El mundo no es redondo1

LEONARDO BOFF
Quien sigue día a día la crónica del mundo globalizado se llena frecuentemente de abatimiento y tristeza. El panorama es dramático. Las tragedias se suceden sin cesar. Hay demasiados calvarios, y la sangre de los inocentes se derrama por doquier. Lo que más duele es constatar que existen los amantes de la guerra, henchidos de arrogancia, dispuestos a usar la violencia sistemática para hacer valer sus intereses a lo ancho del mundo.

Sobre esta base pueden ganar elecciones, y dejan claro que no aceptan ser afrontados o desafíados por nadie, en ninguna plano político, económico o militar. Están ahí marcando el carácter inédito de la fase planetaria de la humanidad: o negociamos las diferencias que provocan conflictos para garantizar la supervivencia de todos o aceptamos la eventual autodestrucción de la especie humana. Están tan centrados en sí mismos, que ni se dan cuenta del dramatismo de esta situación.

Esta tragedia nos hace pensar: ¿por qué tanto mal en las cosas y en las personas? En definitiva, ¿a dónde vamos dentro de esta nave espacial pequeña, azul y blanca, la Tierra, que gira por el espacio intersolar?

Para no desesperarnos tenemos que pensar. Lo primero que hay que hacer es asumir que la dimensión de tragedia existe. Queramos o no, nos vemos confrontados con el mal concreto y brutal. Y el mal es el límite de nuestra razón. Es sencillamente incomprensible y, al mismo tiempo, inaceptable. Lo segundo es rechazar el mal y definirse como combatiente contra el mal. El mal no está ahí para ser comprendido sino para ser combatido. Entendemos que el grado más alto de humanidad consiste en empeñar la vida, y donarla si es preciso, contra los poderes del mal. Nos negamos a aceptar que él tenga la última palabra. Si así fuera, entonces, definitivamente, nada ya valdría la pena. Lo tercero es aceptar que el mundo no es redondo, sino inacabado. Está naciendo, todavía no ha acabado de nacer. Nos toca a nosotros, luchando contra el mal, hacerlo nacer acabado y mejor.

La figura histórica de Jesús de Nazaret, independientemente de la fe que tengamos, tal vez pueda inspirarnos. Él se negó a explicar la tragedia humana y la presencia del mal. Eso lo habría envuelto en discusiones sin fin, como se enredaron Sócrates y sus discípulos en el ágora de Atenas. Pero no por eso Jesús dejó de luchar. Pasó su vida desenmascarando la mentira, denunciando las ilusiones de la riqueza y combatiendo las injusticias. Y lleno de compasión por los que sufrían, curaba y multiplicaba panes y peces. El evangelista Marcos conserva lo mejor que se ha dicho de él: pasó la vida haciendo el bien”.

¿Qué lección debemos sacar de todo esto? Que la síntesis armoniosa nos es negada en la historia. Los grandes relatos totales.