El dictador Trujillo visto por uno de sus camarógrafos “El camarógrafo de Trujillo”, libro que escribió el reconocido editor, impresor, empresario fílmico, pintor y productor de televisión Vinicio Hernández, es más que un extenso relato de flashes, imágenes, gestos, acción: es la historia inédita de un largo periodo de la tiranía, desde 1955, cuando le tocó capturar al generalísimo en la inauguración de la parroquia Santo Cura de Ars, hasta 1961 que cubrió todo lo relacionado con las exequias del “ilustre Jefe”.

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El nerviosismo y el terror que imponía el ambiente de La Voz Dominicana, donde comenzó a trabajar desde que culminó sus estudios en una academia de Nueva York, no le impidieron conocer interioridades del régimen, del tirano, su familia, sus funcionarios y opositores que aparecen contados por primera vez en este ejemplar de fácil y rápida lectura por los escalofriantes testimonios y por el estilo sencillo del autor, depurado en las crónicas de su popular revista “Tele-3” que circuló por más de 30 años.
“Cuídate de los conocidos y también de los desconocidos, ambos pueden darte sorpresas y romperte el alma”, fue el consejo de su madre que recordó al iniciarse en la peligrosa misión de ser el camarógrafo del ser más complicado, amenazador y exigente.
Vio a Petán Trujillo irse a los puños con su sobrino Radhamés en el palacio radiotelevisor porque el muchacho invitó a unas bailarinas a un espacio más íntimo… Vivió el boche que Trujillo le dio en Moca al fotógrafo Willi Johanny Strase porque le hizo una foto con flash, y escuchó la respuesta del alemán cuando Petán le ordenó no tirar más fotos, dándole un empujón. “¡No me empuje, hijo de la gran puta!”
Supo de la causa del llanto de un teniente que le confesó, después de un largo recorrido con Trujillo por el Sur, que no soportaba al Jefe: un comandante de Santiago le obligó eliminar al borde de un hoyo del cementerio a un contrario. No podía sacar de su mente “aquel ruido horrendo que produjo la caída del cuerpo sin vida”. Narra otros crímenes.
Inmortalizó lugares, situaciones, gente común e influyente. Era el joven camarógrafo que sobresalía por su creatividad y sus iniciativas.
Excepto detalles conocidos de la ruptura entre el régimen y la Iglesia católica después de la Carta Pastoral de los obispos, lo que narra Vinicio Hernández es primicia. De esa desavenencia es cautivante cómo pudo atrapar y conservar en su memoria el ensañamiento de Trujillo con Thomas O’Really y Francisco Panal, “quienes más vejaciones tuvieron que sufrir”. Son asombrosos sus recuerdos de la visita de Trujillo a la catedral de La Vega a desagraviar las agresiones contra los dignatarios eclesiásticos.
“Imposible describir la expresión de sorpresa, combinada con miedo e incertidumbre, que se reflejaba en el rostro de los presentes. Parecía que toda esa gente se estaba preguntando qué hacer y que estaría por suceder”, anota al recrear el momento en que Panal pidió al “Jefe” que se arrodillara y este “no parecía darse por aludido”.
Panal pidió vivas para el Romano Pontífice, la curia y el pueblo católico y nada para el sátrapa. Pero cuando concluyó la liturgia “una especie de turba de merengue y ron” arrancó con un perico ripiao gritando “¡Viva Trujillo!” y una persona mayor comentó a Vinicio: “El mundo se está acabando”.
En pocos segundos “no se veía un alma en la calle y las casas y los negocios cerraron “a cal y canto”.
Pese a los cientos de nombres que cita, Trujillo es la figura central en el libro. Hernández fue testigo de sus opiniones sobre Haití y los haitianos, los norteamericanos, los sacerdotes y muchos de sus colaboradores que humilló en público. Se enteró de atentados, como el envenenamiento que supuestamente le provocarían en Bonao por lo que un agente del SIM introdujo sus manos en el moro de guandules, “como si buscara un objeto sospechoso” y don Cucho Álvarez debió tomarse la champaña servida al tirano.
“Cucho, tómatela tú”, le dijo. Vinicio acota: “A mí me pareció que don Cucho estaba sudando copiosamente, pensé que quizá se debía a la falta de aire acondicionado pero un periodista me aseguró que se trataba del champán que bajaba por su cuello”.
En ese pueblo reveló Trujillo que una noche había ahorcado a un haitiano al que arrojó al río. “Mi temperatura estaba a 40 grados, pero cumplí con mi deber”, exclamó.
Al concluir la pieza manifestó: “Yo le había dado suficiente tiempo al Presidente de Haití para que me sacara a todos sus compatriotas y no me hizo caso. Hablé con Isabel Mayer, que tenía buenas relaciones con él y le ordené que le dijera que si en 24 horas no actuaba, lo iba a hacer yo. Isabel cumplió su misión pero el Presidente de Haití siguió ignorando el mandato. Entonces yo actué: no quedó un haitiano vivo”.
Gregorio García Castro tomaba notas de esta revelación y Trujillo le indicó: “Periodista, no escriba. Eso ya está escrito”.
En un encuentro con militares en el Palacio Nacional el mandatario se dirigió al embajador norteamericano: “Oye, acabamos de agarrar una lanchita con la bandera de los Estados Unidos. Eran unos comunistas que pretendían entrar a territorio dominicano, pero ahora están presos”.
Narra Vinicio que Félix Benítez Rexach intentó bajar la tensión y Trujillo reaccionó: “Tú, cállate la boca. Puerto Rico es una colonia y tú eres de allí. Ustedes los puertorriqueños no pueden hablar de lo que yo estoy hablando. Cuando sean libres, entonces podrán hacerlo”.
El arte de la apariencia física. La afición de Trujillo por ver películas sobre Hitler, Franco o Mussolini, la ridiculizada en Santiago a miembros y directivos del Centro de Recreo están también reflejados en el libro, que, evidentemente describe al Trujillo que le fue tan familiar a Hernández.
“Su presencia era imponente y hasta elegante, lo cual incidía en el pueblo que, en la misma medida en que aquella figura exhibiera su omnipotencia, seguiría siendo fiel, obediente y servil… Trujillo aprendió a cultivar el arte de la apariencia…”.
Agrega que le aplicaban un acentuado maquillaje “consistente en una densa capa de pancake que le hacía lucir el rostro “como una manzana… Se decía que usaba tacones interiores en sus zapatos, lo que le hacía ganar una pulgada más de altura”.
“Existía una alfombra roja de más de una pulgada de espesor que trasladaban a los sitios adonde él iba, por lo cual hacía sus entradas triunfales a paso sereno pero muy seguro, sobresaliendo por sobre los demás”.
Cuando Vinicio relata la bailada de tango que el dictador escenificó en Monte Cristi, formula las preguntas repetidas en “El camarógrafo de Trujillo”: “¿Dónde estarán esos celuloides y todos los demás que filmé? ¿Quién los tendrá?”