El Licey, el oído y el dinero

Usando la chaqueta por fuera en forma ridícula y desgarbada, el dirigente de El Licey irrespeta a sus subalternos, a la fanaticada, a toda la liga y a sí mismo, puesto que, a pesar de la inexplicable tolerancia de los árbitros jefes, se sobreentiende que si a usted le molesta el diseño o estilo del uniforme de su profesión, debe dedicarse a otra carrera que no requiera usarlo.

Offerman fue un jugador brillante, pero su capacidad como manejador del equipo está en entredicho porque muy frecuentemente ha estado tomando decisiones como quien conduce al conjunto “de oído” y no apegado a incuestionables estrategias que los nuevos tiempos han hecho indispensables. Parece que no revisa videos, no conoce ni analiza estadísticas y ejerce poco o ningún control sobre el ánimo y rendimiento de su novena ya que, si un pelotero arrastra el bate, promedia cero en todo y no sabe jugar bajo presión, su mánager tiene que saberlo y descartarlo en situaciones de “vida o muerte”.

El gasto en nómina de los equipos es importantísimo; sin embargo, con algunos jugadores del Licey aparenta que se les contrata para practicar su narcisismo y no para aportar al equipo, siendo preferible pagar a tres novatos dispuestos a “dejar el pellejo” en el terreno por un equipo al que aman realmente y no buscar a una súper-estrella que exhibe promedios y rendimientos ridículos porque utiliza nuestro béisbol como un relajo.

El primer glorioso es el Licey; todos los que acumulen méritos actuales o futuros serán segundos o terceros; por eso hay que tener cuidado porque, en cualquier momento, el tigre se “revoltea”.

 


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