El oficio de Historiar. Un oficio muy serio

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En su calidad de ciencia humana, la Historia (mejor: las disciplinas históricas en plural) tiene un campo de trabajo peculiar que no es, ni puede ser, el “pasado”. Y ello porque el pasado, por definición, no existe, es tiempo finito, perfecto acabado y como tal incognoscible científicamente porque no tiene presencia física actual y material. De ahí deriva la imposibilidad radical de conocer el pasado tal y como realmente fue (en frase memorable de Leopold Ranke) y la consecuente incapacidad para alcanzar una verdad absoluta sobre cualquier suceso pretérito. Sin embargo, el campo de la Historia está constituido por aquellos restos y vestigios del pasado que perviven en nuestro presente en la forma de residuos materiales, huellas corpóreas y ceremonias visibles. En una palabra: las reliquias del pasado. [1]
El historiador español Enrique Monradiellos escribió hace mucho tiempo la obra “El oficio de historiador”, en el que expone sus reflexiones sobre la historia, el papel del historiador y las mejores formas de enseñar a historiar. Oriundo de Oviedo, obtuvo en 1984 su licenciatura y cinco años más tarde su doctorado en historia, ambas en la Universidad de su Oviedo natal. En la actualidad es profesor de la Universidad de Extremadura. Antes había impartido docencia ostentaba la función de investigador en la Universidad de Londres (1987-1991), Luego pasó a la Universidad Complutense de Madrid (1991-1992). “Sus líneas de investigación principales son básicamente tres: 1ª) El periodo de la Segunda República y de la Guerra Civil en España y las relaciones hispano-británicas en los años treinta y cuarenta del siglo XX; 2ª) La historia del Franquismo en su faceta interna y exterior, así como de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría en el ámbito internacional; y 3ª) La teoría y metodología de la Historia como tradición y disciplina intelectual y sus usos públicos. Entre sus libros más recientes cabe citar: Don Juan Negrín. Una biografía política (Barcelona, Península, 2006); La semilla de la barbarie. Antisemitismo y Holocausto (Barcelona, Península, 2009); La historia contemporánea en sus documentos (Barcelona, RBA, 2011); La guerra de España. Estudios y controversias (Barcelona, RBA, 2012); Clío y las aulas. Ensayo sobre educación e historia (Badajoz, Diputación de Badajoz, 2013); Historia mínima de la Guerra Civil (Madrid, Turner, 2016); y en calidad de director, Las caras de Franco. Una revisión histórica del Caudillo y su régimen (Madrid, Siglo XXI, 2016)”.[2]
En estos artículos solo trabajaremos con el libro “El Oficio de Historiador”. El primer gran tema que aborda es el concepto de historia. Afirma que los residuos que nos deja el paso del tiempo constituye el material sobre el cual trabaja el historiador, con lo que construye y reconstruye su relato de los hechos. “El primer acto del historiador es descubrir, identificar y discriminar esas reliquias, que pasarán a ser las pruebas o fuentes documentales primarias sobre las que levantará su relato, su construcción narrativa del pasado histórico. Precisamente, la realidad actual de las reliquias-pruebas es lo que permite concebir con sentido un pasado que existió una vez, que tuvo su lugar y su fecha: las reliquias generadas en el pasado impiden que la no-actualidad de lo que tuvo un lugar y una fecha se identifique con su irrealidad e inexistencia absoluta, permitiendo así la diferenciación entre el pasado histórico y la mera ficción o el mito imaginario. Ese acto de identificación es posible porque el investigador es capaz de percibir esos residuos materiales como fabricados por hombres pretéritos y resultado de operaciones humanas”.[3]
Contrario a lo que planteaba el activismo positivista del siglo XIX, el historiador de hoy no hace una mera descripción de los hechos del pasado. Su tarea es reconstruir el pasado histórico mediante un relato que se basa en las pruebas y fuentes documentales primarias, para entonces hacer sus interpretaciones. La objetividad, plantea el historiador español, es un imposible una quimera porque “de ello surge la imposibilidad del investigador de prescindir en su interpretación de su sistema de valores filosóficos e ideológicos, de su experiencia política y social, de su grado de formación cultural. Pero esa irreductibilidad del componente subjetivo no conduce al puro escepticismo sobre el conocimiento del pasado ni abre la vía al todo vale y todo puede ser en la historia. Porque la tarea hermenéutica, es esencial e imposible de neutralizar, el relato del investigador no es arbitrario, sino que debe estar justificado, apoyado y contrarrestado”.[4]
La gran pregunta que nos hacemos todos los historiadores es cómo discriminar la gran cantidad de evidencias documentales que se encuentran en el proceso investigativo. Monradiellos señala que esa gran tarea se haría imposible si no somos capaces de discriminar. Para escribir historia se hace necesario contar con elementos claros para seleccionar las pruebas pertinentes y significativas. En palabras del autor:
“A fin de realizar esta tarea de modo factible, los historiadores adoptan un ideal regulativo que les permita guiar su esfuerzo de investigación y selección de pruebas y de elaboración del relato histórico explicativo. Se trata de un horizonte metodológico que concibe la sociedad como una realidad operativa compuesta por esferas de actividad humana distintas, que se pueden tratar separadamente, pero están conexas y son interdependientes en alguna medida y proporción”.[5]
El espacio se agotó. En el próximo Encuentro continuaremos con esta interesante obra.
[1] Enrique Monradiellos, El oficio de historiador, Madrid, Editorial Siglo XXI, 1994.
[2] http://www.historiauex.es/profesor/moradiellos_garca-enrique
[3] Enrique Monradiellos, El oficio de historiador, Madrid, Editorial Siglo XXI, 1994, p.8. [4] Ibidem, p. 9. [5] Ibidem, p. 11.