El indulto del Samurai

Ubi Rivas.

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El indulto que concedió la Nochebuena reciente el presidente del Perú, Pedro Pablo Kuczynski al presidente Alberto Fujimori (1990-2000), 79 años, condenado a 25 años de cárcel por violación a los derechos humanos y corrupción, alegando motivos humanitarios por su deteriorada salud, abre un paréntesis, y un antes y un después en la política peruana.
Al expresidente Alberto Fujimori los dominicanos lo tenemos grabado en la memoria con un chip, cuando salpicado por las olas del mar Caribe en la Aautopista de las Américas, partía del país luego de procurar la fórmula mágica de la reelección con su homólogo Joaquín Balaguer.
Condenado a 25 años de prisión, de los que ha cumplido 12, Fujimori padece de graves problemas de salud, fibrilación auricular paroxística, hipertensión, insuficiencia mitral, operado seis veces de cáncer de lengua, demasiado para cualquier edad, mucho más la suya.
Fujimori fue condenado por la desaparición de cinco mil peruanos, acusado por sus familiares a las Naciones Unidas, una acusación calificada de crímenes de lesa humanidad; anuló el Congreso para gobernar por decreto, y el número 899 persiguió “el pandillerismo pernicioso” con el objetivo de reprimir la delincuencia y la violencia callejera.
El capitán del Ejército Vladimiro Montesinos fue su jefe de seguridad, igualmente acusado de crímenes de lesa humanidad, pero entre los dos eliminaron la banda terrorista Sendero Luminoso y apresaron a su líder Abimael Guzmán.
“La Justicia no es una venganza”, proclamó el presidente Kuczynski, como justificativo de indultar a Fujimori, en el filo de la navaja del fujimorismo que lidera Keiko, hija del exdictador, que se opuso a la libertad de su padre porque intuye podría limitarle su ambición al poder, que perdió por breve conteo, contrario a su hermano Kenji que votó por el indulto, controlando el Congreso 70 x 130.


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