“Después del Otoño”, la esperada
exposición de Cándido Bidó

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02 diciembre, 2006 12:00 am Sé el primero en comentar
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Situada en el corazón de Gascue, la Galería de Cándido Bidó acoge periódicamente muestras de su dueño, y en este fin de año el famoso pintor, que ha hecho suyos colores y temas, presenta la exposición “Después del Otoño”.

POR MARIANNE DE TOLENTINO
La popularidad de Cándido Bidó y el respeto que se le manifiesta, se puede medir a la cantidad insólita de colegas magistrales, presentes la noche de la inauguración, y a un público masivo de varias generaciones. “Después del Otoño” –un título algo enigmático– congregó a centenares de personas, que buscaban la nueva expresión de “las cosas y la gente de mi pueblo”, según el maestro de Bonao suele definir los temas de su pintura.

Recordamos que el profesor Juan Bosch, compenetrado con el arte de Cándido, enfatizaba que esos temas en su interpretación y en su factura son los de un gran pintor de absoluto dominio de los medios. En esta muestra, pues Cándido Bidó retoma sus temas favoritos, enriquecidos de variaciones, y los trata con un oficio y una seguridad incomparables.

Podríamos afirmar que Cándido Bidó es un artista académico total, que pinta retratos, bodegones y paisajes en la tradición secular que él recibió y asimiló de la Escuela Nacional de Bellas Artes, pero de un modo inconfundible. El aplomo estructural, la vibración cromática, la identidad vernácula sobresalen en cada uno de los cuadros expuestos.

Cándido Bidó realiza otro viaje a su mundo idílico y rural

Este artista siempre presenta una maternidad, siendo la madre y el niño uno de sus grandes temas, pero estas “Madres con chiva blanca” son particularmente interesantes.

Una impresión de alegría y de trópico, de frescor, ternura y poesía se desprenden de una iconografía, identificada con una criollidad onírica. Pues, es otro rasgo definitorio: ese campo dominicano, ese Caribe que Cándido Bidó reivindica orgullosamente, metamorfosean la naturaleza, la idealizan, la engalanan con lo real-maravilloso de los sueños. “Después del Otoño” irradia los espacios y transporta al espectador a  un universo, tan familiar como único.

La Exposición

Si en otras exposiciones Cándido Bidó agrega dibujos, serigrafías, esculturas, cerámica aun, ahora él se limita a la pintura/pintura, multiplicando los formatos, jugando con la generosidad de las texturas, iluminando el entorno con su paleta fuerte e intensa.

Otra característica es que Cándido Bidó se mantiene aquí con sus propuestas “clásicas” que han hecho su triunfo: él no se arriesga a experimentaciones ni a estilos que no le pertenecen. Nuestra íntima convicción es que, llegado a la cima de su carrera, un maestro tiene pleno derecho a imponer su percepción y su propio contexto creativo. Esta manera de pensar la pintura, propicia las obras más profundas y permanentes.

Cada artista tiene sus temas y su figuración preferidos. Cándido Bidó tiene una verdadera pasión por las cabezas, por los rostros de frente o de perfil, en cualquier dimensión. El motivo se define estrictamente, y le preocupan, en estas imágenes casi hagiográficas, la iluminación interior, el equibrio inmejorable, la ejecución esmerada. El sol emblemático y complemento de la composición nunca falta, como si las criaturas surgieran de su reino celestial. Flores y frutas, elementos accesorios, pueden engalanar a esas efigies anónimas de mujeres caribeñas, antillanas, a esas “damas de las islas” –según las llama el autor–. Se trata de los retratos bidosianos por excelencia.

Obras sobresalientes

Ahora bien, las obras que más se destacan en el conjunto, plasman escenas de grupo, bodegones y composiciones florales.

Por cierto escogido para la portada del catálogo, el “Florero en un paisaje” nos parece una tela magistral, que exalta el juego de las correspondencias. Los ritmos se responden: cielo pluritonal y neopuntillista, estallido de ramas y hojas en un vaso curiosamente decorado, mantel estampado de flores “en movimiento”. La gama cromática, que evita ciudadosamente el verde, no se subordina al objeto, sino sigue una especie de coreografía pictórica. La animación interior comunica el fantástico placer de vivir. Es realmente una obra “inspirada”.

En el mismo tenor, sobresale “La Tajada”. La magia de la iluminación se hace especialmente sensible, produciendo un cuadro dentro del cuadro, en base a la ciencia de los tonos. El divisionismo o neopuntillismo de Cándido Bidó manifiesta su fogosidad y el dinamismo cromático se apodera del espacio. Es evidente que esa técnica del color y la pincelada no significa una regresión académica en el tiempo, sino un aporte factural que el artista está usando frecuentemente desde hace varios años..

Simultáneamente observamos el rigor constructivo –que nunca deja de imperar–, propiciando una geometría, entre círculo, curvas, elipse, paralelas y rectas, que también contribuyen a la intensidad de los efectos rítmicos. Esa “tajada” de auyama, interpretada con un pigmento particularmente denso y emergente, se convierte metafóricamente en una gran sonrisa bajo el sol. La impresión de estallido jubiloso se extiende desde el centro hasta toda la superficie del lienzo.

Cándido Bidó siempre presenta una maternidad, siendo la madre y el niño uno de sus grandes temas, pero estas “Madres con chiva blanca” son particularmente interesantes. El artista toma libertades con la composición y rompe la habitual simetría de los elementos. Indudablemente, la “chiva blanca” es una ocurrencia, una fina nota de humor, que llama inmediatamente la atención, y no obstante invita a concentrar la mirada en las dos madres –simétricas ellas– y sus retoños, envueltos a la usanza campesina antigua… De nuevo, el pintor acumula, alterna, combina los estampados, que convierten  el cuadro en una fiesta de ritmos y tonalidades. Son de hecho tres colores solamente… En lo expresivo, una cierta melancolía y preocupación emana de los ojos, de los rostros y de los gestos protectores.

Esta exposición se dedica en totalidad a la mujer, hasta en el tema de los músicos. “La serenata” es ciertamente otra obra encantadora, donde los ritmos pictóricos se vuelven sensibles al oído, y cientos de puntos rojiazules vibran en el espacio con notas saltarines.  Enfatizado por el título, es un cuadro-partitura, con movimientos de “andante” según el diseño y las formas, de “allegro vivace” por los toques de la pincelada, una de las telas mayores de la muestra.

Los demás temas de Cándido Bidó marcan su presencia, aunque con una notable discreción. Los pájaros se alojan en la “Jaula azul”, pintura de mucha fineza. Las muñecas, como siempre, son sustitutos lúdicos de la maternidad. Las frutas y las flores, cuando no constituyen el motivo central, acompañan a los rostros femeninos. Los paisajes se integran dentro del tema humano.

En síntesis, “Después del otoño” –que percibimos más como… después del verano… o de la primavera– es un muy agradable viaje pictórico al mundo idílico y rural de Cándido Bidó, exposición perfecta para el fin de año y la época prenavideña.

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