El límite de la solidaridad

Son muy conmovedoras las escenas de familias haitianas, evidentemente indocumentadas, solicitando dádivas en las calles de nuestras ciudades y, aún más conmovedora, la forma en que muchos dominicanos les dan ayuda de manera generosa y espontánea. Son mínimos reflejos de lo que ha sido tradición entre los dos pueblos después de que, por razones históricas que no viene al caso analizar, la República de Haití exhibe niveles de pobreza y subdesarrollo solo comparables con los que se observan en las comunidades más miserables del continente africano.

Las opiniones extremistas de muchos nacionalistas puros y recién enganchados, es que hemos estado siendo víctimas de una “invasión pacífica” de nuestros vecinos, mientras otros, menos radicales, ven en el éxodo haitiano una respuesta de supervivencia ante las desgracias que les han acompañado.

Es incuestionable que la emigración en el mundo es un fenómeno asociado a las desigualdades económicas y crudas injusticias sociales y para los haitianos, los trabajos “duros” y mal pagados que muchos dominicanos rechazan, son una salida a la extrema dureza de su vida cruel, anclada en un lugar intermedio entre la miseria y la muerte, mientras los organismos de cooperación internacional mantienen una sensibilidad “virtual” en foros diplomáticos y una indiferencia “real” cuando se necesitan desembolsos para cubrir necesidades impostergables del pueblo haitiano.

No cabe duda de que hemos sido extremadamente generosos con nuestros hermanos haitianos, pero, llegado el momento de ordenar la migración creciente y peligrosa de ellos hacia nuestro territorio, ha sido necesario aplicar el principio universal de que “el límite de la solidaridad es la propia supervivencia”, que traducido al lenguaje religioso sería “primero Dios que sus santos”.


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