El “degradador” del PRD

Guido Gómez Mazara.
Guido Gómez Mazara.

Cuando las encuestas de mayor reputación establecen que el Partido Revolucionario Dominicano (PRD) desciende en las simpatías electorales a un 3% y el presidente de la organización es reputado como el político con mayor nivel de rechazo, con un 76% de cuestionamiento en la ciudadanía, los datos representan un cuadro trágico en un partido de singular significación en la vida democrática del país.
El descenso del partido blanco podrá encontrar diversas argumentaciones en los administradores de las siglas. Ahora bien, dicha impugnación también debe asociarse al nivel de toma de conciencia en el seno de la población que interpreta correctamente el declive, poca penetración y limitado impacto de las grandes instituciones partidarias porque dejaron de ser vehículos eficientes del reclamo cívico que, desde hace tiempo, reconoce conductas en las cúpulas de las organizaciones afanadas por agendas distantes del interés de la gente.
Con posterioridad al ajusticiamiento de mayo de 1961, ninguna acción de demanda social y reclamo institucional anduvo separada del pliego de banderas levantadas por el PRD. No obstante, los obstáculos electorales y reiterado interés de fuerzas políticas decididas a mantener el control del aparato estatal, el liderazgo fundamental del partido blanco se parecía a toda protesta justiciera en el marco de un clima de escaso respeto a los derechos de la oposición. Inclusive, en el contexto de los gobiernos perredeístas, tanto desde la gestión oficial como la trinchera partidaria existían exponentes de un verdadero deseo por mantener la raíz y visión histórica de un partido cercana al pueblo.
La dirigencia legendaria del PRD cometió errores terribles, pero ninguno de ellos introdujo como acción táctica la de degradarlo en la estima pública para conseguir objetivos inimaginables en el grupo de hombres y mujeres que en el año 1939, en La Habana, Cuba, idearon un proyecto político redentor. Ese concepto idílico, liberal, progresista e inspirado en el Partido Azul se hizo arena y sal, desde el instante en que el dinero sustituyó el sentido de la militancia permitiendo que un retrato perfecto de la degradación de la práctica partidaria asumiera el control institucional del partido blanco.
Cuando la incapacidad de someterse al escrutinio de los electores dejó al desnudo a Miguel Vargas Maldonado, ante la tragedia de presentarse como candidato, transitó el camino de un pacto que, en el orden práctico, era una manifestación de sobrevivencia personal que lo llevaría a la oficialización de un ingreso al tren oficial como acto de compensación, no sólo a su conducta aliancista en el 2016 sino a su comportamiento sedicioso en el 2012. Los pragmáticos podrían esgrimir que se “salió con la suya”. No obstante, la validación por decreto en un espacio de poder no ha podido ni podrá resolver su esencial debacle: la ira y repulsa que provocan sus inconductas en la sociedad.
Como todo lanzador malo, resulta fácil adivinarle sus lanzamientos. De ahí, su afanado interés en modificar estatutos, recibir la validación en una institución desacreditada hasta los tuétanos como la Internacional Socialista y conseguir vía una reforma partidaria un mecanismo que le permita sobrevivir al plazo de conclusión de su mandato en el PRD. Vargas Maldonado concluye su ejercicio al frente de la organización en marzo del 2018, y en el trayecto, partiendo de que al PLD le conviene su “presidencia”, intentará toda clase de diabluras. En el Tribunal Superior Electoral nos veremos!
La lección y punto de reflexión reside en la urgencia de que una funesta experiencia, como la padecida por los verdaderos perredeístas, sirva para desmantelar de una vez y para siempre, las modalidades que han hecho de la estadía de Vargas Maldonado en la administración de las siglas del PRD, la peor pesadilla en la vida institucional de un partido digno de mejor suerte.


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