El panorama bajo otro prisma

El crecimiento de la economía visto como de excelencia por autoridades y voces conexas no incluye un mayor desarrollo agrícola e industrial del país y las cifras disponibles a través de fuentes especializadas indican que la participación de ambos renglones se ha estancado o retroceden como abastecedores del mercado interno y como en exportadores. Tales resultados no indican cambios importantes en lo esencial de estructuras que en aspectos fiscales, crediticios, jurídicos y de costos de energía e insumos hayan apoyado significativamente las actividades productivas en años recientes. En contraste con los indicadores, en los que debería progresarse de verdad, están a la vista la expansión del Estado como creador de empleos sin propósitos de eficiencia y una carrera de endeudamientos para gastos e inversiones poco dirigidos a convertir el país en generador de bienes exportables, que sustituyan sus similares de procedencia externa y se creen empleos de calidad.
Lejos de ello el crecimiento, más impresionante que el del Producto Interno, es el de las importaciones, de altísima marca y agudo desbalance con lo que se exporta, un desequilibrio que hasta ahora ha podido resistirse gracias en parte a la buena marcha de la industria turística y al flujo de remesas que conserva vigor a pesar de las adversidades que enfrentan dominicanos en el mundo exterior. ¿De dónde saldrán las divisas para resistir por más tiempo?

Las sombras también crecen

El cielo por el que va la economía no es todo azul. Lo surcan nubes brumosas y marginales que no tributan ni alcanzan tecnologías que agreguen valor a bienes para abrir camino hacia el comercio exterior. Están constituidas por buscadores de ingresos que no llegan a ser con todas las de la ley, parte del sistema productivo formal, sustraídos de la dinámica que puede propiciar calidad en el empleo y en los productos que llevan al mercado. Entidades de todos los tamaños con predominio numérico de pequeñeces rudimentarias.

Para mayor contrariedad del orden económico e institucional, el mundo informal crece más que el otro desde una periferia de imperfecciones que distorsiona la realidad fiscal, escapando a los recaudadores y a los estándares que llenan las empresas formales a las que a veces hacen competencia.