Del rey David a Marx y Freud

Rafael Acevedo

La herencia más preciada de un pueblo es su identidad, su sentido de historia, destino y trascendencia. No fue casualidad que los judíos de los años 30 desecharan al llamado Mesías. Muchos de ellos esperaban un Salvador que los condujera a un Reino Eterno; otros, en cambio, esperaban a uno que los libertara del dominio romano.
Se consideraban a sí mismos “Pueblo Favorito de Dios”. No meramente porque Dios les había encomendado salvar la humanidad de la barbarie espiritual, sino porque su eximio rey David había iniciado un proyecto imperial propio que no coincidía con el Proyecto original de Yahvé. La Biblia no lo explica, pero el célebre censo realizado por David fue parte de una rebelión espiritual que mereció como castigo divino la muerte de decenas de miles de hebreos: El que fuera el devoto pastorcillo que desafiaba al gigantesco Goliat contando con solo el apoyo de su Dios, ahora se sentía con derecho y poderes propios para “su proyecto” de conquistar pueblos vecinos con sus “varones capaces de sacar espadas” (1 Crónicas, 21; 2 Samuel 24). Luego de la gloria y esplender del reino de Salomón, a los judíos les quedaron pocas dudas de que Dios los había elegido como favoritos, o sea, para reinar sobre el resto de la humanidad; no ya por “(…) ser el más insignificante de los pueblos…(…)”, recuperado para servir al Plan de Yahvé (Deuteronomio 7:7); lo que durante David y Salomón les habría parecido un evidente error de las Escrituras.
Esa rebelión espiritual equivalía a apropiarse de “La Viña” (el Plan que le fuera confiado), y cuyas tributaciones no pagaban ya al Propietario; por lo que ahora, en vez de recibir al Heredero, al Hijo (Cristo) del Dueño, lo matarían para ya no tener que rendir cuentas a nadie. (Nadie se pierda la parábola de los Labradores Malvados, Marcos 12, Lucas 20, Mateo 21).
Ese pueblo rebelde fue oprimido y dispersado por los romanos; y no pudiendo ya jamás sacar espadas para restablecer sus glorias pasadas, adoptaría la estrategia del poder financiero e intelectual para retomar su proyecto expansivo; lo cual ha sido, ciertamente, una de las principales causas del desarrollo capitalista (R. Acevedo; W. Sombart). Despertando temor y rechazo en pueblos anfitriones en los que dicho poder extranjero estableció residencia. Y, naturalmente, generando persecuciones inclementes, masacres inmisericordes masivas dirigidos por parte grupos de poder local, apoyándose en consignas religiosas pseudo cristianas.
Persecuciones radicales que a menudo “forzaron” a sus descendientes más sobresalientes en las artes y las letras a renegar de su cultura y su religión; y con frecuencia, como el caso de Marx, Freud y otros, a optar por la solución más “razonable”: el ateísmo y el agnosticismo; que les ganaría acogida en centros académicos y políticos que ya traían un conflicto multisecular con la religión romana.
Unos y otros, formaron un bastión inexpugnable que ha no ha evitado el capitalismo bestial, sino que le extirparon el único elemento de moderación y respeto por la vida humana: el temor de Dios.