Derecho a decidir sin injerencia

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Danilo firmó un decreto reconociendo que “hay una sola China”, lo que ningún otro presidente se atrevió hacer. Joaquín Balaguer solo rozó el tema, aprovechó el final de la guerra fría para firmar un acuerdo comercial con la República Popular de China en 1993.
La respuesta de Washington no se hizo esperar, argumento que no contribuye con la estabilidad de la región, que preferimos préstamos y beneficios de corto plazo para depender de China en el largo plazo. Lo que es contrario a lo que cuenta nuestra historia republicana, y lo curioso es que Washington lo sabe, nos hemos ganado el respecto mundial rechazando tutelaje de todo tipo.
Desde el siglo XV el Caribe ha dependido de las potencias y hasta final del siglo XVIII a cañonazos España, Francia, Holanda y Gran Bretaña se adueñaron de las islas y se la intercambiaron con frecuencia. La posesión no cambió durante el siglo XIX y hasta que Washington entra a escena interviniendo en la guerra cubana en 1898, demostrando que era la potencia dominante en el Caribe, y España derrotada renuncia a su soberanía sobre Cuba y cede a Puerto Rico.
No nos engañemos, tiene implicaciones el reconocimiento de la República Popular de China, una de ellas es el reto de salir ileso en la lucha que actualmente libran Washington y Pekín por la supremacía económica y militar mundial. Preocupa al primero el fácil acceso que tendrá el segundo a los océanos Pacíficos y Atlántico para seguir avanzando en su proyecto “Ruta de la Seda”. Aprovecharía que es el principal prestamista de Brasil, Venezuela, Ecuador y otros países latinoamericanos, el creciente intercambio comercial con la Región que en 2017 ascendió a US$266 mil millones, a lo que sumaría US$90 mil millones de comercio con el Caribe-Centroamérica, porque los productos manufacturados elaborados con capital chino tendrían acceso al preferencia mercado estadounidense, aprovechando el Tratado de Comercio DR-CAFTA.
Sin injerencia externa tomamos la decisión, no había manera de explicar la política de mirar para otro lado ignorando la realidad de que la República Popular de China, con un PIB de 9.5 billones de euros, es la segunda economía del mundo, con proyección para convertirse en la de mayor ingreso en 2049, si mantiene el ritmo de crecimiento de 7% de los últimos veintisiete años, excepto en 1990 y 2015.
El cambio a Taipéi por Pekín, que ha tenido un amplio apoyo de la sociedad dominicana, solo puede interpretarse de una manera: el gobierno renunció a la ayuda millonaria de corto plazo para apostar por comercio e inversión en el mediano plazo. Para tener éxito debemos aplicar el principio de que el comercio no es un juego de suma cero, y plantearnos como objetivo revertir el déficit comercial de más de mil cuatrocientos millones de dólares (exportamos US$130.6 millones e importamos US$1,566.92 millones) que tenemos con China, para lo que necesitamos capitales frescos en negocios de exportación con valor agregado.
Eso sí, y es mi recomendación, el gobierno debe exigir a los inversionistas chinos asociarse con empresarios dominicanos, debe evitarse que repatrien la totalidad de los beneficios. Actuando de esa manera replicamos su modelo, con el que han acumulado una enorme cantidad de reservas internacionales.