El problema de la lectura y “La lira de Quisqueya”

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Posiblemente, el momento de mayor actividad lectora en el país fue el periodo en el que nace “La lira de Quisqueya”, de José Castellanos. También aparecen en el último cuarto del siglo XIX las novelas “Enriquillo”, de Manuel de Jesús Galván, y “Baní o Engracia y Antoñita” ,de Francisco Gregorio Billini. Ambas obras son escritas por periodistas de larga práctica. Entonces se desarrollaban iniciativas educativas que dejaron profundas huellas en la historia cultural dominicana. Como la Escuela Normal (1880) de Eugenio María de Hostos, el Instituto de Señoritas (1881), de Salomé Ureña, y el Colegio San Luis Gonzaga (1878), del Padre Billini. Sin embargo, en el caso de la lectura tenemos este dato que desestabiliza el relato: dice Max Henríquez Ureña que cuando era niño había en Santo Domingo dos librerías, una grande y otra pequeña.

En el período arriba mencionado existió en Puerto Plata el periódico “El Porvenir” (1872) uno de los diarios de provincia más importantes de la historia de la prensa dominicana, en el que José Ramón López publicó sus ensayos que luego aparecerán en “La alimentación y las razas” (1897), uno de los ensayos fundacionales de la literatura dominicana. También descollaron tres mujeres en las letras: Salomé Ureña Díaz, Virginia Ortea (quien publicara el primer libro de cuentos, “Risas y lágrimas”) y Amelia Francasci, autora de novelas exóticas.
“La lira de Quisqueya” (1874), nuestra primera antología poética conocida, inicia rescatando a los autores precedentes. Es decir, a los poetas que los historiadores han llamado de la Independencia. Aunque el acontecimiento de la separación de Haití, además de la inscripción de la importancia del arte y la cultura en la Declaración, no significó mucho para esta actividad, pues la Universidad no abrió ni se crearon bibliotecas públicas y el trabajo en la instrucción no parece muy importante. Esto tal vez se debe achacar a la expulsión de los liberales y a la presencia en el Gobierno de los hateros, clase tradicionalista.
Los autores anteriores, como Manuel María Valencia, Javier Angulo Guridi, Félix María Delmonte y Nicolás Ureña de Mendoza, eran románticos y expusieron las formas románticas de su época; en los poemas de los dos primeros, la poética de lo romántico que busca la construcción de la subjetividad a través de una exploración del yo desborda su poesía e introducen la modernidad europea en las letras dominicanas. De todos ellos, como hemos afirmado, Angulo Guridi es a quien mejor le sienta el título de escritor y el que más remembranzas tiene con la poética neoclásica, tal vez porque tuvo más lecturas que los anteriores.
Del Monte y Ureña de Mendoza, que fueron declarados liberales, pasan a una tendencia nacionalista del romanticismo que busca crear una identidad a través del paisaje y un despliegue de referentes simbólicos que apelan a la tierra. En el caso de Guridi, ese Romanticismo tiene anclaje en la búsqueda de una identidad a partir del tema del indio, tanto en “Iguaniona” (1881), como en “La Fantasma de Higüey” (1857) se puede observar este extremo. Hay que resaltar que esas ideas identitarias aún no aparecen como ideas de nación cultural en “El banilejo y la jibarita” de Delmonte, la identidad paisajística está dada como un elemento regional.
En “La lira de Quisqueya” los dos poetas de amplio espectro son Salomé Ureña Díaz y José Joaquín Pérez. Los demás son escritores, unos circunstanciales y otros que no tuvieron grandes logros en el arte de escribir. Aunque eso no es algo negativo. Cuando Pedro Henríquez Ureña intentó realizar una tabla de los mejores escritores hispanoamericanos, los redujo a unos cuantos nombres: Sarmiento, Martí, Rodó y Hostos, en el siglo XIX.
Si echamos un vistazo a la poesía relevante publicada en libros en el último cuarto del siglo XIX, vemos la reducida actividad de impresión en ese género: en 1877, José Joaquín Pérez publica “Fantasías indígenas”; Salomé Ureña, en 1880, “Poesías”; Josefa Perdomo, “Poesías” (1885); Gastón Fernando Deligne, “Soledad” (1887); Arturo Pellerano Castro, “La última cruzada”; Manuel Rodríguez Objío, Poesías (1888). Esos son los libros más importantes de los escritores dominicanos que recogen Héctor Incháustegui Cabral y Pedro René Contín Aybar en el 1944 (CDC, 7, 1944).
En cuanto a la novela, sabemos ya las que aparecieron y son parte de los clásicos dominicanos. Lo más notable es el inicio del ensayo histórico y la aparición de la historia como una forma de elucidar el pasado con las obras de García, Delmonte y Tejada, Luperón; el ensayo culturalista con José Ramón López y el ensayo crítico con García Godoy, “Impresiones” (1889).
Podemos decir que, hasta fines del siglo XIX, la literatura dominicana tendrá mayor acogida en las ediciones periodísticas que el soporte de libro. Ya veremos cómo a principios de siglo se desarrollan las revistas literarias. Y el cuento, que se venía publicando de manera continuada en la centuria pasada, comienza a tener nuevos caminos en 1901 con “Risas y lágrimas”, de Virginia Elena Ortea; “Cuentos puertoplateños” de López en 1904, y 1933 con “Camino real” de Juan Bosch.

Regresando a la lectura, la primera biblioteca pública que abrió sus puertas en el país fue la donada por el intelectual venezolano de origen dominicano Rafael María Baralt. Pero lo más importante es que no existían bibliotecas en las escuelas, y no creo que haya muchas bibliotecas todavía. Lo que demuestra que no se fomenta la lectura. La lectura de libros de tapa a tapa es muy rara en nuestro país. Quien primero llama la atención en este aspecto es Pedro Henríquez Ureña. En una carta entre este y su hermano Max se habla de cuántos libros debe leer un aspirante a maestro y se da la suma de dieciocho libros. Porque el primer lector debe ser el maestro y el primer centro del libro, la escuela.

A pesar de la pobreza del país y, de su anclaje en el pasado, la República Dominicana tuvo una élite dedicada a la lectura. Para ello podemos pensar en mujeres como Mercedes Mota, primera feminista dominicana, mujer culta y dedicada al conocimiento, y Leonor Fels, quien fuera la admiración del joven Pedro Henríquez Ureña, y asidua participante en su gabinete de lectura. También Amelia Francasci, quien había estudiado fuera del país y tenía un gabinete de lectura en la capital.

La cantidad de libros publicados parece decir que hubo una gran actividad literaria, como lo muestran los que se han dedicado al estudio de la bibliografía dominicana. Pero ello no da cuenta de la lectura. Cuando Juan Bosch publicó “Camino real”, en 1933, las ediciones eran de trescientos ejemplares. Luego de la muerte de Trujillo, pasamos a ediciones de mil ejemplares y ya, con la intervención de las fotocopias y los soportes digitales, estamos de regreso a los trescientos por edición. La cantidad de librerías que había en los años sesenta en Santo Domingo eran unas diecisiete, según nos informara el crítico y cuentista José Alcántara Almánzar. El libro dominicano que fue un acontecimiento editorial, del cual tenemos noticias, fue “Crisis de la democracia de América en República Dominicana” (1964), de Juan Bosch, y “Memorias de un cortesano de la Era de Trujillo”, de Joaquín Balaguer, lo que demuestra que los dominicanos son lectores coyunturales.