Educación en valores

Bonaparte Gautreaux Piñeyro

Todas las mañanas escucho a la distancia un coro que canta las notas del Himno Nacional, espero que luego se entone el himno a la Bandera: “Ya empezó su trabajo la escuela/y es preciso elevarte a lo azul/relicario de viejos amores”, y culmina “flotarás con el alma de Duarte, vivirás con el alma de Dios”.
En el libro de lectura de la colección Sembrador, del segundo curso, había un relato sobre la conducta a la hora de comer: el gato se frotaba contra la pierna del niño y cuando maulló, el pequeño, que esperaba que su madre le sirviera la comida, le comentó al minino: ¿de qué me pides los huesos, si aún no me han dado la carne?
En ese tiempo los maestros, enseñaban con sabiduría, dedicación, conocimientos y paciencia, materias tan importantes como la higiene personal, revisaban la limpieza de las orejas, las uñas recortadas, el brillo de los zapatos en una labor de seguimiento de las prácticas que enseñaban las madres en los hogares.
Siempre recordaré que Deogracia Carela era el más limpio del curso, iba perfectamente acicalado: bien recortado el pelo, el pantalón planchado con un filo que cortaba, las manos, las uñas y las orejas muy limpias y unos zapatos cuya parte superior era un espejo.
Había lecturas que destacaban el respeto a los padres, el cariño entre hermanos y familiares, apoyo a los amigos, “a los amigos”, se decía entonces, “con razón o sin ella”, lo cual no significaba respaldo para las malas acciones sino solidaridad ante la desgracia.
Aunque diferencias de niños terminaban con peleas a puños, entre los compañeritos no había costumbre de guardar rencor, de retaliar. En un momento peleábamos y luego: a jugar pelota.
Se nos enseñaba a honrar, respetar y se nos exhortaba a imitar las vidas y hazañas de los hombres y mujeres que construyeron la Patria una y otra vez, tantas como algún caudillo maldito o un invasor extranjero la mancillaron.
Ello permitió que muchos años después, en medio de la Guerra Patria de 1965, el maestro Aníbal de Peña y Peña escribiera el Himno de la Revolución que recuerda: como hermanos de Duarte luchemos, que ya Mella su grito encarnó y con Sánchez al martirio iremos, venceremos como Luperón.
Aquel grito de guerra tenía un estribillo genial: a luchar, a luchar a luchar, a luchar, a luchar a luchar, a luchar, soldados valientes, empezó la revolución, a entonar el grito valiente, que reclama la Constitución.
Fue esa educación en valores la que produjo la generación que escribió 100 años después, la página más luminosa de la Historia, después de la Restauración de 1865: la Revolución de Abril de 1965.
Y uno se pregunta y ahora, ¿qué tenemos?