“El Atleta”: un singular poema que merece toda la atención

Los primeros juegos nacen en la antigua Grecia como fiestas para celebrar una victoria. El deporte como tema literario tiene como prolegómenos a Píndaro y Homero. Ambos ven en el deporte al héroe, al protagonista de una realidad, de un devenir histórico. El primero con sus Odas Triunfales fue el lírico de esas epopeyas, en tanto el segundo fue el cronista por excelencia a través de su inmortal Ilíada, una tradición que otros escritores han continuado como inspiración por siglos hasta nuestros días.
La entrega de hoy está dedicada al poema, “El Atleta”, del escritor español Rafael Ramírez Escoto, incluido en su libro “Tóxico”, ganador del Premio Anthropos de Poesía 1989. El Atleta es una producción que tiene el doble mérito de destacar el singular accionar de una de las figuras más simbólicas y atractivas del universo deportivo, descrita por un autor dotado de un dominio de la técnica de ese tradicional género de ficción.
Tras leer repetidamente durante los últimos meses, esta creación de Ramírez Escoto, nos atrevimos a incluirlos en nuestra antología deportiva personal sobre temas literarios, y quizás podría ser considerado más allá en sentido general, pero este es un terreno del dominio exclusivo de los auténticos cultores de la crítica especializada.
Se lo recomendamos a los cronistas deportivos y a la legión de lectores de textos deportivos-literarios, pues estamos completamente seguros que lo asimilarán con gran deleite espiritual, debido a su notable valía escritural merece ser divulgado con mayor amplitud.
A causa de la limitación de espacio, solo nos es dable reproducir algunos fragmentos de El Atleta, comenzando por el primer párrafo: “Traspasa los umbrales del olímpico estadio cuando el público aclama al veloz campeón y los flashes palpitan en torno a la silueta titánica y alada buscando el orgulloso ademán que decore con grandes titulares en las primeras páginas, el triunfo de la fuerza; la soberbia instantánea que exhiba la victoria.”
El texto constituye un verdadero retrato de la expectación y de la psique del competidor que se sabe consciente de su condición de centro de atracción y del enorme reto que afronta para no fallarle a los seguidores y connacionales que lo aúpan personalmente y por los medios masivos de comunicación en su periplo agonal por la ansiada presea.
“Mientras los altavoces del coliseo rugen anunciando la nueva mejor marca mundial y los televisores repiten incesantes las nítidas imágenes de la llegada a la meta y los comentaristas aúllan enloquecidos para todo el orbe, desde vía satélite, la condición magnífica y el deportivo espíritu que ha posibilitado semejante proeza y el eterno oro aguarda y la bandera alzándose, primera entre otras dos, y el gesto emocionado que captan en primer plano, infinitas cámaras y el humo de la antorcha y el vuelo de las palomas coronan sobre el cielo al vencedor solemne.”
El vitalismo competitivo se impone, es una lucha tenaz y sobrecarga inmensa, no solo para el que logra ceñirse el laurel del triunfo, muchas veces presionado con esfuerzo casi sobre humano, cuyo costo más que metálico, podría ser físico e irreparable.
El autor describe con estilo incomparable el drama individual. “Supura una tormenta de sudor por los poros. Babea la saliva, los músculos exprime en busca de un impulso que arranque el temor, su inconfesable afán por llegar a la meta. Y siendo ya una llaga de obtusos movimientos, más alto que la llama olímpica pervive su coraje, su entrega a la maratoniana carrera por la que ha soñado tanto tiempo.”


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