Egos, aspiraciones y oposición

El real desafío de la oposición consiste en construir un sentido de unidad dentro de la diversidad capaz de articular candidaturas y propuestas que impacten en franjas insatisfechas con el oficialismo y legítimamente dudosas del liderazgo tradicional. De penoso está el afán por repetir los errores de siempre y allanar los caminos de aspiraciones lógicas, pero imposibilitadas en consolidar los niveles de popularidad básicos para alcanzar el triunfo.
Históricamente, los dirigentes opositores de las tres décadas post Trujillo malentendieron el país de aquella coyuntura, y salvo reconocidas excepciones, el acento ideológico y las discrepancias personales validaron el control y éxito electoral de fuerzas sociales que tenían que reducirse hasta la insignificancia con el nacimiento del esfuerzo democrático de diciembre de 1962. No obstante, todo ese periodo de confrontación e insultos evidenció tanta vocación por lo personal que la victoria de 1978 tuvo de nota discordante, el planteamiento retorcido de un Juan Bosch, reducido por el dolor que causaba el avance del partido que dejó atrás en 1973 para estructurar su organización, el PLD.
En el próximo ciclo y coyuntura electoral del año 1990, el robo de las elecciones al partido morado se posibilitó por la negativa del líder a pactar con José Francisco Peña Gómez. De aquella experiencia a la actualidad se acumulan las horas suficientes para abordar la viabilidad de entendimientos políticos inteligentes, sin que reduzcamos el sentido del pacto posible a la fatal asunción del reparto puro y simple y desmedido interés en hacer del presupuesto nacional una piñata. Es innegable que las victorias serán posibles por la capacidad de sumar. Ahora bien, un sello distintivo del proceso de degradación de la práctica política ha sido desacreditado porque el sentido de distribución de cuotas en el tren administrativo se asumió como regla de los entendimientos políticos, expresando lo peor de los acuerdos electorales.
Las sumas efectivas en lo electoral deberán orientarse no solo hacia las organizaciones sino edificando vínculos con sectores sociales, grupos ciudadanos y expresiones emergentes que en los barrios y ciudades gocen del reconocimiento y prestigio. Y es muy sencillo: el peso de los partidos no podrá ser borrado, pero la acreditación de sus aspirantes dependerá de la capacidad por presentar rostros con la validación que trasciendan sus fronteras.
Los partidos tradicionales tendrán resistencia en la ciudadanía en la medida que pretendan imponerle sus mañas a la sociedad. Ya la época en que un líder fuerte y popular facilitaba exponentes de lo peor de sus organizaciones se torna cuesta arriba porque insistir con “ellos” afecta la aspiración principal. La señal para los aspirantes a la nominación de mayor importancia en el país reside en que no pueden repetir los rostros de siempre, y es que si no lo saben, la línea clásica en una campaña electoral caracterizada por cuestionamientos a las políticas oficiales no puede nacer en labios sin las destrezas y formación indispensables, además de una descalificación producto de desempeños abominables.
A lo que no puede jugar la oposición es al monopolio de la ética. Tradicionalmente, existe una concepción errónea que parte de asumir que todo lo indecente está en el gobierno y que la honra es propiedad exclusiva del sector adverso al oficialismo. En el PLD, sectores independientes, la franja conservadora y núcleos financieros importantes existe una amplísima gama de gente que reconoce el agotamiento del modelo. De ahí que las generalizaciones y ejercicios de descalificación insensatos podría distanciarlos del verdadero esfuerzo por construir una mayoría para el cambio posible.
Si los egos y la incapacidad de reconocer en el “otro” talentos y valores importantes prevalecen se estaría reproduciendo el error de siempre. Y en ese sentido, abriendo el trecho para que gente buena entienda que resulta inviable pactar con los amos de la moral opositora y semi-dioses de la ética. Mucho cuidado!


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