouth o Plavime, La Casa de la Suerte, era posible degustar ricos vinos, cervezas, jugos, café, helados, disfrutar almuerzos, ver una película, bailar o hacer lances en la Bolera Club que funcionaba en el sótano del edificio Baquero, desde las cuatro de la tarde hasta la medianoche.

 Porque allí estaban abiertas las puertas del Roxy, el Panamericano, Ajinomoto, La Cafetera de Paliza, la barra del hotel comercial (“Generalísimo” en sus inicios), el Hollywood, El Ariete, La Bombonera, el Sublime, Club Unión, o los famosos restaurantes de chinos, elogiados  en 1959 por Donald Guerrero: Colón, Quisqueya, El Conde.

 Para cualquier imprevisto en la salud estaban las farmacias de Lolón Guerrero, la Gómez, Central, Lora, y ya recuperados del malestar se pasaba al cine Santomé, antiguo El Encanto, a disfrutar de películas como Ahí está el detalle, El bazar de las sorpresas, Las uvas de la ira, La costilla de Adán, Sansón y Dalila, Las minas del rey Salomón, Ben Hur, Marcelino Pan y Vino, Ser o no ser, El hijo de la furia, El fugitivo, Gran casino, Eva al desnudo, Candilejas, El mártir del calvario, La dama y el vagabundo, Río Bravo…

 Chaplin, Jorge Negrete, Libertad Lamarque, Alain Delon, Charlton Heston, John Wayne, Dean Martin, Lana Turner, Marilyn Monroe, Tyrone Power, Henry Fonda eran algunos de los ídolos de ese grupo selecto, educado, cordial, que vestía sus mejores galas para el Conde.

La histórica calle del  antiguo  esplendor capitalino está hoy copada por turistas, bar & grill, alcantarillas mal olientes, brasseries, happy hours, money changes, bancas de apuestas, buscones, calling center,  gift shops…

Elegante y recatado

 Elegante y fino fue siempre el público de ese histórico tramo comprendido entre las Palo Hincado y la avenida del muelle, que tuvo rieles y que fue cuna de los periódicos El Caribe, La Opinión, Prensa Libre, Unión Cívica, del Salón de Estudios Mozart, Bartolo I, Le Moulin Rouge, Curacao Trading Company, la Biblioteca Lincoln, el Instituto Nacional de Locución, la peluquería Marión y los relojes de la RCA Víctor que marcaban la hora en las principales capitales del mundo. Tal vez por tanto honor y honra en algunas épocas fue llamado Calle Real e Imperial.

 Porque para pasear por ella se llevaba leontina, pulseras platinadas, guayabanas “Mr. Truman” y sacos “Xavier Cugat”.

 Por ser tan ilustre era al mismo tiempo respetable. Los chicos iban a admirar las hermosas pantorrillas y agraciados rostros, pero en silencio, sino la autoridad, la sociedad, la justicia, condenaban el piropo soez. En 1958 fueron sometidos Mario Rafael Cernuda Bermúdez, Oscar Inocencio Benet Valdez, Rodolfo Luis Caminero Ceballos, Euclides Emilio Gutiérrez Féliz, Rafael Emilio Paulus Reyes, Samuel Guerrero Rodríguez, Luis Rafael Cuevas Cabral, Ramón Felipe de Jesús Sirí Arias “acusados de dirigir piropos indecentes a las damas de la calle El Conde”, según La Nación de 2 de diciembre de 1958.

 El Conde fue la calle de la celebración de la libertad después de eliminada la tiranía y abandonado los Trujillo la República, la de las protestas y los mítines, la del 14 de Junio, la del bohío donde Concepción Bona bordó la primera bandera dominicana, la de la sangre y la tragedia, como la describió Juan José Ayuso, jefe de redacción de Unión Cívica Nacional, el periódico de la Espaillat con Conde que dirigían José Antinoe Fiallo y Rafael Alburquerque y del que eran redactores Rafael González Tirado, Octavio Mata Vargas y Octavio Pérez Licairac.

El Conde de hoy

 Hoy queda poco de ese Conde histórico, glorioso, recatado, culto, que reunía en sus esquinas a la crema de la intelectualidad, la política, las familias, aunque se colaran algunos “vagos realengos” como decía el reportero de “La Palabra de Santo Domingo”.

 Ahora lo copan turistas, bar & grill, alcantarillas mal olientes, brasseries, happy hours, money changes, outlet prices, prostitutas, bancas de apuestas, buscones, celestinos, gays, callings centers, gift shop, artistas del tattoo, cigars houses, chulos, Internet coffes, Mamajuana, mendigos, locos, mucha basura aunque hay abundancia de zafacones. Pero es que aunque lo transitan educados y decentes, también caminan por allí los inconscientes sin costumbres que han opacado el tradicional brillo que ostentó esa arteria.

 Sin embargo,  sus nostálgicos asiduos de otros tiempos no lo abandonan.  No todos son la escoria ni es general la inmundicia.  Allí acuden poetas, historiadores, abogados, ingenieros, arquitectos, pintores, escultores, periodistas, empresarios, banqueros, médicos, catedráticos universitarios, contables, empleados públicos y privados y otros profesionales y gente común de buena crianza, corteses, respetuosos, civilizados, cultos, pulidos, algunos muy nobles, que no pueden resistirse a ese viejo “Condear”  que cautiva y magnetiza. Los mayores transitan pensativos, conmovidos, extrañando amigos y lugares desaparecidos, aunque a veces se alegran por el encuentro con supervivientes de los mejores años o al ver abiertas las puertas de las añosas Cafetera, joyería Di Carlo, Ciros, La puerta del sol, Flomar, Capriles, Los Muchachos, Los Arcos, Togar, Niza, Tarrazo, Bebelandia, Rothen, Gente, Musicalia, Paco’s, Kalea, Óptica Alfaro, los edificios Baquero, Diez, Saviñón, donde estuvo la Lotería cuando Trujillo, y otras reliquias que perviven.

 Hasta el gigante Santa Claus de La Margarita ha quedado como un símbolo de las Navidades, aunque ya desgastado y cansado de las involuntarias carcajadas que le provoca ese enano congelado con él en el recuerdo que le arranca la risa a fuerza de cosquillas. La voz de Oscar Iglesias permaneció festiva y animada inundando esos aires, gracias a una grabación insuperable.


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