El asombroso mundo de la lipoescultura

Hace poco escuché en una estación radial una ácida crítica a la muy recurrida práctica de la mujer de hoy, de someterse a cambios en su anatomía.

Apelando a intervenciones quirúrgicas muy delicadas – y a veces peligrosas – se someten a bruscas alteraciones en zonas de mayor atractivo, y hasta en las narices que Dios proveyó.
A sabiendas de que tropezaré con alguien que habrá de enmendarme – o justificar la moda –debo admitir que desde siempre la mujer ha recurrido a todo tipo de accesorios, para realzar su figura.
La industria cosmética de antaño colocó en el mercado “coloretes” y “cuteses”, facilitando a la mujer lucir sus atractivos, hasta que “descubrieron” que podían ser más llamativas quitándose o agregándose cosas.
El mercantilismo, que todo lo permea, se inventó una variante cirujana llamada estética, conocida también liposucción o lipoescultura, que habrían de hacer famosos a unos pocos “especialistas”.
La moda de cambiarse el rostro y otras partes donde la cirugía puede hacer maravillas, ha dado como resultado una “industria” que deja hoy una millonada a unos “tecnólogos” dedicados a transformar físicos.
Tan voluminosos dividendos deja, que un semanario divulgó hace años unas asombrosas cifras del dinero que mueve una especialidad que ha crecido de manera tan asombrosa aquí, que el Banco Central debería considerarla una de las fuentes que mueven la economía nacional. ¿Exagero?.
Siendo honestos, nada de pecaminoso tiene que la mujer de estos tiempos procure los medios necesarios para lucir su figura, más allá de su natural anatomía.
Aunque las estadísticas menudean tanto para el bien como para el mal, entendidos en el tema atestiguan que las cirugías han ido in crescendo… pero también los divorcios.
Pero no vaya usted a creer que los nuevos estilos de coquetería femenina se limitan a una clase adinerada, no. Puede abarcar hasta a personas que deben hacer sacrificios inimaginables para competir en un mercado ya de por sí reñido.
Tengo que transitar a diario por una vía donde opera uno de estos centros que modifican damas y –a juzgar por el caótico tráfico que se produce en la zona – es un magro negocio eso de convertir gente “fea” en “hermosa”.


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