El admirado Teodoro Chasseriau

Avenida Teodoro Chasseriau, en El Millón. Foto/ Napoleón Marte
Avenida Teodoro Chasseriau, en El Millón. Foto/ Napoleón Marte

Es una gloria dominicana, nacido en Samaná, admirado y reconocido en el mundo pero desconocido por la mayoría de sus compatriotas quienes, al pasar por la calle que le rinde tributo, preguntan: “¿quién era ese?”.
Historiadores e intelectuales nacionales han escrito orgullosos de este genio cuya obra se exhibe en el Museo del Louvre y es elogiada por exigentes y reputados críticos. En 2004 el Centro León y el Museo de Arte Moderno lograron trasladarla y exponerla en sus salas. Aun así, el nombre y la producción de Teodoro Chasseriau han quedado limitados al conocimiento de cronistas y analistas de formas y colores.
Conste, son muchos los trabajos que se han publicado sobre el que fue definido, “sin disputas, como el artista más grande que queda entre nosotros (en Francia) entre los olvidados de la historia del arte”, según expresó Ary Renan, pintor, grabador, escritor y político francés, en 1898.
Se afirma que fue Emilio Rodríguez Demorizi el primero en divulgar el origen de Chasseriau, al que dio a conocer tanto en “Samaná, pasado y porvenir”, en 1945, como en “Pintura y escultura en Santo Domingo”, de 1972. Sin embargo, Vetilio Alfau Durán refiere un artículo sobre el artista aparecido en Listín Diario de abril de 1924 que no fue localizado. Rodríguez Demorizi, empero, fue el mayor divulgador de la figura de su comprovinciano.
En su sección “Ámbito histórico”, de la revista ¡Ahora!, J. Agustín Concepción entregó uno de los más completos reportajes sobre Chasseriau y en él apunta: “Por suerte para el insigne artista dominicano nacido en Samaná, hay un conspicuo samanés que lo ha rescatado del olvido. Ese samanés, nativo del municipio de Sánchez, es Rodríguez Demorizi… que inserta abundante material biográfico acerca del ilustre personaje”. El historiógrafo lo admiró a tal extremo que viajó a Francia a contemplar los dibujos y estampas de Theodore.
Hubo un tiempo en que Chasseriau se convirtió en el ícono de literatos y autores del ayer. Antes que Rodríguez Demorizi, Abigaíl Mejía escribió un amplio artículo sobre él, clamando porque algún día su producción se mostrara al país. “Escasas personas, relativamente, son las que por aquí no ignoran que uno de los más grandes pintores franceses modernos, Teodoro Chasseriau, surgió sobre este suelo junto a las aguas de la codiciada bahía cantada elogiosamente por Objío en “Mi Patria”: Samaná, que en nuestra viña, causa de perpetua riña, bien supremo o grave mal…”.
La dama libró inútiles luchas para que diplomáticos franceses enviaran en 1936 copias de las obras para el Museo Nacional. Se conformó con dar a conocer al artista “a escolares y visitantes profanos del Museo” para que fueran conociendo “algo ese nombre y esas glorias. Aunque no lo bastante, lo conseguimos”. El doctor Heriberto Pieter obsequió a la institución una reproducción de un retrato del padre de Chasseriau, obra de su hijo. Rodríguez Demorizi anotó que también una copia del de la madre reposaba en el organismo.
Los datos más recientes sobre Chasseriau los ha aportado Bernardo Vega tras varios viajes a Las Terrenas y fruto de otras investigaciones. Figuran en el catálogo de las obras de Teodoro publicado por el Centro León en junio de 2004.
“El más célebre”. Afirma Agustín Concepción que Teodoro Chasseriau “es sin lugar a dudas el más notable de los grandes dominicanos desconocidos y a la vez, el más célebre de Samaná”.
Atribuye el desconocimiento a que a los dos años de nacido fue llevado a Francia por su madre y allí quedó en unión de sus hermanos.
Nació en el caserío denominado El Limón, el 20 de septiembre de 1819, hijo de Benito Chasseriau, que vino a la isla con las tropas de Leclerc, y de Marie Madeleine Couret de la Blagmiere, nacida en Samaná en 1791, hija de un acaudalado terrateniente francés. De Benito se dice que era “aventurero e inquieto”.
Vega rescató el acta de bautismo de Teodoro. Fue bautizado en Santa Bárbara de Samaná el 23 de noviembre de 1819, siendo padrino y madrina sus hermanos Federico y María Antonieta. El sacerdote oficiante fue el padre Francisco de Paula Mueses.
Tenía 13 años cuando presentó en 1832 “la ruidosa exposición de sus obras” que según Pedro Henríquez Ureña “lo consagró artísticamente como una de las grandes figuras del siglo XIX”.
Muchos fueron los artistas, críticos y maestros de arte de su época que ponderaron sus trabajos: Ary Renan, Dominique Ingres, Théopile Gautier, Paul de Saint Víctor, Volbert Chevilland, Paul Guinard, René Huyghe, Elie Faure, Wilhel Hausensteín…
Ingres le llamó “el Napoleón de la pintura”. Volbert Chevilland decía que “la gracia de su infancia precoz, la altivez de su carácter, la elegancia moderna de su persona, la brillante distinción de su espíritu, la altura de sus ideales y su lucha por alcanzarlos, la riqueza y el sabor original de su obra, hasta su fin, brutal, en plena vida, en el momento mismo en que arrancaba la gloria, el laurel tan largo tiempo disputado, todo en él despertaba la simpatía, excitaba el interés, seducía la imaginación”.
Agregó que “en el grupo desigual de los pintores que han ilustrado esta época atormentada, Chasseriau representa al aristócrata, al gentilhombre del arte”.
Entre sus pinturas más famosas se cuentan los retratos de sus padres, de sus hermanas, de Carlota Grisi y Théopile Gautier, Venus Anadionema, Tepidarium, Susana en el baño, Lacordaire (político, orador y religioso francés), Rocas en Capri, desnudos, vistas de Pompeya, caballos, La Asunción de Santa María de Egipto, El Cristo en el Jardín de los Olivos, Otelo, y muchos otros.
Chasseriau falleció a los 37 años de edad, “antes de haber encontrado su equilibrio”, consignó Guinard, recalcando que su muerte “es una pérdida irreparable para el arte francés”.


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