¿El Estado dominicano protege el “inviolable” derecho de las mujeres a la vida?

La Constitución de la República Dominicana establece como función esencial del Estado la protección efectiva de los derechos de la persona, el respeto de su dignidad y la obtención de los medios que le permitan perfeccionarse de forma igualitaria, equitativa y progresiva. Entre los fundamentales, en primer lugar, está el “inviolable” derecho a la vida. Sin embargo, en el país ya suman 103 las mujeres víctimas mortales de la violencia de género, este año.

Psicólogos, psiquiatras, trabajadores sociales y activistas de los derechos de las mujeres coinciden en señalar que para corregir la violencia de género hace falta que las autoridades asuman una posición real y que el Estado vea el problema como tal, como un mal social.

Héctor Romero, quien fue parte del equipo que trabajó en el primer programa de “Desmonte de la masculinidad agresora”, llevado a cabo en la Fiscalía de la Provincia Santo Domingo, señala que después de asumir la violencia de género como un problema social, el Estado debe empezar a crear espacios y destinar fondos.

“Porque precisamente en las fiscalías no hay fondos para trabajar esta problemática desde los agresores. Hace un tiempo se está trabajando desde las víctimas, cuando ya el problema está ahí y nosotros lo que estamos planteando es que se trabaje la prevención”, indica Romero.

Además, advierte que se deben crear espacios para hablar del problema no solo en las fiscalías y en las instituciones públicas a nivel nacional, no solo desde el Estado, sino también en las juntas de vecinos, clubes, iglesias, escuelas, sindicatos y organizaciones no gubernamentales en general.

La presidenta del Patronato de Apoyo a Casos de Mujeres Maltratadas (PACAM), Soraya Lara de Mármol, afirma que el compromiso del Estado es fundamental para cambiar la historia de la violencia de género en el país. “Los distintos ministerios deben incluir políticas de género, destinar fondos para desarrollar programas de prevención y atención y, sobre todo, que la violencia  no quede impune”, destaca Lara de Mármol.

Todos esos son aspectos que casi siempre abordan los especialistas cuando se habla de violencia de género, un problema social que tiene al país en vilo con 98 casos de feminicidios en los primeros seis meses de este año.

A pesar de la gravedad de la situación, iniciativas como la aplicación del modelo de desmonte de la masculinidad agresora solo se implementan una vez y, a título personal, los profesionales que trabajan el tema, dan seguimiento a algunos casos.

“Pero no ha habido acción desde el Estado a partir de ese primer esfuerzo, cuando trabajamos con hombres que ya habían sido llevados a la justicia por violencia de género. En ese momento se quedó, porque el Estado no lo ha visto como un problema de carácter social que hay que enfrentar”, lamenta Héctor Romero en conversación con HOY.

Y una muestra de esa realidad es que la ministra de la Mujer, Alejandrina Germán, declaró recientemente  que los responsables de las instituciones públicas, llamadas a participar en el diseño de las políticas a favor de las mujeres, no responden a las convocatorias para esos fines. “Tenemos una sociedad machista y patriarcal, por eso desde las instancias más altas del Gobierno no hay actuación hacía abajo”, denuncia Romero.

Una iniciativa. “Estamos planteando un modelo elaborado por el doctor Ángel Pichardo que aborda el problema de la masculinidad agresora desde la visión de género, partiendo de que la violencia es culturalmente aprendida. Los hombres aprenden ciertos códigos que la misma sociedad les ha ido estableciendo desde pequeños”, sostiene Romero

Como ejemplo, explica que, desde niños, a los hombres se les enseña a controlar, porque regularmente cuando tienen hermanitas o primitas -aunque ellos sean menores- se les dice “usted es el jefe de la casa” y con esto de alguna manera se les quita autoridad a las niñas, dándosela a los niños sobre ellas “y desde pequeños empiezan a ver a la niña como un objeto al que ellos deben proteger y al mismo tiempo controlar y dominar”.

De ahí que el  modelo de desmonte de la masculinidad agresora tenga el enfoque de que el problema de la violencia de género es construido históricamente y por tanto se puede desconstruir.

¿Cómo comienza esa desconstrucción? Primero por la prevención, que implica que el Estado asuma políticas dirigidas a promover otro tipo de relacionamiento y que se creen los mecanismos necesarios. Por ejemplo, no permitir que los niños tengan acceso a tantos juegos  violentos y prohibir que los anuncios y la televisión promuevan a la mujer como un objeto. “No es necesario que para anunciar cualquier cosa, un chicle, un carro o una bebida, tenga que haber una mujer semidesnuda. El Estado debe asumir el compromiso de ir controlando eso”, dice Romero.

Los potencializadores sexuales. Romero advierte que en la publicidad de los llamados potencializadores sexuales “hay un código que manda que el hombre tiene que ser viril y los jóvenes usan esos productos con la visión de que tienen que darle una pela a la mujer, entonces eso es violencia, es el ejercicio de una sexualidad violenta lo que estamos viviendo hoy día”.

El desmonte de la masculinidad agresora. Comienza determinando el perfil del hombre como agresor y cuándo aprendió a ser agresor. Además, lograr que reconozca la violencia.

“Buscamos alternativas a esos hechos que pudieron haber tenido otro final, otra salida: a la pela o el maltrato, cuando le habló mal a su esposa, quiso controlarla, la agredió físicamente o toda la historia de que ha venido abusando psicológicamente de ella a través del descrédito, las comparaciones o los insultos”, detalla Romero.

Después, en una segunda fase, el individuo se reconoce como violento, pero empieza a justificar: “no yo le di a ella porque yo estaba tomado, porque llegué incómodo del trabajo”; o los mecanismos de desresponsabilización con los que empieza a culparla: “Ella me provocó”.

A partir de ahí los especialistas pueden desconstruir todo ese mecanismo y el hombre acepta que son justificaciones “para asumir una actitud violenta frente a ese ser humano que él entiende es más débil”.

En una última fase viene el compromiso con el cambio y el hombre puede cambiar. “Si un padre agresor entra a trabajar su violencia, él sirve de multiplicador en el círculo en que se desenvuelve, los amigos y familiares”.

Los niños y las emociones. “Los hombres no lloran” es una de las expresiones que se les dice a los niños y eso los desconecta de las emociones. Llegan a no saber decir “estoy mal, estoy bien” y eso impacta en la violencia, porque no saben decir lo que sienten.


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