El Juan Bosch de Juan Bolívar Díaz

Ubi Rivas.

Con Juan Bolívar Díaz Santana es posible como ser humano que es, disentir, pero jamás incluirlo en los que adulteran sus convicciones por conveniencias, y es por esa bruñida referencia que siempre lo pondero y defiendo por fijar posiciones en coyunturas en las que no coincidimos, pero la valoración del comunicador estrella y el ser humano referencial, nunca amainan ni logran mellarse.
Trabé migas con Juan Bolívar desde lo tórridos y peligrosos tiempos finales de los terribles Doce Años (1966-1978) del simulador de democracia que fue el presidente Joaquín Balaguer, cuando Juan Bolívar era reportero del vespertino Última Hora y luego director del matutino El Sol detectando el temple granítico de sus convicciones democráticas, en los tiempos en que el sistema que idealizó Alexis de Tocqueville, como la Carta Magna, eran frágiles pedazos de papel.
Proseguí gardeando cerca a Juan Bolívar cuando con algunos compañeros de labores de El Sol defeccionaron y fundaron el matutino El Nuevo Diario, dispensándome siempre espacios para ejercer lo único que he practicado desde 1957 desde La Información de mi entonces apacible aldea de Santiago de los Caballeros.
El largo introito para casi al borde del sollozo, calibrar el artículo de Juan Bolívar del 21 de este mes en este diario, donde más que una reflexión y una radiografía de la decadencia del PLD, interpreto como una endecha por un partido político que ha desvirtuado su original esencia aún sin disiparse del todo, en que los renegados discípulos del inmarcesible y referencial Juan Bosch han convertido al PLD de un instrumento de “servir al partido para servir al pueblo”, a servirse del partido para protervos fines personales, y constituirse en una opción no de solución social, sino en un grupo económico poderoso enquistado en el poder.


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