El ojo del huracán

A1

(Para la Ing. Gloria Ceballos)
Quizás el más completo ensayo antropológico sobre el huracán fue el publicado en México por don Fernando Ortiz, en el año de 1947, en el cual el notable polígrafo cubano hace un recorrido mundial sobre el mismo en un texto insuperable, analizando su movimiento, sus acciones y su efecto psicológico y material en poblaciones mundiales, donde el mismo tiene nombres diversos para un mismo origen climatológico. El prólogo del famoso investigador funcionalista Bronislaw Malinowski, acierta al considerar el texto como el de mayor amplitud sobre el tema y con una prolija información hasta hoy insuperable.
Así la filosofía del fenómeno llamado huracán podría considerarse haciendo notar su efecto psíquico, aparte del material y su representación se hace posible buscando su permanencia no solo en los vientos, la lluvia, el trueno y los derricaderos, sino en la concepción de sus historiales mismos como un dios que dividía su realidad en femenino y masculino, tema descrito en la obra de Fray Ramón Pané al señalar las funciones que formaban, como dioses, parte del mismo combinados en sus efectos naturales.
Ortiz descubrió algo que podría ser un signo, una figurilla taína que identificó con la imagen sagrada del fenómeno, con rostro humanoide y brazos que giran, al parecer del modo contrario a las agujas del reloj.
Este texto, entre poético y metafórico, que se publica como homenaje a la figura de Ortiz, está pensado como respeto a su ingente obra que también abarcó los estudios arqueológicos, por lo que El Huracán vino a ser parte de un conglomerado de saberes con los que, a nuestro juicio el autor de El Huracán, demostrara ser uno de los pensadores convirtiera más profundos de la etnoarqueología antillana de su época, estableciendo que el dato arqueológico y la crónica escrita, confundidos, son también una historia ligada a la condición del pensamiento científico.
El esqueleto metafórico de la borrasca. Tras las palabras dichas por el viento que habita el huracán, (puesto que los vientos viven en el interior de un idéntico vientre acuoso que gira en la humedad del universo, cuyo núcleo es a veces la tormenta), no es necesario silabear la brisa ni deletrear la cáscara del guayabo donde viven las opias, almas indígenas taínas, ni la caoba con la que se confecciona el cuerpo de los dioses; ni el guayacán que los consolida para el ritual de la cohoba que intenta vencer el tiempo con su fallida eternidad de madera; tampoco es necesario conocer la humedad del barro, material casi mágico en la mano húmeda de la alfarera que al tomar forma coherente se explica por sí mismo. (El barro es un idioma modelado, que soporta la modelación de lo divino). El viento no necesitaba tarjeta de presentación con lo expuesto por Pané, pero la tuvo en forma de gran investigación salida de una voz personal y nítida en la prosa de Ortiz. El viento sopla ahora como un advenedizo, y tras el antiguo discurso del pensador cubano, se arrepiente tal vez, de sus arremetidas grietas y desbordamientos porque vienen sobre aires ya descifrados. Sus verdades a medias, dichas en rayos, textos de la naturaleza representados por borrascas y ríos desbordados desde mucho antes de que “nuestro padre Adán” probara la primera fruta, se movieron alguna vez sin ser descritos, desde el Carcaj que forman de las isobaras curvas que girando sobre sí mismas dan origen al “ojo del Ciclón que antes fue borrasca, tormenta y monstruo.
El miedo silba como quien reclama vientos menores y agónicas suspensiones del luto. Tiene una canción de barítono enlutado. El huracán padece la odorante tiniebla donde la marejada pone huevos de bruma y las arenas pálidas enarbolan dioses que intentan tibias eternidades, concentradas en la perennidad que transformada en lluvia, acrece desconfianzas celestiales ocultas en días sin posible pronóstico. San Zenón, San Isidro, San Fernando.

Un cuento con fiebre de tormenta. Hubo una vez una ambigua tormenta que luego fue huracán y que sopló en las tierras tropicales creando paraísos con su Moisés al fondo, con su Adán, con su Eva, y con su Luzbel desplazado por razones humanas hechas de fragores y luchas divinas.
Un huracán antiguo asentado en espumas de ríos llenos de lianas, lilas, nenúfares y mitos; con permanencia de estrellas mojadas en sus charcos, y cataratas cayendo sobre pueblos completos en la mar lejana. Y hubo gente escribiendo nostalgias sobre la tempestuosa corriente, inventando grafías que eran censura del relámpago, sobre la enhiesta fronda de Babeles.
Sobre Babel se posaría el mito hecho palabra, el hablar fragmentario, la incomprensión mitófona. Sobre el mito absorbente de la palabra sueño. Sonido que mojando transportó su aguacero. (Aguacero secreto, gotas del cruel rocío que se hizo mar y lluvia. Relente agricultor pergeñando raíces).
Y el huracán un día necesitó limpiezas. Suplicando a sus dioses renegó de sus limos. Abandonando el Arca mil voces sacrosantas le dieron base firme. Le donaron su trono. Entonces, tiempo abajo y compasión letrada, el huracán fue el himno, prosodia de las islas, titular, ortografía del viento en las Antillas, agua de cocoteros, y palmeras interpretando el aura entre ramajes. Fantasma de sí mismo y de sus versos. Recuerdos de Noé entre sus raíces, de los fracasos permanentes del Arca que agriaron su mal genio por los aires que acunan la derrota de los vuelos de palomas enfermas, desplumadas por los pueblos hambrientos. Olvidos de Noé y de su Noelia, el Huracán, no cupo en otros versos. Ni tifones, tornados y borrascas alcanzaron la bíblica proeza, de ahí que el huracán no tenga estatua, ni voz que lo defienda ante la historia, ni tifón que lo apoye.
Y solo un bello día, Fernando Ortiz puso su ojo en el ojo, y habló del huracán, viejo caimán del trópico, mostrándonos que cada objeto de la naturaleza tiene una biografía enmarcada en milenios plenos de evolución; que cada letra sola es también un poema, que cada libro, en parte, se nutre de poesía. Que la naturaleza es siempre autobiográfica.
Desde su propia historia el ojo del ciclón siguió mirando las tierras anegadas del Caribe con el ojo de Ortiz, e invita a hacer conciencia de que también la naturaleza tiene su habla… y su atisbo, y que aprenderlos es una tarea pendiente de los habitantes de este espacio-planeta, para abrazarnos con la realidad, estrecharla y vivirla, y defendiéndonos, comprenderla. ¡Somos parte de ella!
En los días del huracán Irma.


COMENTARIOS