El ciclo conservador

El reconocimiento de la administración Trump a la “victoria” del candidato Juan Orlando Hernández en Honduras refleja parámetros acomodaticios que, a su vez, fortalecen la anuencia hacia gobiernos de carácter conservador y punto de referencia para un reordenamiento de las fuerzas electorales que transformaron una parte importante de todo el continente.
Un nuevo ordenamiento, expresado en Argentina, Perú y Chile deslinda los campos de un innegable éxito de líderes que alcanzaron la primera magistratura desde el momento en que Hugo Chávez llegó al poder derrotando a un exponente de la partidocracia venezolana: Salas Romer. El año 1998 marca un ruta política capaz de colocar en la cresta de popularidad no solo al nuevo “mesías” venezolano sino que factores económicos, como altos precios del petróleo servirían de estimulo para financiar gobiernos cercanos al nunca comprendido, pero llamado socialismo del siglo 21.
Expresiones y afán de perpetuación en el poder, demostraron la naturaleza enfermiza de dirigentes que calcaron desde el Gobierno las malas prácticas imputables a dictadores, y le sedujeron para con tintes ideológicos, justificar los excesos que decían combatir. El sandinismo que luchó contra Somoza creó a un Daniel Ortega que orquestó un modelo de autoritarismo institucionalizado en capacidad de controlar la Justicia, Congreso, Tribunal Constitucional y Órgano Electoral. Evo Morales, en el terreno del ejercicio presidencial evoca el festín de excesos del poder militar que deformó la democracia y llenó de sangre las manos de políticos. No obstante, aunque pierde las provincias de mayor importancia, articula una red de interpretaciones jurídicas que habilitaron una “decisión” para continuar aspirando a la presidencia de su país. Nicolás Maduro, en la justa interpretación de su gestión motiva al pase de balance de que si ha sido beneficioso para sus ciudadanos la ruptura de los partidos Acción Democrática y COPEY que desde 1958 bajo la firma del Pacto de Punto Fijo le dieron un ritmo de pluralidad a la nación, después de la salida del dictador Pérez Jiménez.
Todas las victorias electorales de la izquierda con posterioridad a la instauración de Hugo Chávez se desvanecieron en una retórica redentora y tendencia a justificar sus ineficiencias culpando a las élites locales e intereses externos. Desde la óptica política, la excepción es Ecuador, que no termina de definir si la disparidad entre Lenin Moreno y Rafael Correa terminará sepultando el innegable éxito del proyecto Alianza País. Y distingo esa experiencia del resto porque ese proceso mantuvo las formalidades democráticas para que la victoria fuese competida, y es que los “otros”, como Maduro, Morales y Ortega retratan las caricaturas de un ejercicio de poder incapaz de cohabitar, aceptar el disenso y abrir las compuertas de la competencia a gente que piense diferente y requiera reglas de juego esenciales para despojarlos por la vía electoral.
Proyectar el fin de los gobiernos de izquierda no es inteligente. Casi siempre se olvida que en la medida que América Latina se mantenga como un continente desigual, existirán razones para preservar niveles de simpatías en segmentos poblacionales impactados por los ajustes y programas que profundizan la pobreza y marginalidad. Recordar que los análisis de Francis Fukuyama respecto de la inviabilidad de las propuestas revolucionarias post derrumbe del bloque soviético no fueron acertadas, demuestran que la academia y los cenáculos intelectuales, en ocasiones, desconocen la naturaleza de los pueblos. Por eso, el surgimiento de alternativas políticas de corte conservador y su indiscutido triunfo no liquida las propuestas electorales afines al espectro liberal sino que obliga a que se revisen procedimientos, criterios, normas y se estimulen liderazgos cónsonos con la nueva realidad.
Más allá del surgimiento de un nuevo ciclo de derecha, los ciudadanos anhelan igualdad, políticas incluyentes, mejor empleo, salarios justos, una seguridad social que funcione, mayor presupuesto al sistema de justicia, calles tranquilas y un liderazgo comprometido con el combate a la corrupción. No importa que sean liberales o no, en un continente desideologizado, los ciudadanos quieren soluciones precisas a problemas históricos que destruyeron mitos políticos y liderazgos que su paso por el poder los llenó de prácticas vergonzantes.
Ahora el péndulo se mueve para el lado conservador!