Dependencia global

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Por primera vez en la historia de la humanidad las personas hemos sentido el tiempo y el espacio tan cortos y unidos que nos parece algo mágico el hecho de que podamos estar hablando y mirándonos con nuestros antípodas simultáneamente y en lo inmediato sin que notemos el fenómeno de la espera. El Internet nos torna en virtuales ciudadanos del mundo que sin requerir pasaporte traspasamos fronteras sin permiso migratorio, ni obstáculo burocrático alguno, viajamos cualquier día y a la hora escogida para intercambiar ideas y bienes intelectuales sin costos aduanales.
Echemos una breve mirada a la realidad social dominicana de 1838, cuando Juan Pablo Duarte funda La Trinitaria con la intención de diseminar su ideario independentista, y concretar su sueño de una República independiente y libre de toda dominación extranjera. Duarte concibió un país en el que todos fuésemos justos, honestos, laboriosos y unidos. Ello nos presenta hoy día un rompecabezas de no fácil solución. ¿Cómo alcanzar en el presente y futuro inmediato el supremo objetivo del Padre de la Patria?
No podemos mover la veloz rueda del tiempo al pretérito, la vida de los pueblos no tiene retorno, en la vida todo es ir, se trata de un nave sin reversa. Sin renunciar a nuestras esencias debemos comprender el reto lleno de amenazas y oportunidades en el que quienes acumulen más conocimientos y demuestren mayor inteligencia habrán de convertirse en los nuevos restauradores.
Ignorar la dependencia global, amén de ser un grave error, podría derivar en una acción suicida para el país. Somos parte de la aldea mundial por lo que es impensable el aislamiento total con una vida colectiva en soledad. El intercambio comercial ,financiero y cultural deben basarse en el mutuo beneficio de las partes. Mientras más riquezas creamos, más bienes tendremos para intercambiar. Compartir experiencias locales y regionales, realizar estudios conjuntos en un ambiente de respeto y beneficio mutuo, pudieran hacer de nuestros continentes una gran aldea de hermanos ricos, dispuestos a dar y recibir, en un clima de paz, amor e igualdad universal.
Siguiendo la máxima de don Benito Juárez de que el respeto al derecho ajeno es la paz, sería factible establecer reglas claras para la marcha conjunta por las sendas del progreso de los pueblos, en consonancia armoniosa de una gran orquesta con interpretes e instrumentos variados.
Quisqueyanos valientes alcemos, nuestro canto con viva emoción; también dispongámonos a oír con agrado solemne el cántico patrio de los otros pueblos del planeta tierra. Reforcemos los valores autóctonos y sintamos placer y orgullo de ser dominicanos; simultáneamente tengamos la humildad de abrir nuestras compuertas para quienes en son de paz y amistad deseen visitarnos. No olvidemos aquella expresión de Víctor Hugo quien dijo: La grandeza de un pueblo no se mide por el número, como la grandeza de un hombre no se mide por su estatura; su medida es la cantidad de inteligencia y de virtud que posee.
Capacitemos a nuestra juventud, preparémosla y orientémosla, siempre con la vista la puesta en el ancho horizonte cargado de incógnitas a resolver con inteligencia conjunta. Estamos condenados a convivir con el resto del mundo, sin que ello implique reducir la dominicanidad, al contrario, tenemos que expandirla para así tener una mayor fortaleza al compartir.
Amplíemos la integración con los demás pueblos del globo, sin miedo y sin descuidar jamás la esencia del legado Duartiano.