EL IMPREDECIBLE LUIS CRUZ AZACETA

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Hay grandes artistas cuya obra seduce inmediatamente, hay otros cuya obra provoca el rechazo. Sin embargo, esos últimos, inolvidables, con temas y tratamiento perturbadores, terminan por causar una irresistible atracción y generar tanto la reflexión como el cuestionamiento. Es el caso de Luis Cruz Azaceta.
Gracias a Lyle O’Reitzel –que lo expone por tercera o cuarta vez–, tenemos la oportunidad de ver pinturas muy recientes de ese maestro –probablemente el título no le agrade, pero le corresponde-.
Dueño de una carrera internacional intensa y extensa, él eligió una vía difícil de ansiedades, compromisos y tensiones, vertidos en cuadros inconfundibles.
Luis Cruz Azaceta afirma que “cualquier valoración de mi trabajo debe pasar por mi historia y mi experiencia”. A pesar de su fama, es una historia dolorosa: salió de Cuba a los 18 años, muy probablemente por y con sus padres, luego adoptó el exilio como forma de vida a la vez obligada, exitosa y con Cuba siempre en el “retro-pensamiento”.
No solamente la autobiografía sella la pintura de Cruz Azaceta, sino que el autorretrato es su tema mayor y el mejor conocido, con una auto-representación plural y en particular la del balsero en el mar, frágil y vulnerable.
Él no “se” pinta como el individuo que arriba a la tierra prometida, sino como una criatura a la deriva, hambrienta, amarrada, acosada… ¡Quien ha logrado bien vivir por su combate interior, su talento especial, su trabajo obsesivo, ha expresado la supervivencia en condiciones extremas!
Por cierto, varios especialistas, entre ellos Janet Tatet e Iván de la Nuez, han hecho un estudio amplio y profundo de la plástica de Luis Cruz Azaceta a través del tiempo –más de medio siglo- en escritos, entrevistas y presentaciones.
La exposición. Nos limitaremos a la producción pictórica más reciente, que tenemos la dicha de contemplar en esta muestra, cuyo título, algo sibilino, “A Question of Color” encabeza un contenido, mucho más complejo… “Un asunto de color”, sí, pero solamente en primer grado, y con varios ingredientes más.
Siempre recordamos que Pietr Mondrian decía que “Inconscientemente, todo artista verdadero ha sido emocionado por la belleza de las líneas y de los colores, por sus relaciones mutuas, más que por lo que representan”.
Hoy, Luis Cruz Azaceta, que siempre sorprende a sus seguidores, abandona la representación y diseña líneas, cintas, colores, signos, borrones…
Él se apasiona por las formas geométricas y la abstracción, una geometría sensible fundamentada en el color, yuxtaponiendo tiras multicolores horizontales, verticales, oblicuas, paralelas, transversales, que sugieren planos sucesivos en equilibrio, algo inestable.
Una nueva inspiración motiva y mueve tanto a Cruz Azaceta como a sus espectadores: la mirada se traslada por la superficie y los colores, francos y luminosos. Él propone una construcción, discurso plástico y rectilíneo en una superficie desligada de la figura identificable y del otrora laberinto, pero siempre dinámica por su ritmo.
Interviene el hechizo del color, que da su nombre a esta exposición “A Question of Color”. Hay intensidad, contraste, luminosidad.
Podríamos decir que la paleta canta, a veces altisonante como en las obras 808 y 303. No llevan título, sino un número misterioso, que tal vez corresponde a un orden de producción, ¡personalmente no lo sabemos! Ese canto del color no tenía tanta frecuencia y vivacidad en anteriores expresiones pictóricas de Luis Cruz Azaceta.
Ahora bien, muy pronto, se quiebra la regularidad: el artista rechaza una expresión mecánica. No hay lugar para el sistema y la reiteración: cada cuadro tiene su propia organización, lo que no es una práctica habitual en un contexto geométrico riguroso –óptico o cinético–.
Intervienen tanto cambios cromáticos como una sucesión de diminutos cuadriláteros que introducen la ilusión de profundidad (Entrance Rose). Esta sugerencia de volumen y casi ilusión arquitectónica no interrumpe la coherencia y armonía del conjunto cromático.
Ruptura de la geometría. Si el contexto espacial domina en la actual producción pictórica de Cruz Azaceta, de repente la formulación geométricas invadida por un desorden voluntario, que rompe la estabilidad, el colorido, el ritmo, ¡como si irrumpiera un auto vandalismo!
…Dentro del cuadro, aprehendemos una nueva expresión creativa, una expresión de ruptura, como una manifestación de ira y enojo por haber cedido ante la belleza y el equilibrio, ¡ y/o porque nosotros lo creíamos! Luis obviamente quiere evitar una nueva rutina –más placentera–. El tormento reaparece, con distintas formulaciones de garabato, pero estos no son el borrador de un futuro diseño, sino un modo de reflexionar sobre su propio arte, sobre su facultad creativa y recreativa discrecional… Cuando nos referimos a la recreación, no es en un sentido lúdico, sino a la reinvención de sus herramientas plásticas.
Tampoco vemos estas alteraciones –lo son–, como una manifestación inconsciente o subconsciente, llevada por su mente y su mano. Creemos que estos garabatos, esa efusión de líneas y grafismos, ese increíble caudal de elementos –a veces incalificables–, son una manera de ponerse a prueba, y de indagar soluciones plásticas futuras… aunque parezca paradójico. Aquí, lo destructivo y lo constructivo se funden.
Indudablemente, Luis Cruz Azaceta introduce un lenguaje… o metalenguaje como lo prefieren calificar los puristas de las artes visuales.
Tal vez, él aborda así los problemas de su propia creación y de la creación contemporánea en general… Pero lo reiteramos, no se trata de una escritura automática, sino concentrada y voluntaria, en la cual no falta un elemento del humor, de “comic” secreto con una burbuja vacía… intención de desconcertar a los lectores de su obra…
¿Será una provocación? La respuesta variará según quien mire estas pinturas. Tampoco descartamos que haya un propósito conceptual, vinculado a la actual realidad cubana que lo preocupa. Y más aun al caos, la opresión, la violencia, que azotan casi planetariamente
Tal vez el mensaje de Luis Cruz Azaceta sea que el mundo es un garabato.


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