Dos euforias tóxicas: la del saber y la del poder

Rafael Acevedo

Aquel amigo jamás pudo aprender a cantar, porque la emoción de entonar lo paralizaba de placer. Otro no pudo aprender a conducir, porque el placer de que las muchachas lo vieran manejando, lo hacía perder el control. Muchos, teniendo talento, no podían hablar en público: pensar en el aplauso los atemorizaba.
La timidez y el miedo escénico se correlacionan con ego, placer, autocontrol y autoestima. Declararse a una muchacha, la anticipación del placer de la conquista, nos paralizaba, tanto como el temor al rechazo.
Ciertas euforias pueden ser tóxicas. A diario vemos gentes alocarse con la adrenalina del poder y del dinero; atletas que se drogan por no saber manejar las emociones del éxito.
El acto de destruir también produce euforia. Un orangután, una hiena, un tigre disfrutan su propia adrenalina cuando atacan, desgarran. Los perros del vecindario se extasían ensayando su fiereza con los extraños, pero también con los chiquilines que las señoras sacan a defecar en las aceras. Hay comunicadores que se emborrachan de solo escucharse a sí mismos; o destruyendo honras ajenas, a veces desaprensivamente. A menudo olvidan que el poder lo tienen el dueño del medio y los anunciantes. Schopenhauer, como otros hombres de saber y fama, se hicieron famosos también por la elocuencia de sus insultos. Una de las drogas más alucinantes puede el acto de entender. Desde la primaria, siempre fue así; más ahora, en la “era del saber”. Una de las principales reglas de las Ciencias y de la Comunicación es el distanciamiento emocional del investigador. Decía don Juan, el hechicero, al antropólogo Castañeda: “El saber suele ser traicionero. Hace que uno se confíe. La sabiduría se logra con la humildad”. Pero el miedo a la Verdad imposibilita el conocimiento, incluso el de sí mismo. Ese temor patológico suele proceder de compromisos con versiones particulares o interesadas sobre la realidad; por falta de capacidad para desarticular falsedades aprendidas. Pero también existe el temor a la euforia orgásmica de contemplar la pureza de la Verdad. El orgasmo es un gran placer en el cual se pierde el control sobre el cuerpo y el pensamiento. Según especialistas, ciertas personas, cuya estructura de personalidad incluye la necesidad excesiva de control, el orgasmo puede resultar amenazante y por ello pueden tener tendencia a reprimir el orgasmo por miedo a perder el control sobre sí mismas y de su entorno.
Igual que con la Verdad, suele pasar también con respecto al conocimiento de Dios. El temor ignoto e inconfeso suele ser grande, y a no pocos se les aprieta el pecho, y tejen fantasías negacionistas. Niegan la Verdad a apriorísticamente. Piensan: “Si yo no lo entiendo es, lógicamente, porque no es entendible. Si yo no lo creo es porque es mentira”. Mayormente les da pánico perder su supuesto control de sí mismos. El resplandor de la Verdad puede producir euforia y aturdimiento. Peor cuando se tienen graves compromisos con logias de incrédulos y pseudo científicas. (Sin incluir a prevaricadores habituales ni a corruptos de oficio en esta lista).


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