El pensamiento antropológico de Pedro Francisco Bonó

Por OSCAR MOTA
15 septiembre, 2008 8:49 pm Sé el primero en comentar

Una aproximación etnográfica al proceso histórico que exhibe toda sociedad, sirve para comprender su movimiento social. El pensamiento dominicano posee un amplio enfoque discursivo social, económico y político que ofrece la oportunidad al investigador de la cultura de estudiar en el pensador y su creación literaria, la construcción que se produce de lo cultural. 

El pensador dominicano de mayor vuelo teórico e investigativo que estudió la sociedad y la cultura dominicana durante el siglo XIX fue Pedro Francisco Bonó, estudioso de la teoría económica de su época y un conocedor de la historia y la realidad social. Nació en Santiago el 18 de octubre de 1828, hijo de  José Bonó e Inés Mejía, estableciéndose luego en San Francisco de Macorís; falleció el 14 de septiembre de 1906. Su obra la utilizó como medio de difusión de la condición del hombre común.

Bonó hace de la observación participante—como cualquier todo antropólogo que investiga un grupo social, que actúa como miembro de la comunidad, para enfocar  su mentalidad sociocultural—un instrumento de estudio de la historia y la sociedad dominicana.  Su creación literaria a nivel de narrativa y ensayística favorece la posibilidad de desarrollar una etnografía de lo cotidiano.                                                                                                                                                                                                      El campo sociológico y antropologico debe aprovechar como fuente primaria su creación literaria en el estudio de la cultura, como base que testimonia la historia y el folklore. En su novela costumbrista El Montero,  publicada en formato de folletín en el periódico El Correo de Ultramar en 1856, ofrece la posibilidad de observar el proceso formativo de está figura social en el imaginario dominicano.

El nivel sistemático de la creación literaria encuentra en la historia, de acuerdo Ernest Cassirer, un instrumento indispensable para construir nuestro universo humano; esa relación que se establece entre el escritor y su discurso lo convierte en un intérprete de la cultura.   Bonó conoció profundamente como todo intérprete de la cultura, la sociedad y cultura dominicana, trasladando al plano literario, la cotidianidad de lo dominicano.  Su pensamiento participó activamente en la elaboración de una visión sociohistórica y cultural del pueblo dominicano.  Uso para comprender su entorno social la literatura y filosofía de Rousseau, Moliere, Diderot, Pascal, Lafontaine, Montesquieu, Lamartine, Renán, etc.; conocimientos que adquirió de forma autodidacta.

Su dominio de lo cotidiano le permitió  observar en el campo la dinámica que opera en el mundo rural.

El cuadro que presenta de la vida campesina aporta, aunque limitado, un panorama sociocultural de lo dominicano, en el cual hay evidencia de fenómenos sociales tales como la violencia, la religiosidad, la familia, la diversión, y el compadrazgo y su función social. 

El mundo rural en el que habitó el montero responde a la organización de un modo de vida pastoril, no significa esto que sea un campesino dedicado al cultivo de la tierra, sino un hombre hábil, emprendedor, musculoso, pero ignorante. Bonó dio un perfil cultural distinto al presentar al campesino del siglo XIX. Definió de un modo preciso el escenario que ocupaba el montero dentro de la sociedad colonial. La montería estableció un tipo de actividad económica subsidiaria, cuya evolución histórica reside en el hato. 

El hato como unidad productiva servía tanto para  la  producción interna como para  la exportación. Esta forma de organización económica sería parcialmente la base histórica del campesinado dominicano en el siglo XIX. 

Pedro Francisco Bonó advierte en el pueblo dominicano su hospitalidad, sencillez, laboriosidad, inteligencia y bondad; en sus individuos, es de lo mejor que hay en el mundo, pero tomado colectivamente representa una inutilidad, porque a la sociedad dominicana le hace falta la cohesión de una legítima agrupación  humana.

El antropólogo utiliza el concepto de identidad social  como diferenciador sociocultural que separa un grupo étnico de otro. Esto puede servir para precisar el criterio de etnicidad que adoptó la historiografía dominicana del siglo XIX.    

La obra de Bonó representa el primer intento de reflexionar sobre la identidad social de la República Dominicana, aunque aportó al fortalecimiento ideológico del mito indígena en la historia dominicana. Al describir  el origen étnico del pueblo dominicano, en el que se presenta el aborigen como parte de dicha composición racial, también resaltó la participación del afrodominicano en la constitución cultural de nuestro país. Su clasificación no sólo posee la definición y fusión que ocurrió entre el español y el africano, sino que hay una firme convicción para exponer el producto cultural de esa composición racial. De igual forma, hay que observar que el pensador dominicano, al describir lo racial, recibió la influencia del pensamiento científico de la época.

