El arte y los artistas contemporáneos
En el laberinto de la fama y la cultura como espectáculo

Por Amable López Meléndez
07 junio, 2013 7:18 pm Sé el primero en comentar
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El significado de la  “Fama” experimenta un proceso de  progresiva “incertidumbre” como resultado de la inminente y espectacular “liquidez” o transparencia que proclama el folclore de la posmodernidad: el simulacro cultural y existencial de la cotidianidad que se consuma a la “velocidad de liberación” a través de las invisibles, omnipresentes, globalizantes y fragmentarias redes del hipermundo.

En las mitologías y la literatura greco-latinas, Fama o “la voz pública” es mensajera de Júpiter (padre de la luz, de dioses y de hombres). Y, precisamente, en “La Eneida”, el poeta romano Publio Virgilio Marón (70-19 a.C.), la describe como figura monstruosa, engendrada por la Tierra después de Ceo y Encélado, dotada de numerosos, ojos, bocas, lenguas, oídos y terribles alas que le permiten volar con extraordinaria rapidez.

 Para Virgilio, Fama jamás duerme; es un monstruo nocturno que ocupa el centro del mundo y “vive en un palacio sonoro, con mil aberturas por las que penetran las voces, rodeándose de la credulidad, el error, la falsa alegría, el terror, la sedición y los falsos rumores”.  En el día, se mantiene vigilante desde los techos y las torres de la ciudad al mismo tiempo que exhibe su asombrosa capacidad de receptividad y contradicción, representando las fuerzas incontrolables de la publicidad, la verdad y la mentira.

A partir del Renacimiento, la fama ha sido representada como figura  de doncella con alas de águila y tocando su trompeta. Algunos artistas la han representado  sentada sobre varios escudos o portando la palma del triunfo, atribuyéndole al concepto un toque belicista. Desde los umbrales de la modernidad, la fama se relaciona con la noción y el proyecto de la vida en sociedad como eterna prueba. Como concurso, juego infinito o perpetuo desafío en el que uno o varios de los “competidores” tienen que ganar: sobresalir, destacarse, obtener reconocimiento y distinción social. Entonces, sólo los otros actuarían como “jueces autorizados” para decidir y proclamar quién es quién.

En el campo del arte y la cultura asistimos al hecho frecuente y cotidiano del enrarecimiento y la insanidad del “aire” a causa de algunas miserias espirituales como el odio, la envidia y la discordia entre los unos y los otros. Pero, en el caso de los artistas plásticos y visuales contemporáneos, ¿cuál es la fórmula para obtener el éxito? ¿Quién y cómo se lo concede? ¿Cómo “calibrar” la fama y el prestigio de un artista de nuestro tiempo? ¿Es el reconocimiento una garantía del aumento de la cotización y la demanda de su obra? En un presente tan “líquido” e inflamable como el de la multiplicación de los medios y la revolución digital, estas cuestiones adquieren vigencia y nuevos intereses, pues los conceptos de originalidad, copia, autoría o apropiación, devienen trastocados para siempre.

Sólo habría que repasar la historia del arte y la cultura visual de la modernidad para observar, en situaciones y contextos específicos, el “boleo” de la fama y el mismo estado de “precariedad” que, circunstancialmente, influye sensiblemente en la reputación de grandes genios como Miguel Ángel, Caravaggio, El Greco, Goya, William Blake, Picasso o Modigliani. Esto quiere decir sencillamente que los creadores paradigmáticos del arte moderno no fueron siempre tal cosa.

Personalidades y obras de artistas -ayer y hoy célebres- a nivel global como Vincent van Gogh (1853-1890),  Wassily Kandinsky (1866-1944), Piet Mondrian (1872-1944) y Marcel Duchamp (1887-1968), jamás tuvieron en vida ni fama ni mercado ni dinero. En tiempos más recientes, artistas de reconocida fama como el colombiano Fernando Botero y el brasileiro Romero Brito, son altamente valorados por los amantes del arte y los coleccionistas, pero muy poco por la crítica o los grandes museos, mientras que algunos bien cotizados, con gran presencia en los medios y en los espacios de resonancia del arte contemporáneo como Wifredo Lam, Roberto Matta, Jean Michel Basquiat, Antoni Tapies, Keith Haring (1958-1990), Jeff Koons (1955) o Damien Hirst (1965), son ampliamente estimados y analizados por los historiadores, curadores y especialistas.

Ya a nivel local, si procediéramos a una encuesta para confeccionar la  lista de los 10  pintores vivos dominicanos más famosos de la actualidad, es seguro que dicha lista estaría encabezada por artistas como Dionisio Blanco, Guillo Pérez, Elsa Núñez, Iván Tovar, Ramón Oviedo y Jesús Desangles, entre otros, creadores de universos visuales e imágenes emblemáticas de nuestra idiosincrasia y de nuestras riquezas naturales, culturales y espirituales. Imaginarios e imágenes que también ponen de manifiesto  los más depurados niveles de elaboración simbólica con que se expresa nuestra consciencia identitaria a través del arte.

Aunque la reflexión y los debates que intentan desvelar las mitologías de la fama y del éxito, al mismo tiempo especulan sobre las mutaciones del gusto y los criterios estético-filosóficos en el proceso de reconocimiento social del arte y los artistas, hay que admitir que, hasta ahora, este tema no ha sido estudiado a profundidad. Sin embargo, sabemos que los valores estéticos son relativos, que sufren mutaciones en el tiempo y que se pueden comprender mediante la reflexión detenida y el análisis trandisciplinar.  Esto implica el estudio de una serie de indicadores claves como el mismo contexto geográfico y sociocultural de su operatividad, la cotización del producto artístico en el mercado, las exposiciones en los espacios de resonancia, las publicaciones, los niveles de difusión de la obra y la personalidad a través de los “mass media” y las reseñas críticas en los medios especializados.

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