El elitismo progre

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Uno de los lamentos más frecuentes en la diversidad de sectores que de alguna manera participan o se interesan en la política dominicana, es el de la falta de unidad de quienes se reclaman luchadores por un cambio político enclave progresista. Es sorprendente que, a pesar de lo reiterado, profundo y expandido de ese lamento en todos los sectores de nuestra sociedad, los auto denominados progres, ensimismados en su verdad, no dan la más mínima muestra de escuchar ese clamor. También entre ellos rumian reiteradamente la palabra unidad, pero esta sólo la conciben si se hace en torno sus posiciones u opciones, alrededor de su grupo, dividiendo en campo entre ellos y nosotros, entre puros e impuros.
Con frecuencia, en momentos en que una sociedad surge un movimiento con las características de la Marcha Verde se escucha con más fuerza el reclamo de unidad, porque este tipo de movimiento remueve y potencia en la gente la esperanza por un cambio de rumbo en la conducción del país. En nuestro caso, a pesar de la oportunidad que brinda el surgimiento de la Marcha Verde para producir ese cambio, lo que observamos es la acentuación del espíritu grupal en muchos sectores organizados o no formalmente en colectivos políticos que se atribuyen el monopolio de la verdad y de la pureza. Muchos de quienes participan del Movimiento Verde y que se constituyen en colectivos políticos o simplemente como grupos o peñas para incidir políticamente en ese movimiento, proceden de las capas medias.
En las esferas de la política y de las diversas expresiones del arte de las que generalmente participan los sectores medios, estos casi siempre se piensan como los únicos que piensan, como poseedores de la verdad, árbitro en la tierra del bien y del mal, dueños absolutos del sentido de lo ético y de la pureza. Quizás por esa autopercepción de iluminados es que en ese sector social donde mejor crece la mala hierba del sectarismo que provoca el surgimiento de tantos grupos de irredentos con ínfulas de redentores. Como sociedad no somos la excepción, sólo que aquí esos grupos crecen como verdolaga y parecen ser los menos propensos al entendimiento entre ellos y con otros sectores en momentos cruciales de definición política. A veces pienso que en lo único que somos sistemáticos y coherentes es en la repetición de los errores.
Es recurrente la queja sobre nuestra incapacidad para llegar a acuerdos, pero muchos de quienes manifiestan esa queja también son incapaces de ponerse mínimamente de acuerdo con la mayoría de quienes en un partido, grupo, familia o peña tienen una posición diferente a la de ellos sobre no importa qué cosa. Carecemos de inteligencia efectiva: capacidad de reconocer que a parte de nosotros existen otros, a los cuales no tenemos derecho a medirlos con el rasero de nuestra pretendida pureza porque, además, si lo hiciéramos rigurosamente en nuestras filas no muchos pasarían la prueba.
En el mundo en nombre de la pureza se han cometido los más abominables crímenes. Aquí, en la esfera política, en nombre de la pureza los progres nos mantenemos en la infecundidad del elitismo. En el error perpetuo.


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