El Negro Feliz (Merengue)

Rafael Acevedo

Tal vez nunca sea necesario declarar oficialmente un “día del negro”. Porque el ego de un negro dominicano no se intimida fácilmente, ya que todavía “bota miel por los poros”, y sabe que de Europa vienen blancos y blancas a compartir su natural alegría, sin poder explicarse la causa de la misma.
Estudiando en Chile, los blancos como José y medio blanquitos como yo perdíamos la partida de Bienvenido, Fredy y Radhamés. Porque eran una rareza y las muchachas decían que tocar su piel y su pelo les traía buena suerte. Eramos pocos, hablábamos español y pagábamos en dólares. Los de ahora (haitianos), llegan mudos y en masa buscando supervivencia.
El negro dominicano ha sido un caso aparte. Diferente del cubano y el haitiano. Aunque de alguna manera estos tropicales siempre disfrutaron formas de libertad, la de los haitianos costó demasiada sangre europea, y que el mundo blanco nunca acaba de perdonarlos; ni ellos de superar el trauma biunívoco de haberle dado muerte de sus amos, ni la osadía de desafiar un imperio y una raza y cultura, como explicaba el empresario Corripio en un lugar donde me hallaba presente.
En Cuba había otra cosa, nunca tuvieron tanta mezcla con el blanco como aquí. Tenían su expresión cultural propia y aparte, pero jamás eran parte de esa sociedad; aquí han sido una minoría espacial y socialmente dispersa que no hace ruido, ni se siente maltratada como categoría social; y siempre tienen (tenemos) tíos y primos de piel clara. El negro dominicano es coprotagonista de la Independencia y de la Restauración; nuestros presidentes fueron a menudo negros y mulatos. Aun los más pobres se han sentido, orgullosamente, “dominicanos libres”. Aquel del que Cabral decía: “Negrito de voz sin luz, algo te queda en la cara, tu risa, trapito blanco, para secarse las lágrimas”, era más bien un negrito de otro país; con todo el respeto al poeta, el nuestro aprendió a reír con todos los dientes, y también supo tempranamente lo que le correspondía como ciudadano. También supo que nadie es feo mientras sonríe, ni nadie es bonito “entruñado” y sin amor en su corazón… Y que hay un Dios que lo ama y le compensará daños y perjuicios… Y que a menudo también lo compensa una blanca. Apolinar Núñez escribió: “En España me dediqué a vengar mi raza desde la cama; y las españolas se reían, porque no sabían nada de historia.”
Actualmente estamos muy próximos a perder esa joya vivencial de nuestro mulataje.
Los de piel más oscura, tan dominicanos como todos, están próximos a ser discriminados y maltratados de forma abierta, rompiéndose el delicado velo, tejido de amorosa aceptación y de sutil rechazo, con que se encubre el benigno racismo criollo. (En Haití llegó a haber más de una docena de categorías de negros-mulatos, cada una con su status y su sistema de “trato social discriminatorio”).
Si no actuamos prontamente y con gran inteligencia para prevenirlo, procurando una solución decente para la presencia haitiana, lo vamos a lamentar mucho… y por toda la vida.


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