El genio Dalí y el maestro Granell

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La exposición cimera del momento es “Andanzas surrealistas” en el Museo Bellapart, verdadero acontecimiento prenavideño, nacional e internacional, organizado en el contexto de las Semanas de España 2017.
Suma obras gráficas de Salvador Dalí, “Las cenas de Gala” y “Los sueños caprichosos de Pantagruel”, y “Fabulaciones” de Eugenio Fernández Granell, un conjunto de pinturas y dibujos en distintas técnicas. La iconografía daliniana es un aporte de la Embajada de España y la Agencia Española de Cooperación Internacional, mientras los tesoros de Granell provienen exclusivamente del fondo del Museo Bellapart.
Una vez más, nos asombramos acerca de la calidad y el acierto de una gran colección, personal –gracias a Juan José Bellapart– e institucional –difundida por su Museo–. Así mismo, pues los elogios nunca sobran, nuevamente la museografía de Myrna Guerrero –directora, crítica y curadora–, corresponde con sobriedad y estilo, al nivel de la exposición y la secunda. Y ello, desde la entrada mediante textos y fotos, “establece una conversación entre Salvador Dalí y Eugenio Fernández Granell, figuras prominentes del surrealismo” (Myrna Guerrero)…
Gráfica de Salvador Dalí. Las precedentes Semanas de España habían traído ya estampas de Salvador Dalí, ilustrando Dante Alighieri y Calderón de la Barca, exaltando la transferencia poética del surrealista por excelencia.
Ahora, con “Las cenas de Gala” y “Los sueños caprichosos de Pantagruel”, la visión surrealista –distinta–, es enorme de humor, de fantasmagoría, de fealdad, de erotismo, de monstruosidad, que provoca fascinación y/o repulsa. Sin embargo, aunque empecemos a mirar golosamente las obras, una por una, no dejan de convertirse en series alucinatorias que repiten, con virtuosidad, imágenes aberrantes e hiperbólicas…
“Las cenas de Gala” que inician la muestra, primero impresionan por experimentar técnicamente en la reproducción, introduciendo la tercera dimensión y el fotomontaje.
Sabemos que la avidez de Dalí en su modo de expresión era insaciable, y que le apasionaban los efectos especiales. Luego, su temática –langosta y langostinos frecuentan la obra daliniana– ilustraba un delirante interés culinario, manifestado muy temprano. ¡Aquí, colaboró la cocina del famoso Maxim’s! La gastronomía está presente hasta en el juego de palabras del título, junto al amor por su “Gala tan amada”, expresado en famosas Elegías… En fin, esta secuencia –la que preferimos– impacta por su pluralidad.
“Los sueños caprichosos de Pantagruel” hubieran encantado al autor de los libros que inspiraron esta serie inefable: François Rabelais fue un clérigo, médico y escritor, de crítico y atrevido a humorístico y libidinoso en el siglo XVI. Los grabados, de elementos proliferantes, multiplican visualmente las aventuras de sus héroes, Pantagruel y Gargantúa, bonachones gigantes y ogros, que legaron al francés sus nombres como sinónimos de glotonería descomunal. Golpea la mirada este Dalí, casi inaguantable, tanto en sus obsesiones como en un detallismo prolijo que a la vez cambia y se repite compulsivamente.
Eugenio Fernández Granell. Ahora bien, la muestra que deslumbró a todos resultó ser las “Fabulaciones”, conjunto de pinturas al óleo y de dibujos, alternando gouache, acuarela y tinta, si bien conocíamos a ese artista español “allegado”, que vino a Santo Domingo como músico. Pronto manifestó además de oído absoluto, un talento absoluto en la línea y la pincelada, la poesía y la palabra: él se revela aquí en todo su esplendor, en su amable y apasionada espontaneidad.
La fascinación nuestra abarca diseño, color, inventiva. Finalmente, aquella introspección risueña y/o dramática que, en sus mundos de personajes, ambientes o formas indefinibles, metamorfosea el mundo, siempre lo hace cautivador, accesible y atrayente, a diferencia de otros surrealistas –empezando por Dalí mismo–.
Ahora bien, Fernández Granell –a menudo Granell sencillamente le llamamos– no cedió en su compromiso ideológico: él rechazó firmar una declaración laudatoria a Trujillo, que le obligó a salir del país en 1946, aprovechando su creación inagotable a otras Américas, antes del retorno a Madrid. La serie expuesta fue realizada en Puerto Rico.
En 1981, Santiago Arbós Ballesté sitúa perfectamente al artista gallego tan apreciado por André Breton. Citamos: “Lo primero que llama la atención de la pintura de Granell es su originalidad. No se parece a nada, no tiene parentesco con nadie. Carece de antecedentes y referencias. No hay manera de saber de dónde viene”.
El ensayista continúa elogiando los avances, en la forma estructural, la solidez corpórea, la expresión figurativa, calificando esta originalidad como “insólita”. Ciertamente, apenas encontramos un guiñar de ojo a Dalí, Miro o Yves Tanguy.
Era surrealista, sí, pero no de modo sistemático e irrefrenable, y esta combinación natural de estilos en una misma obra abre las puertas al encanto. Hay algunas puramente surrealistas, pero tan exquisitamente construidas que se distancian de un onirismo automático. Encontramos también la riqueza de colores, pese a que a Granell le gustaba particularmente el verde –lo leímos en un elogio que hizo a la poeta Aida Cartagena Portalatín–.
Aunque el genio es Salvador Dalí, que proclamó su genialidad casi desde la niñez, diríamos que la maestría de Eugenio Fernández Granell alcanza un caudal cualitativo sublime, un potencial de seducción incomparable: es la ‘poesía sorprendida’ –fue uno de sus fundadores–, pero visual entonces…
Tal vez nos consuela que Granell haya emigrado a otros lares, a Nueva York en particular, porque así conquistó una fama que, de él haber permanecido en Santo Domingo, probablemente no le hubiera llegado.
Las palabras finalmente son muy pobres para expresar la excelencia de la exposición. ¡Muy buena visita al Museo Bellapart!

 


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