El problema de la lectura en la historia literaria dominicana

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Los críticos literarios e historiadores de la literatura no nos han dado una historia del libro en Santo Domingo y menos de los grupos de lectores formados en cada época. La literatura dominicana, como toda literatura caribeña es, en sus inicios, la acción de una élite colonial y luego de criollos. Fue un accionar muy incipiente y ya veremos que en Santo Domingo, a diferencia de Cuba y Puerto Rico, fue la literatura una actividad tardía. Es decir, que vino a aparecer con ciertos rasgos definitivos en la década de 1870.
Como apreciará el entendido, no estoy hablando de la escritura colonial a la que dedicó un libro Pedro Henríquez Ureña. Me refiero a una literatura que pudiese llamar literatura dominicana, cuyo pasado debe a la dedicación de los criollos a las letras y de aquellos que apostaron a la construcción de una república libre e independiente.
Si olvidamos la literatura colonial en la que se regocija nuestra ideología de las primicias nacionales, debemos analizar el desarrollo de las letras a partir de la creación de ciudades letradas (Ángel Rama), esos grupos de letrados fueron grupos de burócratas coloniales hasta la cesión de la parte española de la Isla a Francia; es decir, hasta fines del siglo XVIII. Entonces, la isla era un gran hato ganadero y la universidad no era un centro de discusión de las ideas de la modernidad que se discutían en Europa. De esa ciudad letrada tenemos pocas referencias en cuanto a la producción de textos artísticos que podamos estimar de extraordinario valor. Esa primera ciudad letrada era afrancesada y pocas ideas tenía de la formación de una literatura nacional
Pasadas dos décadas y, producto de la expansión de la Revolución francesa en las Antillas, el desmembramiento de la colonia esclavista de Saint-Domingue, la introducción de la imprenta y la creación de los primeros periódicos, y la Constitución de Cádiz y sus aires liberales, aparecerá un grupo de letrados y con ellos podemos hablar de un grupo de lectores nuevos que difunde nuevas ideas. La literatura dominicana va a aparecer entonces en los hijos de los que se fueron de Santo Domingo, producto de la cesión a Francia o de los que se fueron para Puerto Rico, Cuba y Venezuela a causa de la ocupación haitiana de Jean Pierre Boyer en el año de 1821.
Al analizar a estos grupos de letrados nos parecen ausentes el libro y la lectura y la formación universitaria; los referentes a la educación superior son muy endebles. El doctor Morla ha estudiado la filosofía en ese periodo. Y si bien en ese renglón del saber tenemos referentes como Medrano y la publicación del libro sobre lógica, no tenemos una obra literaria que pueda ser recuperada en el presente. Lo mismo ocurría con ciertas diferencias en Cuba y Puerto Rico, lo cual abona a la miseria en que vivieron estas islas bajo el imperio español, bajo la economía del corso y el contrabando.
La práctica de las letras correspondía a una élite que, generalmente, estaba enclavada en la burocracia gubernamental y en la Iglesia. Y esto se puede notar en la poca actividad dedicada al pensamiento, al saber y a la expresión artística que aparecían en esa década. La desaparición de la sociedad esclavista viene a expandir las actividades comerciales en las islas hispánicas. Puerto Rico y Cuba tienen en la década de 1820 un florecimiento económico y en su medida también lo tuvo Santo Domingo (Cassá I, 2003).
Cabe a los jóvenes nacidos en las primeras décadas del siglo XIX, ser los creadores de la segunda ciudad letrada. Pero aún tenemos la ausencia del libro, más bien tenemos una literatura que ha aparecido en los periódicos. Y más allá de los lectores de periódicos no tenemos lectores de libros escritos y publicados en nuestro país. Por lo tanto, la comunidad lectora era muy reducida. Es decir, que cuando hablan nuestros historiadores literarios de la generación de la independencia aún no tenemos el libro ni gran cantidad de lectores. No teníamos libros impresos porque no había lectores que los demandaran y no hay lectores porque es exigua la educación formal.
Esa generación es autodidacta y si alguno fue a la universidad lo hace fuera del país. Autodidactas son Duarte, Manuel María Valencia, Félix María del Monte y Javier Angulo Guridi, quien asistió brevemente a un centro de enseñanza superior en Cuba. No existía universidad propiamente dicha entonces y no existió hasta principios del siglo XX cuando convierten el Instituto Profesional en la Universidad de Santo Domingo. Existieron liceos, como el Colegio San Buenaventura, como el San Luis Gonzaga, la Escuela Normal… la biografía de los escritores más importantes de esa época nos demuestra dónde estudiaron. Pocos tuvieron títulos en el extranjero. La élite dominicana era tan pobre que no podía enviar a sus hijos a Europa, como lo hizo en buena medida la puertorriqueña.

El escritor que mejor se ajusta a la idea que hoy tenemos de un creador literario es Javier Angulo Guridi. Más se destaca como periodista y es el primero en tener una relación importante con el libro y la lectura. Pero sus obras fueron publicadas en Cuba. Como escritor tiene una gran serie de retos. Además de la crónica literaria y el artículo de opinión, escribió poesía, teatro y novelas cortas. El autor de “La fantasma de Higüey” es nuestro primer escritor, propiamente dicho. Los demás, con mucha o poca fortuna, fueron autores creados por los historiadores literarios que, influidos por el positivismo y el romanticismo, vieron al autor y a los poemas, por encima del libro y la lectura.

Bien se sabe que la poesía ha sido el género más difundido en la cultura literaria dominicana. Ella puede existir sin el libro. No así la novela. En la época de 1840 existía ya la poesía, y la novela viene a aparecer en las publicaciones periódicas o fuera del país, como “El Montero” de Bonó en la década siguiente, 1850.

En el año de 1870, aparece el primer corpus de la literatura dominicana en el género de poesía. Es la publicación de la guirnalda poética “La lira de Quisqueya” (1874), publicada por José Castellanos. Este libro fue rescatado cien años después por la Sociedad de Bibliófilos y nunca ha tenido una edición oficial. Ni un estudio de los críticos literarios. Fue publicado en la imprenta de los Hermanos García, casa comercial y cultural de referencia en el último cuarto de siglo, que tuvieron también una librería próxima al parque Colón y a la esquina de la actual calle Isabel la Católica, según cuenta Max Henríquez Ureña (Ureña-Céspedes, 2009).