Educar: cinco dimensiones fundamentales

MARCOS-VILLAMÁN

Hay muchas maneras de abordar las dimensiones indispensables para desarrollar una educación que pudiéramos considerar pertinente y de calidad en este mundo que nos toca vivir. Pero, sin duda, ello tendrá que ver centralmente con el desarrollo de las capacidades necesarias para actuar en esta realidad compleja y complicada que hoy se nos presenta como desafío para actuar transformándola en dirección ala construcción de mundos humanamente habitables. Es decir, sociedades económico-socialmente incluyentes, ecológicamente responsables, reconocedoras de la diversidad y políticamente democráticas. Se necesitan maestros capaces de realizar una práctica educativa que desarrollen los y las estudiantes las dimensiones necesarias para la construcción de estas aspiraciones y las destrezas imprescindibles para su puesta en marcha en el marco de la creatividad. Veamos.
La dimensión del Conocimiento (científico-tecnológico). La sociedad espera que la escuela cumpla con su impostergable tarea de iniciar y formar a los jóvenes estudiantes – en el nivel que corresponda en cada caso – en el manejo de las diversas áreas del conocimiento científico-técnico que es el saber dominante en el mundo contemporáneo. Una escuela que no enseña este saber constituye un atraco contra los y las jóvenes, las familias y la sociedad. Un maestro que no domina su área de conocimiento o no sabe enseñarla realiza un asalto burdo a la sociedad.
La dimensión Política o Ciudadana. Es fundamental para la integración adecuada en el mundo de las responsabilidades de la vida colectiva, que se aspira hoy sea desarrollada en el marco de la democracia como sistema político que supone destrezas específicas como la participación, el respeto a lo diverso, la capacidad de argumentación, la responsabilidad, la negociación y el establecimiento y cumplimiento de los acuerdos como vía de solución de los conflictos. Sin educación democrática la escuela “des-educa”.
La dimensión Ética. Es decir, la iniciación e internalización consciente del mundo de los valores como referentes fundamentales para el desarrollo de la vida individual y social de los seres humanos. Y, el desarrollo de la capacidad de discernimiento o contrastación de la realidad de la vida con los valores asumidos para intentar transformarla hacia aquellos. La convicción de que la vida debe ser un proceso de aprendizaje del bien para concretarlo como servicio responsable a los demás, vía la construcción de relaciones humanas valiosas orientadas siempre a lo esencial que es efectivamente “invisible a los ojos” (Principito).
La dimensión Estética. El aprendizaje de esa capacidad de apreciar y disfrutar todo lo bello que la vida nos ofrece y orientarse siempre a su cultivo, a su desarrollo. Lejos de la grosería y la vulgaridad y cercanos a las manifestaciones humanas que nos hacen mejores: la música, el baile, la pintura, etc. que se constituyen, además, en camino para ese mejoramiento y nos permite navegar en profundidades misteriosas que nos deleitan e interpelan para convocarnos a ser mejores.
La dimensión Espiritual. No necesariamente religiosa, sin la cual perdemos la posibilidad de hacernos las preguntas fundamentales y abandonamos la lucha por obtener respuestas cuya utilidad sólo es captable en el silencio y la soledad que nos permiten la sinceridad con nosotros mismos. Sólo la espiritualidad nos posibilita la permanencia en el bien al combinar razón y emoción y conducirnos así a la fineza de los sentimientos y a la pretensión de vivir en verdad. Nos arma para la permanencia en el bien como sentido de la vida y nos anima contra la permanente tentación de abandonarlo.

Necesitamos una escuela, y maestros y maestras que desarrollen así su profesión y que por ello sean capaces de una dedicación autoexigente y cotidianamente preocupada por el bien de sus estudiantes. ¿Será posible?


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