Después del 26

A1

Ocurre cada año. De 365 días, uno. Momento de mea culpa, por el olvido y la postergación, también por la vergüenza. Sin fanfarria y con rutina laboral, aplauso para el choteo y la injuria. La diversión gracias a la invención, a la imputación graciosa. Aprovechan la conmemoración para la disquisición pedestre, la denostación del hombre y la hazaña. Egos compitiendo, regateando espacios con poses y mentiras. Repiten fábulas. Consiguen el respaldo de la medianía porque la contemporaneidad soporta todo y la post verdad permite enaltecer la banalidad.
Búsqueda incesante de paternidad putativa porque la propia es inconveniente. Convertirlo en nadie, desconocerlo para despreciarlo, como si doliera menos. Entonces, el ritual de evocación procede. Reescribir lo escrito, año tras año, con intención de advertir y subrayar. Porque el tiempo de Duarte debe ser siempre. Autócratas pertinaces, salaces, ocultaban su mérito. Apostaron al menosprecio de su figura. La patria se forja a machetazos, encima de la grupa salvaje de una bestia. Abusando y complaciendo. No es asunto para trinitarios aunque Robert Cassá expresa que: La Trinitaria es el primer agrupamiento revolucionario, animado por una doctrina política, con un programa y un sistema de organización. Su razón de ser estribaba en plasmar el objetivo que había predicado Duarte, derrocar el dominio haitiano para fundar un Estado independiente.”
Duarte fue “radical en las ideas y en la acción. Y esto lo llevó a combatir, intransigentemente, a los conservadores, partidarios de anexar el país a una potencia extranjera.” (R. Cassá. Padres de La Patria. AGN).
Si durante 31 años fue proscrito, porque la megalomanía impedía competencia, 57 años después, es tarea pendiente. Entre indiferencia y descrédito perece el prócer. Los interesados omiten, confunden. Reivindican el exilio y la tristeza, la desolación y la miseria. Su lucha fue accidente, quizás ficción. No hay arrojo en su biografía. Demeritan los antecedentes del 27 de febrero de 1844, para negar la estrategia del político que fue. Pedro Troncoso Sánchez, autor de “Vida de Juan Pablo Duarte”, escribe la estrofa triste de su agonía, en Venezuela: “nunca fue la muerte tan piadosa, cuando besó y puso paz en la frente atormentada de Juan Pablo Duarte”. Sobre su sarcófago no fue colocada la bandera, creada por él, para la nación que cinceló (página 516). Félix María del Monte, uno de sus panegiristas, citado por Troncoso Sánchez proclamó: “…la juventud solo ha podido aprender a juzgarlo a favor de los relatos enconados de sus enemigos y émulos envidiosos.”
Trágico sino el del forjador de la patria, quizás como el de la patria misma. De prócer a perseguido. Encarcelado y expulso. Ignorado, como peor condena. El proyecto de Constitución del fundador de la República revela sus convicciones. “La Ley no reconocerá más nobleza que la virtud, ni más vileza que la del vicio, ni más aristocracia que la del talento, quedando para siempre abolida la aristocracia de sangre”. “El gobierno deberá ser siempre y antes de todo, propio y jamás ni nunca, de imposición extraña, bien sea esta directa, indirecta, próxima o remotamente.
Es y deberá ser siempre popular en cuanto a su origen, electivo en cuanto al modo de organizarle, representativo en cuanto al sistema, republicano en su esencia y responsable en cuanto a sus actos’’. Blasón y nombradía, tienen sus verdugos. Rentable y chic, cotizar la patria. Mejor cuando la soberanía es antigualla y hay protectorados sin camuflaje, con certeras acometidas. Desdén hubo antes y ahora más. Orcopolitas redivivos, cuestionan la identidad.
Es pecaminoso el patriotismo y suspicaz la exaltación del prohombre. Destino inconcebible el del vástago del gaditano José Duarte Rodríguez y Manuela Díez Jiménez, descendiente de español y criolla. La gloria para él fue fugaz. Su evocación provoca más mofa que alusión al decoro. Inclemente ha sido la posteridad con el patricio. Triunfó el embate de los conservadores, la manifiesta cobardía de allegados, antes trinitarios, después traidores. Oportunistas sin prebenda, sitiados por el miedo y el asombro de una epopeya con nombre de República Dominicana.