El desafío de los detalles

El discurrir de la nación incluye lógicamente realizaciones importantes y abarcadoras con estrategias para objetivos de largo plazo. Pero en la marcha del día a día, la gente percibe y protesta cuando le perjudican situaciones menores pero cercanas a su existir a causa de la negligencia de funcionarios o simples servidores públicos. Defraudarla en múltiples lugares engrosa inevitablemente el expediente de críticas al Estado y sus organismos incluyendo a los ayuntamientos. La falta de pupitres en escuelas distantes; la carencia de agua por apatía de quienes suplen, la deshonra del agente que extorsiona a un ciudadano lejos de la vista de sus superiores, los persistentes problemas por unos kilómetros de camino vecinal intransitables pero imprescindibles para que agricultores pobres acarreen cosechas, son frutos amargos que obran para formarse criterio sobre el todo oficial.

Por sobre los rasgos positivos que muestre cualquier gestión, puede sobresalir la impresión de que los fallos operativos en muchos pequeños ámbitos hacen caer demasiado jabones a los sancochos del Poder. Ningún ejercicio supremo de mando puede eludir responsabilidades por desaciertos o abulias de los niveles inferiores de la administración del Estado. Si como dicen, “el diablo está en los detalles”, debe encontrarse la forma de que ese “Belcebú”, por más sumiso políticamente que se comporte, cumpla con el pueblo.

Entre sí y no con las deudas

Acogerse a los cálculos optimistas de las autoridades gubernamentales y financieras cuando se enfocan en el endeudamiento externo (impresionante por su apariencia de excesivo para el resto de los mortales) podría ser suficiente para dormir tranquilo, lejos aparentemente del fantasma de una crisis. Pero dos más dos siempre han de ser cuatro y cuando ya tienen que recurrirse a préstamos para pagar intereses y capitales acumulados en dos cuatrienios, cuesta trabajo creer que todavía se está lejos de una adversidad.

Ciertamente: el país no podría prescindir del financiamiento pero el auge del crecimiento, en el que tanto se basa el oficialismo para justificarse como deudor incontenible, no lo exime por su falta de compromiso con la disciplina fiscal y la moderación en el gasto.