El mal futuro de la huella del pasado

Por regla general, el testimonio histórico de un país, la herencia monumental de sus principales rasgos culturales, debe ser preservado para ilustración de las generaciones venideras. Aquí, sin embargo, la memoria de nuestro pasado arquitectónico tiene un porvenir incierto por el descuido de su conservación y cuidado. Un almanaque elaborado por el Consejo Internacional de Monumentos y Sitios Culturales (Icomos) recoge el grave deterioro estructural que afecta a doce piezas importantísimas de nuestro patrimonio cultural, debido a la falta de preservación. Lo peor es que, al menos por este año que comienza, no hay dinero para restaurar esos monumentos para que recuperen la originalidad perdida por efecto del tiempo.
En deplorables condiciones están las estructuras de piezas históricas tan importantes como la Iglesia de Santa Bárbara, del siglo XVI, donde fue bautizado Duarte; el Edificio Morey, de 1915; el ‘Conjunto de Casas de Sánchez’ compuesta por 38 viviendas de madera de la época industrial; el Monasterio de San Francisco, y las Cuevas de Pomier o Borbón, para solo citar una parte del conjunto de monumentos históricos en pésimas condiciones. En cada caso, las infiltraciones, los elementos naturales y la inestabilidad de sus bases son factores que se asocian a la falta de restauración y mantenimiento. Indigna que mantengamos en el abandono el testimonio de nuestro origen y cultura.

La sociedad debe ser reeducada

Durante estas fiestas navideñas solo cambiaron las cifras de las consecuencias dañinas, pero el desenfreno de una parte de la sociedad no solo continuó, sino que incluyó novedades perjudiciales, como la hookah por citar un caso. Son muchos los que se resisten a concebir la diversión sin el abuso del alcohol y otras imprudencias, como la velocidad, los disparos al aire o las riñas por nimiedades. Fuera del hogar, cada vez hay menos lugar para quienes prefieren la diversión sana y sobria.
Lo que indican las tendencias es que hay que trabajar fuerte en la reeducación de los ciudadanos, especialmente aquella parte de la sociedad que hace del desenfreno un culto de diversión. El festejo no debería tener costos tan altos, en perjuicio de la familia y la sociedad, como el que se produce por falta de sobriedad.