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    Categorías: Opiniones

El imperio de la percepción

Afanados por la forma, el fondo pasó a jugar un rol secundario. Por eso, políticos, artistas, académicos y deportistas cayeron en una lógica de arrodillarse a una dinámica que prioriza lo aparente que, reforzado por un tinglado mediático, nos hace triviales, insustanciales y amantes del nuevo imperio: la percepción.
El nivel de penetración de los medios de comunicación profundiza ese afán por parecer, sin necesariamente ser. Así estamos todos, pendientes de lo que se reproduce por vía del ejército de propaladores instalados en las redes, radio, televisión y prensa escrita. Inclusive, una de las múltiples formas de abordar la escasa calidad de la información y el déficit argumental de los hacedores de opinión pública obedece al proceso de democratización de éstos, que atiborran al ciudadano de un régimen de retorcimientos y deformaciones sin ningún tipo de objetividad, pero caldo de cultivo por excelencia para elevar a la categoría de “famosos” a un variopinto de pelafustanes y chantajistas, creídos de que su acceso al medio les da capacidad para dañar.
El deseo de ser bien percibido termina liquidando carreras porque en el marco de lo coyuntural, mal entiende que es el método por excelencia de alcanzar la meta. No existe posibilidad de eternizar en la conciencia de la ciudadanía una idea sin poseer la consistencia y calidad en el tiempo. Por eso, los derrumbes y finales trágicos de exponentes del éxito a fuerza de la percepción. De ahí, la importancia de los mecanismos alternativos de información que permiten acceder a fuentes diversas, sin ataduras al imperio de verdades edificadas alrededor de intereses y agendas financiera y políticas.
Desde el posicionamiento del hombre fuerte y necesario en 1930, articulado desde el órgano informativo La Revista, por un hombre de las luces de Rafael Vidal Torres, hasta la frase de “la revolución sin sangre” que sirvió de slogan seductor para los resultados electorales de 1966, el país esperó años para que todo el vendaval de lo que se percibía terminara en sangre y espanto. Innegablemente, la sociedad nuestra no está ajena al penetrante mundo de lo mediático, y salvo excepciones, los valores esenciales se siguen construyendo alrededor de medias verdades e intereses que en el orden práctico están muy divorciados de la realidad.
La percepción al igual que la mentira tiene piernas cortas. Puede extenderse en el tiempo, y al final, emerge lo cierto. Ahora que estructuras investigativas andan desmontando acumulaciones indecentes de políticos en paraísos fiscales, actores de fama mundial destapan hábitos privados que irrespetan opciones sexuales, deportistas con contratos exagerados crean mecanismos para evadir el fisco y sobornos indecentes destruyen carreras presidenciales, se torna valiosísimo volver por los senderos de la verdad y sinceridad, debido a que la noción de maquillar, aparentar y simular para el engaño está en bancarrota.
Los dominicanos somos testigos del imperio de la percepción. De paso, la inversión de 9 mil millones de dinero del presupuesto nacional en publicidad indica el interés de los gobiernos en cooptar la opinión pública. Ahora bien, la ira e indignación crece en la medida que existen distancias entre el mensaje oficial articulado desde las instancias pro y para oficiales y la realidad de la gente.
El modelo democrático nuestro ha sido conducido por los ritos de la percepción. Y eso es muy riesgoso. Además, en la medida que los indicadores internacionales sigan desmontando la concepción de progreso y avance institucional estaremos ante el dilema del país real y el de la ilusión mediática.

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