El Caribe: Frontera infernal

Tirso Mejía-Ricart

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La llamada Cuenca del Gran Caribe o Mesoamérica es la región que incluye a México, Centroamérica, Colombia, Venezuela; las Antillas mayores y menores e islas aledañas es un verdadero mosaico, étnico cultural, económico y social, colonizado de diversas maneras por naciones de origen europeo, pero con componentes indígenas y africanos; sin faltar los de origen chino, indio y árabe, que Juan Bosch denominara “Frontera Imperial”.
Pero es un hecho que con la expansión extraordinaria que se produjo en la nación norteamericana en los ordenes territorial, económico y militar; a partir del siglo XIX al conjuro de consignas tales como “el destino manifiesto”, la “doctrina de Monroe” (América para los americanos) y la política del “Gran Garrote” (de Teddy Rossevelt), los Estados Unidos han venido aumentando su influencia en el resto del continente, pero más especialmente en el área del Caribe.
Esa influencia ha tenido sin duda algunos efectos positivos, como son los ejemplos que han brindado para el progreso económico, la autosuficiencia, las libertades públicas y el ordenamiento institucional, además de representar un mercado seguro para nuestros productos, y que ha facilitado las comunicaciones con otros países más lejanos.
Pero al mismo tiempo, los Estados Unidos se fue convirtiendo en el explotador por excelencia de nuestros productos naturales para su beneficio casi exclusivo. Fue con su respaldo apenas encubierto que casi en su totalidad la América Latina cayó bajo el yugo de caudillos complacientes de intereses de las plantaciones, la extracción minera, proyectos industriales y comercio oligopólico; a partir del término de la Segunda Guerra Mundial, en aplicación a la doctrina Truman, y la lucha contra el comunismo que justificó los muchos desmanes contra nuestros países.
Se instalaron regímenes dictatoriales que justificaron con acciones de contrasurgencia, particularmente en Cuba, que se corrompió rápidamente con la incursión temprana de los juegos de azar, el gansterismo, el narcotráfico y la corrupción administrativa mayúscula, que creó las condiciones para una revolución que se vinculó al socialismo marxista, entre otras cosas, para defenderse de las agresiones que provenían de los Estados Unidos.
Tras el relativo deshielo en la confrontación entre Este y Oeste que trajo la “política de convivencia pacífica” auspiciada por Jimmy Carter y Nikita Krushev, se produjo una cierta democratización en las regiones de América Latina y el Caribe, que permitió cambios políticos en la República Dominicana y Nicaragua en tanto se firmó el tratado Torrijos-Carter que le devolvió a Panamá la soberanía sobre el canal del mismo nombre. Ya bajo el gobierno de Reagan, la contrainsurgencia de origen norteamericano estuvo profundamente implicada en Guatemala, El Salvador y Nicaragua, tomando a Honduras como base de operaciones.
Lo demás ha sido el producto de dos fenómenos de inocultable importancia: uno de carácter geopolítico, que tuvo su origen en la apertura de Rusia y China Continental a la economía de mercado; y la creciente importación del petróleo del Medio Oriente, lo que ha permitido una paulatina multipolaridad del mundo actual; y el desarrollo creciente de la drogodependencia y el narcotráfico, particularmente activa en el Caribe, por ser el ámbito en que vinculan las mayores productores y los grandes consumidores de drogas ilegales…


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