El amanecer del planeta de los imbéciles

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Leyendo a Fernando Savater (“Dar caña”, El País, 29 de octubre de 2013), reparo que el vicio dominicano de “dar funda”, de “proferir enormidades truculentas e insultantes que acogoten sin miramientos al personaje público detestado, sea del gobierno o de la oposición”, nos viene de España. Pensaba que, al igual que el merengue, la jutía o el sancocho, esta vieja práctica -que alcanzó su perverso perfeccionamiento con la infame columna “Foro Público”, publicada en el periódico “El Caribe” a fines de la Era de Trujillo, y en donde se criticaba con socarronería y sarcasmo, a funcionarios y personalidades públicas- era netamente autóctona y se nutría de nuestra tendencia casi innata al chisme.
No era que pensara, como Juan Bosch, que la clase media tiene “una naturaleza psicológica anormal” y no puede “vivir sin el aliento cotidiano del chisme”, por lo que es “una fuente perpetua de chismes; crea y consume chismes”, al extremo de que “el chisme es la mayor industria nacional”. Asociar el dar funda con la idiosincrasia supuestamente chismografica de la clase media dominicana en realidad responde al cliché marxista de la pequeña burguesía como clase trepadora, intelectualoide y oportunista que, en el fondo, no es más que el tradicional desprecio hacia las masas del pesimismo elitista dominicano, desde José Ramón López hasta Américo Lugo, para el que el pueblo era haragán, bruto e iluso. Pero sí coincidía con Bosch en que “el chisme, la calumnia, la injuria de baja especie habían sido usados hasta la saciedad bajo el régimen de Trujillo,” pues el chisme -presente en nuestra historia desde los famosos juicios de residencia durante la colonia española, precedidos por oleadas de habladurías contra funcionarios que llegaban de la Isla a la Corona- se había repotenciado en la tiranía trujillista y no había dejado de utilizarse como instrumento político en la era democrática posterior al régimen.
Pero dar funda no es tampoco una lacra exclusivamente española. Se trata de un vicio “humano, demasiado humano”, pues, como el propio Savater indica, responde a una serie de elementos propios de la naturaleza humana, tal como resulta condicionada por la cultura de las democracias realmente existentes. El primero de estos elementos es el de que para muchos de nosotros resulta más satisfactorio “descalificar a personas que refutar argumentaciones”. El segundo es que es más cómodo convertirnos en conciencia moral que, desde un trono de superioridad ética inexpugnable, criticamos a nuestros conciudadanos, recordándoles en todo momento las obligaciones supremas que han incumplido, que tener una conciencia moral capaz de la autocrítica. Y el tercero es que el fenómeno responde a la misma lógica binaria y simplificadora del populismo y del honestismo, que cancela lo político, en la medida en que convierte la arena pública en una lucha antagónica de fuerzas irreconciliables (los buenos contra los malos, la casta contra la gente, los honestos contra los corruptos), lo que, sumado al estar sumidos en nuestros prejuicios y lo que Rafael Herrera llamó en una ocasión la “borrachera de la moralidad”, nos impide ver los matices y claroscuros de los grandes problemas nacionales y globales.
Hay, sin embargo, otro elemento más, no ponderado por Savater, y que, a mi juicio, resulta crucial para entender la democratización de dar funda. El descubrimiento de este cuarto elemento se debe a dos italianos: el politólogo Giovanni Sartori y el escritor Umberto Eco. Se trata del impacto de las nuevas tecnologías de la información. Para Sartori, “el homo insipiens (necio y, simétricamente, ignorante) siempre ha existido y siempre ha sido numeroso. Pero hasta la llegada de los instrumentos de comunicación de masas los ‘grandes números’ estaban dispersos, y por ello mismo eran muy irrelevantes. Por el contrario, las comunicaciones de masas crean un mundo movible en el que los ‘dispersos’ se encuentran y se pueden ‘reunir’, y de este modo hacer masa y adquirir fuerza.” Para Eco, “las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos rápidamente eran silenciados, pero ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los imbéciles.”
Ante este panorama, ¿qué hacer? Lo primero es aceptar que la necedad es consustancial a la condición humana. No por casualidad “necio” es una de las palabras más mencionadas en la Biblia pues la necedad es tan vieja como la Humanidad. Es más, hoy sabemos que la necedad puede entronizarse desde un “reality show” a la presidencia de una gran nación como lo es Estados Unidos. Por tanto, siempre existirán esos que en Proverbios propagan calumnias, se deleitan “en la expresión de su opinión” y no en la comprensión y, contrario a los sabios, dan “rienda suelta a toda su ira”. Lo segundo es asumir que las nuevas tecnologías de la información y las redes sociales llegaron para quedarse, pues, a pesar de que han fomentado la vulgaridad y el chisme, hay que reconocer que han contribuido a la democratización del conocimiento. Lo tercero es comprender que una democracia liberal nunca puede renunciar al derecho fundamental a la libre expresión, teniendo, eso sí, como limites el derecho al honor, a la fama, a la imagen, al olvido y a la privacidad de las personas y la proscripción y castigo de la difamación, la injuria y el discurso del odio. Y, finalmente, convenir que la postverdad y las noticias falsas solo pueden ser combatidas con un sano “panoptismo cívico” (Daniel Innerarity) y, lo que no es menos importante, mediante el fomento de la prensa libre, plural e independiente y la promoción de la cultura y la educación.


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