El oficio de historiar: la escuela de los Annales

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A Lucien Febvre, a manera de dedicatoria

Si este libro ha de publicarse un día; si de simple antídoto al cual, entre los peores dolores y las peores ansiedades, personales y colectivas, pido hoy una cierta tranquilidad del alma si llega a ser un verdadero libro que se ofrezca a la lectura, entonces otro nombre distinto al suyo, querido amigo, se inscribirá en la primera hoja. Usted lo siente, se necesitaba, ese nombre, en ese lugar: único recuerdo permitido a una ternura demasiado profunda y demasiado sagrada para poder siquiera expresarse. Sin embargo, ¿Cómo podría resignarme a no verle a usted aparecer si no al azar de algunas referencias (mucho muy escasas por lo demás)? Hemos combatido, largamente, juntos, por una historia más amplia y más humana. En el momento en que escribo, sobre la tarea común se ciernen muchas amenazas. No por culpa nuestra. Somos los vencidos provisionales de un injusto destino. Tiempos vendrán, estoy seguro, cuando nuestra colaboración podrá realmente reanudarse: ser pública como en el pasado, y, como en el pasado, libre. Mientras tanto, por mi parte proseguirá en estas páginas, tan llenas de la presencia de usted. Aquí conservará el ritmo, que siempre le fue propio, el de un acuerdo fundamental, vivificado, en la superficie, por el provechoso juego de nuestras afectuosas discusiones. Entre las ideas que me propongo sostener, sin duda más de una me llega directamente de usted. De muchas otras, no podría decidir, con plena conciencia, si son suyas, mías o de ambos. Me enorgullece pensar que a menudo usted me aprobará. En ocasiones me reprenderá. Y todo ello tenderá, entre nosotros un lazo más. Marc Bloch, Fugeres, Creuse, mayo de 1941.[1]
Quise iniciar este Encuentro con esta hermosa y sentida dedicatoria de un importante intelectual, pero sobre todo por un gran, grandísimo ser humano. Marc Bloch escribía estas palabras al calor de su compromiso político. Abatido como judío, al ser testigo de los horrores que los alemanes les imponían a los suyos. Escribía y pensaba como historiador desde la trinchera, y así, en esa doble perspectiva humana e intelectual, reflexionó sobre el oficio de historiar.
Inicia este libro preguntándose lo que muchos hemos hecho: ¿Qué es la historia? ¿Para qué sirve la historia? ¿Para qué sirve un historiador?
A la primera pregunta, Bloch plantea más que una respuesta una profunda reflexión. Advierte al lector cuán difícil resultaba responder. Porque todo es historia. “Porque a diferencia de otros tipos de cultura, la civilización occidental siempre ha esperado mucho de su memoria. (…) Los griegos y los latinos, nuestros primeros maestros, eran pueblos historiógrafos. El cristianismo es una religión de historiadores. (…) El cristianismo es además histórico en otro sentido, tal vez más profundo: colocado entre la Caída y el Juicio Final, el destino de la humanidad aparece ante sus ojos como una larga aventura, de la que cada individual, cada peregrinación es a su vez un reflejo. Es en la duración, por lo tanto, en la historia que se desarrolla el gran drama del pecado y de la redención, eje central de toda meditación cristiana. Nuestro arte, nuestros monumentos literarios están llenos de los ecos del pasado; nuestros hombres de acción siempre tienen en los labios sus lecciones reales o imaginarias”. [2] Afirmaba con tristeza que nuestras sociedades vivían en una perpetua crisis de crecimiento, provocando la duda sobre sí mismas. ¿Tenemos razón en interrogar el pasado? Más aún, ¿hemos interrogado bien al pasado? Para Bloch la historia es germen y aguijón para comprender la evolución de nuestro comportamiento a través del tiempo. Y este ejercicio seduce y produce placer, lo que, dice el autor, no lo produce ninguna otra disciplina. “Y es que el espectáculo de las actividades humanas, que constituye su objeto particular, más que ningún otro está hecho para seducir la imaginación de los hombres. Sobre todo, cuando, gracias a su alejamiento en el tiempo o en el espacio, su despliegue se atavía con las sutiles seducciones de lo extraño”.[3]
Afirma el autor que la naturaleza de nuestro entendimiento, mejor dicho, de nuestra labor como historiadores, lo más importante no es saber, sino comprender los fenómenos que se estudian, pues las únicas, auténticas y duraderas ciencias son las que logran establecer los fenómenos que se vinculan y explican los hechos. Con esta afirmación se separa de los positivistas, para quienes el dato es lo más importante. La verdadera ciencia histórica, afirma, es aquella que ayudará a vivir mejor, a que nos alumbre por los caminos que deberíamos emprender, de no hacerlo, sería incompleta e inacabada. “El problema de la utilidad de la historia, en sentido estricto, en el sentido pragmático de la palabra útil, no se confunde con el de su legitimidad propiamente intelectual. Por lo demás es un problema que no puede plantearse sino en el segundo término, pues para obrar razonablemente ¿acaso se necesita primero comprender? Pero ese problema no puede eludirse sin correr el riesgo de responder tan solo a medias a las sugestiones más imperiosas del sentido común”.[4]
Bloch enfrenta a los intelectuales que no creen en la historia como disciplina, a esos que se han destacado por “amargar nuestras esperanzas”.[5], a los que dicen que la historia es peligrosa e inútil. Los enfrenta llamándolos ignorantes, insensatos y cuyas censuras no son tan grandes como para destruirnos. Lo importante, concluía, es que debemos hacer un gran esfuerzo para demostrar que nuestro oficio es importante para la vida. Pero esas definiciones tendremos que verla en la próxima semana, pues el espacio se terminó.

[1]Marc Bloch, Apología para la historia o el oficio de historiador, México, Fondo de Cultura Económica, 2001, p. 39.
[2] Ibidem, p. 42.
[3] Ibidem, p.44.
[4] Ibidem, p.46.
[5] Ibidem.


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