Einstein, amor, violencia y renuncias sexuales

Rafael Acevedo

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Circula una carta de Albert Einstein, dirigida a su hija Lieserl, en la que “le advierte” que el amor es la energía más poderosa y menos manejable que existe. Una canción decía, “…el amor es una bebida fuerte, que a veces salva… a veces causa la muerte.
La bolerística latinoamericana da cuenta de la dificultad de administrar ese “complejo sexo-senso-emocional y cultural” que se incluye bajo la común denominación de “amor. Aún en países con altos índices de bienestar, como Suecia y Finlandia, muchas relaciones de la pareja incluyen el abuso físico del hombre a la mujer; aunque estadísticamente no se registran igualmente las formas más sutiles y acaso tan dañinas, como el maltrato psicológico de ella a él (y viceversa). El maltrato físico suele estar precedido por el maltrato emocional, llegándose a un climax en el cual se pierde el sentido de las proporciones y de la realidad. Para que se maltrate a quien se ha amado tanto, y quien representa el equilibrio emocional y todo lo demás que vale la pena en la vida, algo poderoso está ocurriendo en la psique de la persona.
No ha sido jamás casualidad que muchas historias de amor hayan tenido por desenlace: ella o el en un convento, o amargamente alejarse por no poder encontrar la solución a los dilemas de su poderosa pasión. En un monólogo que repetía Pile Tejada, dos que se amaban desde la adolescencia, al encontrarse en un barrio de La Capital: “Que detino el nuetro, Juana: tu cuero y yo guaidia”. La pobreza suele estar de fondo, pero también el dislocamiento cultural que producen la migración, la marginalidad, el consumismo, el desempleo y el “chiripeo” (subempleo), que también afectan las empobrecidas clases medias.
Similarmente, crea problemas la preferencia que tiene el sector formal por la muchacha de “buena presencia”, cuya adecuación a un bajo salario la hacen preferible para esos puestos “clericales” y asistenciales que le aportan “glamur y categoría” a la empresa (y a ella), que suelen colocar a ella y a él en dos contextos socioculturales casi inconciliables.
Actualmente el varón no ejerce como héroe militar; al tiempo que se desvaloriza como proveedor, padeciendo una minusvalía social tóxica: incapaz tampoco de mantener la estima de coetáneos y familiares. El hombre rechazado por su pareja suele caer en un perverso retorno edípico a mamá, su ídolo (manipulable) favorito; y a menudo acercarse a la santería popular, preferentemente a “la virgen que hace milagros”: atrapado en una especie de “triángulo de Edipo”. Pero para nórdicos, australes y tropicales, el amor o como pueda llamarse esa energía, es cosa difícil de manejar aún para los más exitosos, hombres o mujeres.
Muchos varones y hembras renuncian a esa carga emocional y social asociada a roles sexuales socialmente prescritos. Probablemente, en un extremo, ciertas vocaciones religiosas y, en el otro, determinadas aberraciones sexuales estén asociadas a las dificultades de aprendizaje en cuanto a relacionarse con el otro sexo, y a manejar esa fuerza ingobernable llamada amor. La solución está en otra parte…