El racismo ha sido la concepción racial y antropológica que más transformaciones ha sufrido como explicación de la cultura humana. Gobineau intentó demostrar que una institución social, transitaría a la decadencia y a la destrucción al suceder una fusión racial. Dicho discurso obtuvo una amplia difusión, al igual que la concepcion de Herbert Spencer de la cultura, la cual dividió lo humano en un nivel de civilización inferior y otro superior, como forma de exponer su funcionamiento.

El fenómeno racial en el siglo XIX, siempre fue objeto de múltiples interpretaciones. El hecho histórico se estudiaba como producto de la cultura. De ahí que la historia dominicana se use como instrumento político al evaluar la composición racial, estableciendo un componente cultural hispánico para definir lo nacional. 

Dicho determinismo racial lo utilizó la historiografía dominicana como negación de la negritud en el siglo XIX y XX, partiendo de la producción histórica de Antonio Sánchez Valverde,  Sánchez Valverde expone que la raza y la posición económica definen la condición social de la clase dirigente. En su Idea del valor de la isla Española (1785), propone al imperio español la explotación económica de Santo Domingo, teniendo como modelo la colonia francesa y su régimen de producción. Utiliza su concepción biológica y cultural para definir al dominicano como indohispano, apoyando de ese modo la creación de una ideología racial en contra  de lo haitiano.

Sobre una base ensayística y narrativa de manipulación de la historia, el hispanismo recibió del romanticismo como elemento ideológico, un amplio fortalecimiento al surgir el indigenismo como corriente cultural y actividad literaria en el siglo XIX. De ahí que se inventara la participación aborigen en la evolución histórica de la sociedad dominicana.

Ahora bien, sucedió en el pensamiento social dominicano posterior que, influido por el darwinismo social y el biologicismo de Spencer, se define al pueblo dominicano en base a un hibridismo en que el aporte del negro y su papel en el proceso histórico dominicano nada tiene que ver con nuestra identidad nacional.

Este discurso encontró en la creación literaria, histórica y científica de José Ramón López, Manuel de Jesús Galván, Francisco E. Moscoso Puello, Américo Lugo, Joaquín Balaguer, Manuel Arturo Peña Batlle, etc. un vehículo de difusión, que halla  en la historia dominicana un mecanismo de diferencia de lo haitiano. 

Bonó tuvo una visión diferente al resto de la intelectualidad dominicana de su época, percibiendo en el proceso de mutalaje el origen del dominicano. Opinaba que el exclusivismo racial que sostenía la sociedad haitiana, no la ayudaba a su desarrollo, fenómeno que no ocurrió en el pueblo dominicano, cuya historia racial tuvo un destino diferente. Bonó ubica en el proceso de mulataje la construcción étnica de lo dominicano, ubicando al campesino y la pequeña propiedad como un elemento de esa diversidad cultural.                      

Definitivamente donde demuestra conocer a fondo la realidad social y cultural del dominicano, es en el estudio de la agricultura y el cambio de mentalidad en la forma de vivir del campesino. Bonó observó que la modernidad afectaba la religiosidad del dominicano. El positivismo y su sistema de enseñanza no sería bien visto en un sector de la jerarquía eclesiástica, contraria a la doctrina hostosiana, al desearse implementar su método como modalidad educativa

El progreso humano permitió el avance científico y educativo, exigiendo al hombre en el siglo XVIII desarrollar un pensamiento más racional que le facilitara comprender su realidad. El deísmo procede de esta época de liberalismo económico, político y teológico, que provoca la ruptura entre lo divino y la condición humana.

El discurso positivista fuera catalogado de ateísmo, por su cuestionamiento al dogma y la moral cristiana, como principio de búsqueda de la verdad.

El positivismo de Comte, variante de ese racionalismo, estableció en un discurso filosófico y sociológico una fuerte oposición al espiritualismo, acentuando el valor de lo científico y su autonomía, oponiéndolo a la religión. Se propuso separar la ciencia de la metafísica y la teología.  Eugenio María de Hostos difundió está corriente filosófica en su teoría y su práctica en la República Dominicana.

El krausismo español y el organismo sociológico formaron la base epistemológica de su pensamiento. En el 1879, durante la presidencia provisional de Gregorio  Luperón, se le confió  a Hostos la dirección de la Escuela Normal, propiciando una amplia reforma al sistema educativo dominicano.        

Bonó como defensor de la religión católica  y su ritualidad, denunció la práctica de ateísmo que ejercía un segmento instruido de la clase pensante dominicana; pensaba que la divulgación de esta doctrina se debía en el fondo a alguna expresión de deísmo. Este fenómeno en su opinión era lo que más afectaba la viabilidad de la población dominicana.

Bonó, figura cimera del pensamiento social dominicano decimonónico, representa la genuina actitud científica, que deber valorarse en el discurso científico actual de la historia, la antropología y la sociología, teniendo como paradigma al hombre común.

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