El impase venezolano

La esencia de la crisis venezolana radica en la extrema situación de desabastecimiento de productos básicos, la inseguridad ciudadana, la falta claridad del Gobierno sobre el modelo económico y de la institucionalidad que quiere. Las manifestaciones actualmente en curso son la expresión política de esa crisis, siendo los sectores sociales claves de la oposición los más sensibles a esos problemas y también, a manera, los sectores populares. Por eso la tendencia hacia la generalización del descontento.

Un sector de la oposición no entiende que el Gobierno todavía tiene el apoyo de la mayoría del país y que esa mayoría, más la mayoría de la misma oposición, rechazan la violencia no importa de dónde venga y además, según encuestas serias, apoyan una salida a la crisis en el marco de los procesos electorales, no a través del derrocamiento del régimen, como lo pretende el sector más radicalizado de la oposición interna y externa.

Pero por otro lado, el Gobierno ni quienes desde dentro y fuera lo apoyan, parecen entender que el descontento no está presente sólo en las clases alta y media. Estas lograron cerca de un 50% de los votos en las últimas elecciones, pero estos sectores no constituyen ese porcentaje en la estructura de clases de Venezuela, parte importante de esa cantidad de votos fueron emitidos por sectores populares que sienten los graves problemas de desabastecimiento y la incapacidad del régimen para combatir la inseguridad y la corrupción.

El chavismo logró incorporar a grandes masas de pobres al consumo de bienes y servicios fundamentales, a los cuales un sector de la oposición les negó siempre. Pero, en toda sociedad cuando vastos sectores ancestralmente excluidos se incorporan al consumo de cuestiones básicas, su abanico de necesidades y demandas se expanden y si no son satisfechas el descontento se hace presente en esos sectores. Eso, en cierta medida, es lo que ha sucedido en Brasil y podría estar sucediendo en Ecuador.

Es lo que sucedió en las experiencias socialistas fallidas, porque sus economías fueron incapaces de producir bienes elementales: papel, pasta de diente, jabones, toallas higiénicas para mujeres ni productos básicos de la alimentación diaria, el resultado fue la generalización de la corrupción para obtener esos productos y el cansancio de la sociedad.

Los gobiernos de orientación de izquierda en esta región, ni la izquierda en su generalidad, ha sido capaces de plantearse un modelo económico que siendo incluyente, sea eficiente y eficaz. La tentación al estatismo centralizador de la economía, de la que no ha escapado el chavismo, ha impedido plantearse una firme alianza con los sectores productivos medianos y hasta grandes que permita una oferta de bienes y servicios que el Estado es incapaz de producir.

Esa incapacidad y los excesos de poder y el déficit de institucionalidad, en esencia, constituyen el caldo de cultivo de las protestas; buscar las razones de éstas sólo las “siniestras manos de conspiradores” nacionales y extranjeros constituye un desatino. Sólo la capacidad de corregir esos errores y el diálogo con el sector de la oposición interesado en cambiar para bien el destino de Venezuela podrá sacarla del impase y evitar una tragedia que a veces parece ineluctable.

 


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